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La Neuroteología. Emeterio Gómez

Y la imagen de Dios empieza a dibujarse esperanzadora en el horizonte

He venido llamando la atención sobre la Necesidad y, más importante aún, sobre la Posibilidad, de replantearnos la idea o noción que tenemos de Dios. Y, más concretamente, lo esencial, la idea o noción que tenemos del Ateísmo. ¿Tiene de verdad algún sentido ser ateo? ¿O lo tiene más bien el empezar a pensar que ser ateo es medio tonto? Porque el ateísmo podría ser una muestra contundente de no haber entendido nada, de no estar captando en su infinita profundidad, el problema esencial que confrontamos los humanos, el de encontrar una Fundamentación que le dé algún sentido a nuestro “Ser”, ante el riesgo de caer en la precariedad que la Filosofía Pragmatista implica?

Y he planteado como punto de partida esencial para dicha reflexión, una idea que podría resultar, al menos, explorable: que el Ateísmo tuvo pleno sentido cuando o mientras la Civilización Occidental creyó que la Filosofía y, después, la Ciencia -o las dos juntas- podrían llegar a conocer, develar o descifrar los Fundamentos de lo Humano. En cuyo caso, primero fue la Filosofía y, más específicamente la Razón, el Pensamiento Racional, Platón, Aristóteles, Kant, Hegel y compañía, los que generaron la ilusión de que podíamos conocer la Verdad, el Bien o el Ser más profundo de Lo Humano. Y después, como refuerzo mucho más potente: el inmenso desarrollo científico que impulsaron Newton, Galileo, Freud, Darwin, Einstein, Jung y tantos otros. La Ciencia renovó la ilusión de poder llegar algún día a comprender o desentrañar Lo Humano.

Si la Filosofía o la Ciencia hubiesen logrado una explicación sólida de los Fundamentos del Espíritu, la noción o idea de Dios hubiese perdido por completo su sentido. Pero si no fuese así, esto es, si no tuviésemos hoy la intuición de que ni la Filosofía ni la Ciencia han podido ¡¡ni van a poder jamás!! lograr dicha explicación, si llegásemos a convencernos, tal como hoy está ocurriendo, de que no tenemos la más mínima posibilidad de comprender (o de intuir siquiera) la “Naturaleza” de nuestro Espíritu, si llegásemos a aceptar que éste es absolutamente inescrutable -como sin la menor duda lo es-, entonces seguir creyendo que tiene algún sentido ser ateo, puede resultar medio bobo. Y es en ese contexto que empieza a hablarse hoy de Neuroteología, de la posibilidad de encontrar en el estudio científico del cerebro la fundamentación de la Noción de Dios. El término específico, Neuroteología, fue acuñado, en 1984, por James B. Ashbrook, del seminario teológico Garrett de Evanston.

Nosotros, desde la más absoluta modestia, pensamos que hay en ese terreno, dos vías, componentes o elementos esenciales a tomar en cuenta: Uno, ya mencionado, la certeza creciente -y, en mi opinión definitiva- de que no podremos jamás descifrar los Fundamentos Últimos del Espíritu. Por una “razón” incontrovertible: porque cualquier conocimiento que obtengamos del Él (Conciencia, Mente, Alma o como se lo quiera llamar) modifica a dicho Espíritu, con lo cual se genera un proceso claramente recursivo que ¡¡tautológicamente!! elimina cualquier posibilidad de conocerlo. Y, dos, el factor o componente más poderoso: que tenemos, también sin la menor duda, la posibilidad de crear. De la única forma que tiene sentido el Crear: Exnihilo, a partir de la Nada, igual que Dios. En cuyo caso, si podemos crear y recrear hasta el Infinito nuestro Espíritu, la posibilidad de llegar a entendernos (es decir, a conocernos, a saber lo que somos, a descifrar el infinito enigma del Alma) se desvanece… Y la imagen de Dios empieza a dibujarse esperanzadora en el horizonte.

http://emeteriogomez.wordpress.com

Fuente: El Universal