Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
La lección de Washington. Andrés F. Guevara B.

Venezuela necesita con urgencia referencias que orienten y sirvan para la formación de sus políticos. Entre tantas cosas destruidas por la revolución bolivariana, puede caerse en la tentación de olvidar que el discurso político ha sido uno de los más grandes dolientes de este oscuro período.

Para hacer política se requiere de discurso. Un político carente de mensaje es como un cantante sin voz. Pregonero cuyo grito se desoye en el desierto. El discurso se convierte de este modo en consigna, en ideal. Es el instrumento señero a través del cual los ciudadanos cierran filas en torno a la figura del político y delegan en él una porción de sus sueños y esperanzas.

Con frecuencia se escucha que el país requiere un cambio. Que la nación debe emprender otro rumbo o terminará estrellándose frente a los riscos de la desolación y la miseria. Es así como volteamos y a nuestro alrededor nos encontramos con audaces parlanchines, flautistas de Hamelín que nos encantan con sus palabras conduciéndonos inexorablemente al despeñadero.

En su mayoría, quienes hoy ejercen el oficio de la política irrespetan el discurso. Degradan el valor de la palabra al transformarla en cascarón vacío. El discurso no es ya un instrumento de lucha, la caja de resonancia que permite la arquitectura republicana en los cimientos del Estado.

La destrucción del discurso no es obra del azar ni capricho furibundo de los dioses míticos. Se debe a la falta de formación política. El político debe formarse, estudiar, entender cuál es su misión. No son estas aptitudes que se logran por casualidad. Requieren de entrega, disciplina, vocación.

El político no difiere de otras disciplinas en cuanto a su proceso de aprendizaje. Un atleta necesita de entrenamiento diario para alcanzar sus metas, de la misma manera que un médico o un abogado requieren años de entrega para lograr la supremacía de su profesión. Con el político, sin embargo, hay un ingrediente adicional: su oficio consiste en servir a los ciudadanos al establecer un muro de contención entre lo público y lo privado.

El socialismo es la ideología predominante en Venezuela. Con sus matices, los políticos venezolanos fundamentan su discurso en las bases de este pensamiento político: redistribución de riqueza, igualdad de resultados, democratización de más y más espacios. En un país pobre, donde la gente más desfavorecida representa la mayoría del electorado, el discurso queda sujeto a esa pretensión igualitarista.

Poco importará al elector si el poder es limitado mientras reciba una casa o perciba –ficticiamente- que el “rico” se doblega ante un gobierno vengador de los intereses de las mayorías oprimidas. Con esta singular visión de “justicia” poco espacio queda para el desarrollo de las ideas republicanas: un gobierno hecho de Leyes (con mayúscula) y limitado, el apego irrestricto al Estado de Derecho.

Habrá quienes digan que es compatible un discurso político que incorpore las ideas redentoras de lo más desfavorecidos con la retórica digna de un estadista. Creemos, sin embargo, que la demagogia rinde frutos jugosos para quien la emplea y que, cual alud, una vez que se inicia derrumba a su paso la posibilidad de promover un gobierno auténticamente republicano.

En tiempos como los que corren, conviene rescatar las enseñanzas de George Washington, quien en su discurso de despedida (Farewell Address) como presidente de Estados Unidos el 19 de septiembre de 1796 dejó para la posteridad una idea que todo político que se precie de llamarse como tal debe incorporar a su quehacer: “Una nación dominada por el odio o el resentimiento, obliga a la vez al gobierno a entrar en una guerra opuesta a los mejores cálculos de la política. El gobierno participa unas veces de esta propensión nacional, y adopta por la pasión lo que la razón repugnaría; otras veces instigado por el orgullo, la ambición u otros motivos siniestros y perniciosos hace servir la animosidad nacional a los proyectos hostiles. Por esta causa muchas veces la paz de las naciones se ha sacrificado, y acaso también, en algunas ocasiones su libertad”.