Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La parodia, por Víctor Maldonado

Imitación burlesca. En eso consiste. Es una interpretación cómica de lo serio. Un esfuerzo de desacralizar y desacreditar una situación para reducirla a una carcajada. Es el intento de banalizar la realidad hasta transformarla en irrelevante. En el caso de Venezuela no es difícil encontrar un sinnúmero de parodias, todas ellas organizadas para saquear de sentido a las instituciones republicanas, transformadas de esa manera en vulgares falsificaciones de lo que alguna vez fue importante. Gracias a los malos oficios del socialismo la república se ha convertido en una republiqueta insana. El socialismo no ha dejado nunca de ser una forma de tratar la política y lo público para que la población padezca la servidumbre más atroz y la disociación más cruel.  El socialismo del siglo XXI no es otra cosa que el esfuerzo de articular un gran desprecio por el sentido común.

 

Todo comenzó con el lenguaje y el desparpajo. La guasa y el despropósito comenzaron cuando el recién estrenado “comandante-presidente” decidió abrir el cofre donde se encontraba el acta de independencia, dándose la licencia de manosearla, y llegado el momento, de igual manera decidió desenterrar los restos del libertador, también para ultrajarlos. Fue la época de la infeliz declaración sobre lo justo que podía llegar a ser “robar por hambre”, y también la etapa en la que andaba por todo el palacio con una de las espadas de Simón Bolívar. Incluso llegó al desatino de legársela a su sucesor, bajo el particular criterio de haberse apropiado un bien de la nación, que debía estar resguardado en las bóvedas del Banco Central. No fue el único exceso. En cadena nacional mostraba lingotes de oro, parte de las reservas del país. Nada se le podía negar al disponedor del poder absoluto, que por supuesto, corrompió hasta las entrañas de su detentador.   

 

Lo cierto es que con el paso de los años nos fuimos percatando que dentro de la revolución no hay nada que pueda ser tratado como un imposible, no hay límites, y por supuesto, la ley no puede ser otra cosa que un referente lejano que se aplica solamente a los muy desprevenidos. Esta revolución marxista llegó desafiando la sensatez con la que le era imposible convivir. Por eso el proyecto originario tenía como premisa su sustitución veloz por un populismo pueril en el que todo era factible, siempre y cuando no contradijera el verdadero objetivo de sus líderes. “Todo dentro de la revolución. Nada fuera de ella” se convirtió en la consigna de la impunidad oficial. Fue así como la tramoya fue arropando la decencia con un discurso en donde cualquier mentira tenía cabida, y cualquier reto a la razón era recibido por las masas con fervor fundamentalista. La lógica del pretendiente ricachón e irresponsable fue aplicada con psicopática sistematicidad. Las masas extendieron las manos ante su supuesto benefactor, y este las llenó de falsos beneficios que ahora están pagando muy, pero muy caro. De esta forma el despotismo sustituyó al derecho, la lealtad perruna se impuso al mérito, y las puestas en escena aplastaron la realidad. La propaganda terminó siendo la única versión tolerada por el régimen, impuesta por la fuerza y difundida por la hegemonía comunicacional. En tanto, los disidentes, aquellos que gritaron que “el emperador se paseaba desnudo por las calles”, fueron tratados como enemigos del pueblo y traidores a la patria. Todo régimen comunista aspira a tener un manicomio donde puedan encerrar a la cordura, o una tumba donde enterrar la verdad. El que nos tocó en suerte a los venezolanos no podía ser la excepción.

 

Toda parodia se descompone hasta rebosar de vulgaridad. Lo que antes exigía un esfuerzo de disimulo que resguardaba el escaso pudor revolucionario, ahora simplemente se exhibe sin recato. El “emperador” no solo hacer alarde de su desnudez, sino que también muestra sus peores purulencias. La fuerza, el cinismo y la pobreza de opciones se confabulan para ser el carcinoma del régimen. Lo único que les falta es esa campana atada al cuello que advierte la cercanía de un leproso político. Tal vez no le haga falta porque lo cierto es que por donde pasan hay soledad y desprecio.

 

Pero esa circunstancia, donde el repudio es el signo determinante, no parece aludirlos. Ellos no están apostando a una popularidad que hace tiempo no tienen. Alguna encuesta veraz tendrá a mano el régimen. Pero a estas alturas eso no es lo más importante. Ya sabemos que el foco no está colocado en la realidad. Lo verdaderamente esencial es mantener la parodia que ya lleva al menos cuatro actos. El primer acto fue dedicado a la falsa negociación política. Muchos actores de reparto participaron en el montaje. Buena parte de ellos haciendo burla de si mismos. El segundo acto tuvo como tema la charada constituyente. Lo cómico parecía estar en constituir una asamblea nacional de ese tipo sin representación de la oposición. El chiste es verlos convertidos en un solo bloque que aplaude y levanta la mano sin chistar. Esta vez, casi al cierre, llegaron como refuerzos unos partidos, gobernadores y alcaldes recién electos que juraron ante sus directivos, como para darles un toque de realismo. No lo lograron.  El tercero y cuarto acto fueron las caricaturas de sendas elecciones falseadas, por supuesto, pero de allí salieron como actores de reparto para el resto de la temporada esos que tuvieron los arrestos de ir más allá del guión al intentar un profano besamanos constituyente. Y ahora, como cierre de toda esta mentira, nos encontramos a días de la gran farsa de la elección presidencial. El estreno de este último capítulo es el 20 de mayo.

 

Para el momento culminante de esta comedia ridícula el régimen dispuso de una candidatura imposible de procesar, pero debidamente escoltada con casi todos los personajes de “El Mago de Oz”. Ya sabemos que ese mago era un falso artilugio. También estamos al tanto de que sus devotos peregrinos no solamente estaban perdidos, también carecían de valor, corazón y cerebro. El guión del 20 de mayo está escrito, incluso se ha dejado colar, porque así son las parodias, una reducción al absurdo de una supuesta realidad que trajina las dimensiones del sinsentido. Y esa renovación del mandato no es otra cosa que la aclamación prevista y necesitada por un tirano que se resiste a reconocerse como tal. Vivimos el totalitarismo y la dictadura del eufemismo. Nada es lo que parece ser, pero si aguzamos la vista, caemos en cuenta que estamos dentro del infausto mundo del vodevil político. Por eso el absurdo de hablar sobre un voto que no es posible, o de una abstención que no tiene cabida, porque no son elecciones, sino una vulgar parodia, una burla, un absurdo inenarrable.
¿Qué va a resultar de todo esto? Terminada la risa y agotado el chiste, queda el vacío. El personaje principal se apreciará totalmente desprovisto de validez. Ni de origen ni por desempeño. Trampa e ineficiencia se apreciarán como los dos únicos atributos y las únicas moralejas. Los actores secundarios seguirán en lo de siempre, de audición en audición, para ganarse de nuevo esos dos o tres segundos de fama que los muestra como lo que son, mendigos de la política y caimanes del caño donde suelen esperan la siguiente oportunidad. Comediantes desgastados en la mala vida que han decidido llevar. ¿Y la galería? ¿Esperará por el siguiente capítulo de esta degradación continuada, o decidirá que con lo visto basta para cambiar de guionista y de guión? El 20 de mayo muere la opción electoral. Necesitamos seguir otra pauta. La dimisión es el único guión disponible. El 20 de mayo muere la parodia y solo nos queda como argumento la realidad. Encendieron las luces. Hay que desocupar el teatro.