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La lógica del deterioro

Nada parece indicar que este gobierno quiera hacer algún acto de contrición sobre lo hecho y lo no hecho, y cuando le correspondió la oportunidad al presidente para presentar memoria y cuenta…

Recientemente me preguntaba una periodista si había recaudado alguna evidencia que me permitiera pensar en la posibilidad de algún tipo de cambio económico o político para el año que se inicia. Mi primera respuesta fue negativa. Nada parece indicar que este gobierno quiera hacer algún acto de contrición sobre lo hecho y lo no hecho, y cuando le correspondió la oportunidad al presidente para presentar memoria y cuenta, no le bastaron nueve largas horas para ratificar minuto a minuto los lineamientos centrales de sus políticas, el arraigado compromiso ideológico con el castro-comunismo, la celebración de la violencia oficial a través de la especial invitación que le hizo al pistolero de Puente Llaguno, la negativa a reconocer la existencia de presos políticos, mucho menos a concederles algún beneficio, la especial sujeción a lo militar como objeto de particular atención y, el arraigo en el poder que tienen los miembros clave de su gabinete. Nada por lo tanto me hace pensar que no va a continuar el derroche con inflación y represión que hasta la fecha ha caracterizado al régimen.

Y sin embargo hay un mensaje subyacente en el esfuerzo desmesurado que hace el presidente para mostrar vitalidad. Quiso presentarse al país como el invencible irredento que tiene arrestos suficientes para encadenarnos a la estupidez de nueve horas de alocución, sin que haya mediado respeto por la ancianidad de algunos que estaban presentes, o la incomodidad de un país que asistió atónito al rol de perdonavidas magnánimo que concedía la palabra, pero que no dejaba de rasguñar la disidencia, eso sí, sin cometer el exceso de sacar sangre. Harto comentada fue la hartazón de María Corina, cansada de tanta zalamería malintencionada, y cuya intervención no le dejó un buen sabor en la boca al presentador de cuentas. Pero en el fondo, todo ese esfuerzo fue para presentarse como una opción vigente, al que la enfermedad no le impide ejercer el poder con toda su tradicional desmesura. Lástima que luego tuvo que recluirse por cuarenta y ocho horas para reponerse, y luego poder salir, aun maltrecho a cumplir con el compromiso postergado de renovación de los altos mandos militares. Chávez no va a poder deslindarse de que él mismo es la prueba más contundente de su deterioro, y que el menoscabo de su salud le activa en el inconsciente la necesidad de tomar decisiones que no son para avanzar sino para proteger lo que él cree es un legado importante.

De allí que continúa intentando un cambio que no desea para que todo continúe igual. Decide un alto mando que no tiene salida alguna a la más servil obediencia. Atornilla un gabinete que aunque no sirva para lo constructivo, por lo menos le garantiza el sosiego de la aquiescencia. Decide la salida cortés hacia la aventura electoral de aquellos que se pensaron en una posición desde la cual podían administrar la transición después de su muerte, sin pensar en el inmenso peligro de considerarlo un mortal como cualquiera, pero aquejado de dolencias que, aunque las niegue, siguen haciendo su trabajo. Y por supuesto, conforme opera la lógica del desespero, cumple incontables promesas, hace innumerables juramentos a su particular panteón sincrético, esperando contra toda esperanza que se haga el milagro que lo aleje del malestar y del miedo que le provocan la enfermedad y las medicinas que le administran para aminorarla. Un enfermo es una ecuación compleja de incertidumbres y certezas de las que quiere huir. Un enfermo está encadenado al dolor de hoy y al de mañana. Y al insomnio que lo consume y lo muestra tal cual es, un pobre poderoso solitario que confunde cotorras con guacharacas sin que pueda hacer otra cosa que imaginar que ellas también salieron del llano para venir a integrar el coro de las exequias de alguien. Nada va a cambiar. Todo va a empeorar.

Cuenta la leyenda que estando en el lecho de muerte, Alejandro Magno fue requerido por sus generales sobre quién o quiénes iban a heredar su reino. Casi no podía hablar, pero pareció decir “al más fuerte”. Nada claro, lo que a la larga fue el argumento para una inconveniente repartición entre los que se atribuían mayor fortaleza. En ausencia de instituciones, esa posibilidad siempre está presente, la multiplicación de las satrapías y la constitución de un status quo de “burros que se juntan para rascarse”. Pero continuemos con la agonía de Alejandro. Habiéndole preguntado cómo y cuándo debían ser sus juegos funerarios atinó a decir “cuando sean felices”. Algunos deberían aprender que si toca la gloria, ella no será el producto de lo que las lloronas y plañideras pagadas por el erario público puedan provocar. Será la historia la que se encargue, y no ocho horas de memoria y cuenta.

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Jueves, enero 19, 2012

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