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La mamá de Albornoz

Por: Víctor Maldonado C.

“Las masas que había en el recinto, que habían interrumpido casi cada frase con sus fanáticos aplausos, se pasaron varios minutos gritando, vitoreando y cantando “Manda Führer, te seguiremos”. Hitler se había lanzado a un frenesí orgásmico al final del discurso. Cuando Goebbels, que puso fin al acto, pidió para él la lealtad de todo el pueblo alemán, Hitler alzó la vista hacia él, con una expresión de furia ansiosa en la mirada, se levantó bruscamente y con un fuego fanático en los ojos, bajó con dureza la mano derecha, después de un amplio giro, y dio un golpe en la mesa y gritó ja . Luego se desplomó en el asiento, exhausto”. Ian Kershav describe así el final del discurso de Hitler de la noche del 26 de septiembre, frente a 20.000 de sus más fervientes seguidores. Lo que se estaba decidiendo era el desmembramiento de Checoslovaquia, que la historia registró como el principio del fin del régimen nazista.

Hitler llegó hasta donde su sociedad se lo permitió. De hecho, el eslogan más popular de aquellos tiempos era precisamente “trabajar en la dirección del Fuhrer”. Que la lógica de la sobrevivencia, personal o institucional pasaba por interpretar tempranamente los mandatos del caudillo, y actuar en consecuencia. Esa predisposición de la sociedad alemana, de concederle lo que quería y más, de activarse frenéticamente en pos de la voluntad del líder cada vez más supremo, tratando de esta forma de salvar el pellejo y de lograr obtener beneficios, fue lo que termino provocando la ruina de todo el país, de la que nadie se salvó.

La adulación no es, en estos contextos, una variable marginal. Ella abre los caminos al desastre. “Compórtate de tal manera, que si el caudillo te viera aprobara tus actos”, fue la reinterpretación lambucia que hizo Goebbels del Imperativo categórico de Kant. “Yo no tengo conciencia, Hitler es mi conciencia”, fue la frase que expuso Himmler para competir con el ministro de propaganda en quién podía ser el adulante perfecto. Pero insisto, la jaladera de bolas fue una herramienta eficiente para imponer el terror y acabar en la ruina. La obediencia ciega fue la otra arma. “Después de una orden, pasar inmediatamente a la acción, sin titubeos”, fue el emblema sobre el que montaron la persecución y el exterminio sistemático de los judíos, la expansión territorial, y la guerra.

Como la historia nunca se repite, pero el hombre sí, vale la pena buscar las coincidencias donde las haya. A pesar de los terribles resultados del nazismo, los nuestros hacen méritos para solidificar el liderazgo autoritario del presidente Chávez. Y lo hacen con las mismas armas, la adulación y la obediencia ciega. Albornoz no es, en todo caso el primero, pero si el más emblemático de esta última etapa del proceso “No voy a polemizar con el presidente Chávez, él es el jefe del proceso, nuestro líder, el que respetamos, es como la familia. A veces hay una discusión en la familia y, si el padre dice algo, los muchachos no le contestan, él sabe que tiene razón o no, pero nosotros nos guardamos eso y discutimos con la mamá. A un padre no se le responde.” El mismo discurso, la misma postración podríamos ver en otras decenas de seguidores fanáticos de este proceso. Todos ellos conceden hasta la indignidad, mientras el presidente exige más obediencia, más sumisión, menos autonomía, menos refutación.

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