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La peste y la ignorancia. Victor Maldonado

Un día cualquiera del año 1347 llegó al puerto de Mesina un barco desolado. Ninguno de sus pasajeros había sobrevivido a la travesía. Solo las ratas exhibían sus vientres abultados por el festín que habían tenido a su disposición. El navío era portador de una tragedia descomunal que había comenzado quién sabe en qué lugar de la India cuando un guerrero mongol fue la primera víctima de la enfermedad. Lo cierto es que una inmensa fatalidad se cebó en Europa hasta matar a unas 25 millones de personas. Un quinto de la población del continente se sumó a 60 millones de almas que encontraron la muerte en Asia. La plaga se hacía presente en ciudades, pueblos y aldeas, cobrando vidas sin importar creencia o condición social. Pueblos enteros fueron devastados hasta el punto que allí quedaban los cadáveres como testimonio silencioso de que nadie había quedado vivo para decir la última plegaria o dejarlos en el cementerio. 

El temor por lo que se les venía encima les hizo preguntarse por qué Dios les había mandado tal castigo. El conocimiento científico que todavía iba a tardar unos cuantos siglos en proponer explicaciones racionales y certeras era, en el siglo XIV, fatalmente sustituido por los prejuicios. En aquella época no era tan importante resolver el problema como conseguir un culpable. Todos estaban concentrados en la expiación, abandonando el terreno de la explicación, que no parecía crucial, porque si Dios les había mandado tal castigo era porque ellos no habían sido suficientemente fieles a sus designios. Y allí estaban los judíos a la disposición de la ignorancia fanática. Ellos, supuestos asesinos del hijo de Dios, eran indudablemente los responsables de la desolación que todos estaban sufriendo. Ellos habían envenenado los pozos e intoxicado a los creyentes. No podían ser otros sino ellos la eficaz herramienta del mal que se había atizado contra la cristiandad. Y comenzaron a matarlos en masa. No habían resuelto el problema, pero habían conseguido el chivo expiatorio ideal.

El fanatismo les había cegado. Tardaron demasiado en entender que esa enfermedad virulenta tenía en las ratas y pulgas sus agentes vectores. Que de lo que se trataba era de evitar el contacto con la suciedad, lavar la ropa y mejorar la higiene. No llegaron a entenderlo, porque como lo propone Nassim Taleb en su libro “El Cisne Negro”, ellos no sabían que no sabían las verdaderas razones de su desgracia.

Una forma contemporánea de ignorancia es la ideología. Marx decía que ésta era uno de los principales instrumentos de represión de que dispone la clase dominante, y es empleado para engañar a las clases subordinadas sobre la verdadera naturaleza del capitalismo y con el fin de perpetuar esta dominación. Hannah Arendt llegaba más o menos a la misma conclusión, pero sin la obsesión materialista de su paisano alemán: “Las ideologías son ismos que para satisfacción de sus adherentes, pueden explicar cualquier hecho deduciéndolo de una única premisa” aunque esta premisa sea falsa. Y Bárbara Goodwin engloba el concepto afirmando que “una ideología es una doctrina acerca de cuál es el modo correcto o ideal de organizar una sociedad y conducir la política, basada en consideraciones más amplias sobre la naturaleza de la vida humana y el conocimiento. Todas estas doctrinas afirman establecer aquello que es políticamente verdadero y correcto, y de esta manera, dan lugar a imperativos, que en su esencia, son morales”. En todo caso, ni Marx, ni Arendt ni mucho menos Goodwin confunden ideología con realidad. Es todo lo contrario, una versión interesada de la misma para mantener el poder, evadir las responsabilidades, competir políticamente, ganar adeptos y arrinconar adversarios.

Me atreví a citar a Marx porque “unas son de cal y otras de arena”. En su época él hacía la crítica de las clases dominantes. En la mía, la clase dominante es el comunismo y la ideología es el marxismo recalentado una y otra vez en las febriles sienes de la ignorancia. Y como todos estamos experimentando en carne propia estas interpretaciones falaces e interesadas también asolan sociedades y se comportan como la peste contemporánea. De igual manera evaden responsabilidades, crean chivos expiatorios, mienten con descaro y no pueden parar el curso de los acontecimientos.

¿No es acaso el discurso oficial un esfuerzo sistemático para engañar a las clases subordinadas sobre la verdadera naturaleza del capitalismo? ¿No se encubren ellos, su incapacidad y corrupción detrás de la fábula de la guerra económica? ¿No pretenden criminalizar la actividad empresarial y militarizar el comercio y la industria? Precisamente están usando la ideología para enmascarar la realidad y esquivar el peso de las consecuencias de sus propios actos. La peste de hoy es la ignorancia de la realidad y la violencia ideológica con la que nos están violentando.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE
victormaldonadoc@gmail.com
@vjmc