Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La nave de los locos. Carlos Raúl Hernández

La explosión de esquizofrenia sacude las calles opositoras. Algunos inventan canalladas…

La reacción de parte importante de los grupos democráticos frente a los resultados electorales del 7-O es autodevoradora, un lupus político. En la historia democrática desde 1958 en Venezuela nunca, que se conozca, una derrota concitara tal odio fratricida. Una reacción infantil, en adultos sencillamente insoportable, trastornada, inadmisible, proviene de frauduleros de las capas medias cultas, responsables directas del ascenso de este régimen desde los 90 del siglo pasado.

Inmadurez, irresponsabilidad, locura, supina ignorancia hasta de los más rudimentarios resortes de la política, conjugadas con soberbia, llevan a calumniar y cubrir de infundios al liderazgo por algo que le contó “la tía del amigo de un primo”, “de buena fuente” una “prueba de traición”. Por los mismos odios y patológicos motivos que los llevaron a liquidar los partidos y encumbrar la antipolítica, hoy arremeten contra los que a tiempo completo y en desventaja mantienen viva la alternativa mientras ellos disfrutan sus vidas.

Nadie está exento de errores en estos años. Por eso es espurio desenterrar cuchillos oxidados para cobrar viejas -o recientes- facturas, y minar dirigentes competidores “esperados en la bajaíta”. A eso contribuye el silencio de quienes dirigieron el comando de campaña, su inhibición para dar la cara y seguir siendo dirigentes en la primera prueba seria que les pone el oficio y tal vez la vida a varios de ellos. La imprescindible unidad entra en jaque.

La explosión de esquizofrenia sacude las calles opositoras. Algunos inventan canalladas que arrojan un manto raído y maloliente sobre quienes condujeron la campaña, más allá de sus errores. Rompieron con la realidad y sumidos en el encono, no les importa mucho dónde conduce su ira, ni que el comunismo pueda avanzar sobre las tumbas de los candidatos a gobernadores que compiten el 16-D, hoy abandonados y frente al terrorismo judicial.

Una jefatura de estreno creyó que ganar el poder era relativamente sencillo. Bastaba “el saber”, títulos académicos y apartarse de los leprosos. Coser y cantar. Por desgracia no supieron -se meten a brujos sin conocer la yerba- que los triunfos electorales son producto de políticas incluyentes, amplias. Chávez ganó las elecciones con una alianza que iba desde Olavarría en la derecha hasta Douglas Bravo en la izquierda, además de sus “hombres nuevos”. Hoy mismo se está a punto de regalarle el estado Monagas al gobierno por mero cretinismo.

¿Qué es la locura? En términos generales se trata de un estado temporal o permanente que sumerge los seres humanos en un mundo imaginario y desconectado de lo real-circundante. El enajenado transcurre en las sombras de su subjetividad melancólica, desesperada, furiosa o aterrada, rodeado de lémures que da por existentes y le permiten ignorar las agresiones del entorno. La madre que alisa insistentemente la chaqueta al cadáver de su hijo.

Un inquietante autor alsaciano, Sebastian Brandt, publicó en 1494 un también inquietante opúsculo, La Nave de los Locos (o de los cretinos, según la traducción: Stultífera Navis en latín) un escritor maldito, por la sutil aniquilación que realiza del dogmatismo eclesiástico, a pesar de ser teólogo. Produjo una reacción en cadena, lo reeditaron en las ciudades más cultas de la época, y dio origen a apócrifos y segundas partes, como El Quijote. Erasmo se inspiró en él.

Tres grandes desgarrados le dedicaron obras plásticas, El Bosco, Durero y Brueghel. El libro se inspira en la leyenda de que durante la Edad Media, para librarse de los dementes, las villas solían acordarse montarlos en barcos sin destino. La nave del libro de Brandt se dirige a Narragonia, o tierra de los necios, una isla desconocida en medio del océano. En verdad no van a ninguna parte, no hay destino final (ni les importa), como lo confiesa uno de los pasajeros.

“Nuestro viaje no tiene fin, pues nadie sabe dónde podemos llegar. No tenemos descanso ni de día ni de noche y nadie de nosotros presta atención a la sabiduría”. En las fiestas de locos se disolvían las jerarquías y ocurrían desahogos colectivos. El objetivo era saciarse, aflorar lo que se tuviera dentro sin importar las consecuencias. Todos hacían y decían lo que les placiera porque al final nada importaba sino drenar las bajas pasiones.

Ojalá esta fiesta de locos de la oposición termine ya y algunos se percaten del abismo. “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo importante es el valor para seguir”. Eso lo dijo Winston Churchill. Encajar el golpe y caminar hacia adelante.