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La guerra económica. Domingo Fontiveros

El único bloqueo visible es el impuesto por el mismo régimen a la actividad productiva.

La más reciente creación propagandística del Gobierno es la de una guerra económica protagonizada por la burguesía, los capitalistas y el imperio, entre otros. Dicen que desde el mundo empresarial se conspira a través de la inflación y la escasez para crear zozobra. También dicen que agentes y lacayos del capitalismo sabotean refinerías, líneas eléctricas y el suministro de agua, entre otros. Los destrozos que ocurren en la estructura productiva y en su infraestructura física son atribuidos a factores adversarios. Dicen estar asediados desde afuera y desde adentro. Alertan incluso sobre un colapso económico que sería provocado por fuerzas terriblemente poderosas que actúan en la obscuridad.

El régimen, lo cierto es, siempre ha postulado un lineamiento camorrero, con fines ofensivos en el terreno político, en lo externo y principalmente en lo interno, lineamiento en el cual la economía participa haciendo las veces de pera de boxeo, ya que el Gobierno le pega cuando y como quiere.

El Gobierno cuenta con un historial de agresiones contra la economía del país que explican el rotundo fracaso de su gestión.

Expropiaciones, confiscaciones, ocupación de empresas, tierras y edificios; retaliaciones, acosos y penalizaciones de todo tipo contra empresas e individuos “sospechosos”; abusivos y multivariados controles sobre una miríada de actividades comerciales, industriales y financieras, que en otros países forman parte del espacio para el libre desenvolvimiento de la iniciativa particular. Si alguien sostiene una guerra contra la economía nacional es el propio Gobierno.

Por otro lado, no tiene sentido que el actor principal “de lejos” en este escenario, que es dueño de las grandes operaciones en petróleo, minería, electricidad, cemento, acerías, aluminio, transporte, comercio internacional y comercialización interna, hoteles, areperas, y muchos etcéteras, y además controla desde su burocracia la actividad del resto de los actores, pueda tener respaldo fáctico para afirmar que las unidades económicas privadas que han sobrevivido hasta ahora todos los ataques y embates mencionados, tengan todavía músculo y mucho menos disposición para montar una guerra económica contra el Gobierno. Ante ello, no puede evitarse la evocación de aquel Hitler que acusó a la pobre Polonia, con su ejército todavía del siglo 19 incluyendo caballería y sables pulidos, de agredir a las divisiones Panzer puestas en la frontera, como excusa para masacrarla después.

Afortunadamente, la nación no está en guerra. Ni siquiera existe bloqueo foráneo en lo comercial o financiero. El petróleo sale al exterior todos los días, y si otros productos virtualmente no lo hacen es porque no existe la oferta. Los puertos reciben buques cargados de alimentos, manufacturas y hasta de gasolina americana, para preservar un mínimo de abastecimiento. Y cada vez que quiere y hace lo necesario, el Gobierno sigue elevando su deuda externa e interna. El único bloqueo visible es el impuesto por el mismo régimen a la actividad productiva.

Entonces, ¿cuál guerra económica? Esta nueva campaña del Gobierno es panfletaria, como también lo es su estrafalaria pretensión de que el país va por buen camino. Más grave aún, es dañina y agrava los problemas que supuestamente quieren resolver.

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net