Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
La propiedad privada y la igualdad. Gabriela Calderón B.

El debate hoy en día no es entre el liberalismo clásico, que busca una sociedad de individuos libres basada en la propiedad privada, y distintas formas de colectivismoradical —comunismo fascismo—, que buscan abolir la propiedad privada o reconocerla solo nominalmente. Ese debate expiró con la guerra fría, el de hoy es mucho más sofisticado. Ya casi nadie propone eliminar la propiedad privada porque es considerada esencial para la prosperidad, no obstante, muchos consideran inmorales los resultados de un sistema que, en gran medida, la reconozca. De ahí que se considera justo y necesario limitar la propiedad privada mediante medidas que redistribuyan el ingreso y, además, sus partidarios argumentan que esto no tendrá efectos negativos sobre la producción.

Detrás del impulso igualitario yace la noción de que el sistema basado en la propiedad privada —y la desigualdad de ingresos y oportunidades que naturalmente se derivan de este— es inherentemente inmoral. Esto lo podemos ver en varios de los escritos de John Stuart Mill, por ejemplo, quien aunque reconocía la utilidad de la propiedad privada, la consideraba inmoral, pero necesaria solo hasta que los hombres hayan adquirido cierto nivel de desarrollo intelectual. Esta defensa utilitaria de la libertad acarrea el peligro de que nos contentemos con ser súbditos de un buen déspota. Mill consideraba que gran parte de la fortuna de un individuo estaba determinada por su suerte y el lugar donde nació. Bajo esta concepción, poco espacio queda para la responsabilidad individual.

Pero, todavía los más moderados dicen: “no quiero igualar los ingresos, solo las oportunidades”. Por ejemplo, darles a todos igual acceso a la educación mediante un subsidio estatal. Pero incluso cuando se llega a estar cerca de lograr esa meta, todavía hay quienes dicen que el subsidio a la educación no termina de igualar las oportunidades porque hay niños que viven más lejos que otros de las mejores escuelas, otros que tienen padres más educados, etcétera. Al final del día, estamos hablando de las diferencias naturales evidentes en cualquier sociedad, no solo en las que tienen una economía libre, y que solo se podrían intentar de resolver (probablemente sin éxito) con mayores medidas redistributivas. En otras palabras, no hay diferencia de naturaleza entre los igualitaristas de ingresos y los de oportunidades. Ambos se refieren a que el Estado les dé recursos materiales a unos que primero les quitó a otros.

Para los liberales clásicos, en cambio, lo moral es que todo individuo tenga libertad para elegir lo que más cree que le conviene y eso empieza con una defensa plena, no selectiva, de la propiedad privada. Además de ser moral, este es el sistema que más prosperidad ha generado a lo largo de la historia. Es en esas sociedades donde cada persona tiene más soberanía para tomar decisiones acerca de la mayoría de los aspectos de su vida, donde los ciudadanos han llegado a gozar de más (aunque no iguales) oportunidades. Siempre habrá unos que tengan más oportunidades que otros, ya sea porque nacieron más guapos u otro tipo de suerte. No es posible diseñar un sistema que logre igualar las rentas o las oportunidades, y aún si lo fuera, requeriría de un Estado con tanto poder que poco espacio dejaría para el ejercicio de la libertad individual.

GABRIELA CALDERÓN BURGOS ― EL CATO

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 22 de marzo de 2013.