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La pesadilla del sueño bolivariano

Durante su fascinante y turbulenta trayectoria, Simón Bolívar tuvo una permanente aspiración: llegar a ser consagrado presidente vitalicio de Venezuela y de los otros países que señoreaba, en lugar de gobernar limitado por un tiempo fijo, es decir, por los cuatro años que marcaban las constituciones vigentes.

Por: José Ignacio García Hamilton

Para: LA NACION

Ya en 1815, mientras se encontraba desterrado en Jamaica, Bolívar escribió la famosa carta en la que expresaba su desencanto con la primera experiencia republicana de Venezuela, opinaba que las instituciones representativas no eran adecuadas a nuestro carácter hispanoamericano, y sugería establecer un “gobierno como el inglés, con la diferencia de que, a cambio de un rey, tendrá un Poder Ejecutivo electivo y vitalicio, y un senado hereditario”.

Cuatro años después, habiendo liberado militarmente a casi todo el territorio venezolano, convocó a una convención constituyente a reunirse en Angostura (hoy Ciudad Bolívar), pero seguía pensando que nuestros pueblos no podían equipararse al norteamericano, y por ello exhortó a los delegados a establecer, para Venezuela, un presidente a perpetuidad, un senado hereditario integrado por los generales de la Independencia y una cámara de diputados de elección popular. Los convencionales, sin embargo, no aceptaron sus sugerencias y dispusieron que el presidente debía durar cuatro años en sus funciones.

Tras el triunfo de Bolívar en Boyacá, lo que significó la liberación de la actual Colombia, una convención reunida en Cúcuta aprobó la unión del país con Venezuela, con lo que se integró la llamada Gran Colombia, con capital en Bogotá, a la que luego se incorporó el Ecuador. Bolívar fue designado presidente de esta ampliada nación y Francisco de Paula Santander vicepresidente, pero la convención rechazó la idea del nombramiento en forma vitalicia, mantuvo el período de cuatro años con reelección, y tampoco aceptó la iniciativa de los senadores hereditarios.

Luego de entrar en Perú y vencer a los españoles en Junín, Simón Bolívar fue elegido presidente de esa nación y continuó su marcha hacia el Alto Perú. Un congreso reunido en Chuquisaca declaró la independencia, otorgó al flamante país el nombre de Bolivia, en honor al apellido del victorioso guerrero, y le pidió a éste que dictara una constitución a su gusto. Bolívar aprovechó, entonces, para redactar de puño y letra las instituciones que venía proponiendo desde hacía una década: un presidente vitalicio (es decir, él mismo), senadores hereditarios y diputados elegidos por el pueblo.

Después regresó a Lima, extendió la vigencia de este texto constitucional al Perú y se instaló en la residencia de La Magdalena (donde había vivido el general San Martín) a disfrutar de la presidencia perpetua con su amante Manuelita Sáenz.

Pretendió desde allí que la Gran Colombia aprobara también la llamada “Constitución boliviana”, pero se encontró con el rechazo del vicepresidente Santander, llamado el “hombre de las leyes”, quien le recordó que la vigente carta de Cúcuta no podía ser reformada antes de los diez años. “Además, no he luchado catorce años contra Fernando VII para tener ahora un rey que se llame Simón I”, le escribió.

Bolívar mandó entonces un delegado militar hacia Bogotá para que, en el camino, instara unas “actas populares” para exigir la reforma de la Constitución. Santander le escribió para decirle que esas actas no eran legales, a lo que Bolívar respondió que “no eran legítimas, pero sí populares, y por lo tanto propias de una república eminentemente democrática”.

Bolívar y Santander acordaron finalmente convocar a una nueva convención constituyente en Ocaña. Pero al comprobar que su vicepresidente había obtenido en las elecciones más delegados que él, Bolívar retiró sus convencionales y dejó sin quórum a la asamblea. Simultáneamente, por medio de un “autogolpe”, se constituyó en dictador de la Gran Colombia bajo el paradójico título de Libertador Presidente y destituyó a Santander de la vicepresidencia.

Poco tiempo, sin embargo, pudo disfrutar Bolívar de esta “suma del poder público”, buscada durante más de una década. Los jóvenes liberales de Bogotá, sintiéndose traicionados, intentaron asesinarlo, pero salvó su vida gracias a la arriesgada acción de Manuelita. Santander fue acusado de haber participado de la conspiración y fue desterrado, pero Bolívar no pudo sostener políticamente su dictadura y, en 1830, renunció y murió en Santa Marta, mientras la Gran Colombia se desintegraba.

El actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez, al cabo de casi dos siglos, está logrando cumplir los anhelos de Bolívar. La actual Constitución le permite designar y remover al vicepresidente, y la Asamblea Nacional, a su pedido, está a punto de concederle la posibilidad de la reelección indefinida. El sueño bolivariano que, acaso, se convierta también en pesadilla.

El autor es abogado y escritor. Autor de “Simón”, biografía novelada de Bolívar y de “El Autoritarismo y la Improductividad”. Su último libro es “Por qué crecen los países”.

http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=878004

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