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La educación y el mercado. Gabriela Calderón de Burgos

Si consideramos que la educación estatal es un fenómeno relativamente reciente (circa 1870) y que antes de su existencia la cobertura de la educación estaba avanzando rápidamente, podemos ver desde otra óptica el rol que el sector privado puede jugar en la provisión de la educación.1 James Tooley de la Universidad de Newcastle ha investigado la oferta de educación privada en países en vías de desarrollo desde 2000.2 Él descubrió que no es un rol que podemos ignorar si queremos lograr el objetivo de “educación para todos”.

Cuando Tooley emprendió sus investigaciones se topó con que los expertos, funcionarios de gobiernos y de organizaciones internacionales o ONGs, le decían que “No hay escuelas privadas para los pobres”. Pero con solo una visita a los barrios más pobres de estos países, Tooley encontró escuelas privadas atendiendo a niños de familias de bajos ingresos. De hecho sus equipos de investigadores descubrieron que más estudiantes estaban asistiendo a las escuelas privadas que a las escuelas públicas en los barrios pobres analizados: por ejemplo, en las áreas pobres del estado de Lagos en Nigeria, estimaron que 75% de todos los niños en edad de escuela asistían a escuelas privadas.

Pero lo más interesante es que las escuelas privadas estaban al alcance de los bajos ingresos de estas familias. En Hyderabad, India, por ejemplo, las escuelas privadas informales cobraban una pensión promedio que equivalía a un 4,2% del salario mínimo y las privadas formales un 5,5%.

Los equipos de investigadores de Tooley observaron en total a 24.000 niños en la India, Nigeria, Ghana y China. De los datos levantados en el campo, Tooley concluye que: (1) habían menos estudiantes por clase en ambos tipos de escuelas privadas (formales e informales) que en las escuelas públicas; (2) en ambos tipos de escuelas privadas los profesores estaban más comprometidos con la labor de enseñar (porcentaje de profesores enseñando cuando los investigadores se presentaban sin aviso previo); (3) solamente en un criterio de calidad –la provisión de área de juegos— las escuelas públicas superaban a los dos tipos de escuelas privadas; (4) los niños de ambos tipos de escuelas privadas obtuvieron puntajes superiores a los niños de escuelas públicas en exámenes estandarizados de materias esenciales; y, (5) los resultados superiores de las escuelas privadas usualmente se lograban gastando una fracción de lo que gastaban las escuelas públicas en salarios de profesores.

De todo esto se desprenden algunas reflexiones. La primera es que los pobres están dispuestos a y pueden pagar una educación ya que valoran la rendición de cuentas que obtienen financiando directamente de sus bolsillos versus la impotencia frente a profesores públicos que no obedecen a los padres sino a sus directores.

La segunda es que aún cuando los profesores de las escuelas públicas tienen una compensación muy superior a la de los profesores de las escuelas privadas, esta no suele derivar en un mejor rendimiento académico de los estudiantes ni en un mejor desempeño de los profesores.

Finalmente, en lugar de satanizar la búsqueda de lucro en las instituciones educativas, deberíamos reconocer su aporte positivo hacia lograr el objetivo de “educación para todos”, particularmente en los países donde más notorio es el fracaso del Estado en proveer este servicio.

Este artículo fue publicado originalmente en La Vanguardia (España) el 2 de mayo de 2012.

Referencias:

1. Calderón de Burgos, Gabriela. “La educación y el Estado”. El Universo (Ecuador). 2 de mayo de 2012.

2. James Tooley. A Beautiful Tree: A Personal Journey Into How the World’s Poorest People Are Educating Themselves. Cato Institute, 2009. Todos los datos presentados en el artículo son tomados del libro.

16 de mayo de 2012