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La medicina venezolana en terapia intensiva. Belen Marty

La medicina venezolana en terapia intensiva: fuga de talentos y escasez permanente
Gustavo Villasmil, secretario de Salud del Estado Miranda en Venezuela, explica la crisis sanitaria que aqueja al país petrolero.

BELEN MARTY | PANAM POST

A Gustavo Villasmil tuve la dicha de conocerlo en un seminario que ambos cursamos en Alemania hace un año. Multifacético, es médico cirujano, militante por las causas de la libertad y secretario de Salud del Estado de Miranda en Venezuela, el distrito que conduce el opositor Henrique Capriles Radonsky.

Recuerdo de entonces a un hombre muy observador de mirada profunda, y algo nostálgica, quizás de su pasado como estudiante de la Universidad Central de Venezuela (UCV), una de las universidades más prestigiosas. Su personalidad contenía una mezcla de picardía, humor caribeño y una pizca de curiosidad que la llenaba con preguntas sobre Argentina, mi país.

De manera razonable, presumo, consideré que era mi tiempo de conversar con él sobre la frágil situación del sistema de salud venezolano, dado que GV, como le gusta firmar todos sus correos, ha trabajando previamente en las trincheras de la salud pública: Fue el jefe del Servicio de Urgencias del Hospital Vargas de Caracas desde 1999 hasta octubre de 2004.

El mundo ha reportado sobre harto desabastecimiento que afecta a Venezuela, desde productos de higiene como el papel higiénico, hasta pasta dental o ingredientes tan básicos como el aceite, la harina, la leche o el pollo.

Con las medicinas sucede igual. Asegura que lo que está pasando en el país “no pasa ni siquiera en África”.

“En Caracas, es más probable que un vendedor de calle a las puertas de un hospital expenda, por ejemplo, la Vancomicina (un tipo de antibióticos), que no se encuentra en establecimientos de farmacia ni en droguerías. Ahora mismo faltan medicamentos elementales (antihipertensivos, etc)”.

Según él, la clave para muchos pacientes es esperar a que algún pariente que viva en el extranjero les envíe una dotación del medicamento que necesitan a través de algún pasajero o tripulación de cabina. “Así estamos…”, lamenta.

“La escasez de medicinas es una de las expresiones más claras del ‘Estado fallido’ en que nos hemos convertido en materia sanitaria”, dice. Se encuentra a más de 4.600 kilómetros de distancia, pero puedo imaginármelo mirando hacia arriba y levantando los hombros en clara señal de indiferencia.

“El Estado debe darnos garantías mínimas de seguridad y orden. La provisión de un marco regulatorio en lo que concierne al medicamento es una función estatal indeclinable. Nos inundan de productos cubanos, chinos o pakistaníes que apenas exhiben una etiqueta, sin licencia ni registro sanitario”, precisa.

Villasmil se lamenta en plena desesperación: “No hay modo de importar suministros críticos —catéteres y stents para enfermedades coronarias, drogas para el tratamiento del cáncer, entre otras cosas—, porque no es posible pagar por ellos en el mercado internacional”.

Parte de lo que me pregunto sobre su quehacer médico, es si ha mermado la posibilidad de que los profesionales de la salud se mantengan actualizados en sus respectivas áreas, y puedan viajar al exterior con frecuencia. Villasmil confirma que actualmente es casi imposible viajar desde o hacia Venezuela, para asistir a congresos, cursos, o eventos académicos. “Todo eso solía ser parte de nuestra rutina”.

Le atribuye al control cambiario las causas de esa imposibilidad. “No somos dueños de nuestro dinero —que cada vez vale menos— ni podemos hacer lo que nos plazca con él, sea asistir a un congreso médico o algo tan simple como comprar un libro que nos interese por Amazon”.

“Segundo, estamos aislados. Las líneas aéreas internacionales han reducido su oferta de asientos desde Caracas en más de un 70%. La razón: no pueden repatriar sus ganancias. Si yo pago un billete en bolívares a una línea aérea europea, ésta no puede obtener el equivalente de ese importe en euros, como sería lo normal.

Esto ocurre porque el Estado venezolano no puede respaldar en divisas los bolívares que tiene en circulación, que en un 70% no es sino dinero inorgánico. De modo que ni Alitalia, Air Europa, Lufthansa, Air Canada, American Airlines, Avianca, etcétera…todos dejaron de volar a Caracas ¡Ni Aerolíneas Argentinas quiere venir!”, menciona con sorpresa.

En el fondo, está la política

La realidad venezolana parece letra de algún tango, solía decirme.

“La situación ha empeorado con el ascenso de Maduro al poder. La razón: Chávez desmanteló la economía en diciembre de 2012 en un esfuerzo para ganarle a Capriles. No menos de US$12 mil millones se ‘quemaron’ en la pira electoral de las elecciones de ese año y de 2013.

De manera que Maduro heredó una economía exhausta, fundidas las reservas internacionales, sin crédito externo y con un ‘default’ a la vista. El chavismo logró la hazaña de quebrar una economía que en 15 años ingresó US$1 millón de millones por concepto de factura petrolera. ¡Ni un genio lo habría hecho mejor!”

Una de las cosas que me pregunto es cuánto del personal médico abandonó, y se calcula que abandone, a Venezuela. Me asegura que no menos de 10.000 médicos, e igual número de enfermeras de alta especialización que se han marchado a muchos países.

“Siendo jóvenes, muy bien entrenados y dominando idiomas, las oportunidades que brinda el mercado global les llueven. Este año, el 60% de una clase de graduados en Medicina, sólo en la Universidad Central de Venezuela, se estará marchando del país”.

Precisamente, lo que más le preocupa es la descapitalización que en términos humanos está sufriendo su país, como ya le sucedió a Argentina y a Cuba.

“Perón destruyó a la universidad argentina, que en su día llegó a producir un premio Nobel en Medicina, el gran Bernardo Houssay. Los Castro destruyeron a la universidad cubana, en cuya principal facultad médica —la de la Universidad de La Habana— se formó Agustín Castellanos, uno de los más grandes cardiólogos de todos los tiempos. Si vas a un hospital del sur de la Florida, verás sus directorios profesionales llenos de nombres hispanos, cubanos para más señas, expresión del valioso capital humano que abandonó la isla para aquerenciarse en un medio que le supo recibir y apreciar”.

A propósito de la mención, decidí ahondar en su opinión sobre los polémicos médicos cubanos que trabajan Venezuela, y sobre su presunta excelencia académica, parte insoslayable del gran mito cubano, que para él, se derrumba con un soplo.

“He tenido muy malas experiencias con los médicos cubanos que ejercen aquí. Están muy mal entrenados, no manejan el estado del arte en la materia médica y tienen dificultades mayores en el empleo de ciertas tecnologías que nunca antes vieron.

Hace años solía enfurecerme con ellos, pero he llegado a entender que son rehenes del régimen que los trajo hasta aquí. Es un drama humano complejo…

En absoluto me tomo en serio las ofertas de intervenciones y tratamientos ‘milagrosos’ que suelen hacer los propagandistas cubanos. Nadie en la comunidad médica mundial les toma en serio, y con razón. Estafas como el famoso PPG —un supuesto hipocolesteromiante—, o la del tratamiento del vitiligo, son sólo dos de las numerosas engañifas médicas que los cubanos han vendido aquí”, relata sobre su experiencia.

A la luz de la tragedia de muchos enfermos que necesitan tratamientos inexistentes en el país, le pregunté si la situación dista mucho de la realidad de militares y altos burócratas, que gozan de la cobertura en las clínicas privadas.

En esta sintonía, dice Villasmil: “Si un ciudadano ‘de a pie’ quisiera disponer de una cobertura similar, simplemente no podría pagarla. Se cumple así lo que bien dijo el gran George Orwell: todos somos iguales, solo que unos somos más iguales que otros”.

Antes de despedirnos y prometernos respectivas visitas, suspira: “¿Qué otra cosa se puede esperar de un régimen forajido?”