En el contexto de una globalización económica cambiante, los mercados petroleros y de gas globales, han estado enmarcados en un escenario de confrontaciones geopolíticas, producto de la manipulación políticamente interesada de los mercados de commodities energéticos, en función de pretensiones geoestratégicas y geoeconómicas de trascendencia mundial.
La gravitación de factores geopolíticos sobre los mercados de hidrocarburos globales no es nada nuevo, pues a través, de los últimos 100 años de historia de la humanidad se puede encontrar mucha evidencia histórica al respecto, podríamos mencionar algunos ejemplos; como el embargo petrolero de la OPEP en el año 1973, entre otros conflictos de esta índole, que han influenciado el mercado energético mundial en las últimas décadas.

En el escenario actual, nos encontramos, con el conflicto en Ucrania y su impacto en el mercado energético internacional, y europeo primordialmente, la confrontación geopolítica y geoeconómica liderada por China y los Estados Unidos; a escala global, como en el sudeste asiático; y la política de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), + Rusia, y otros productores no pertenecientes al cártel, de reducir la oferta petrolera en 2.000.0000 de barriles diarios. Una decisión determinada por las diferencias políticas entre el Reino Saudí, y la administración de Biden, por un lado, y por el por el otro, por la intervención rusa en su vecino del Mar Negro
fundamentalmente. Lo cual ha generado un alza considerable en el precio de la energía fósil, con sus consiguientes impactos económicos y sociales a nivel mundial.

Los conflictos antes mencionados llevan implícitamente como impulsor el tema de la seguridad nacional, pretensiones geopolíticas y geoeconómicas, por parte de cada uno de estos actores, según sea la perspectiva de donde se vea.

En el caso de los principales exportadores de energía fósil, como lo han sido el gigante euroasiático, y en una forma más moderada los grandes productores del cartel petrolero; los cuales han venido utilizando sus recursos energéticos a modo de palanca de presión, y chantaje en función de sus pretensiones geopolíticas y geoeconómicas. En contraposición a estos, están los países que evidentemente poseen una excesiva dependencia energética
internacional de los combustibles fósiles, la cual se ha traducido en una alta fragilidad socioeconómica para los mismos, (en el pasado, por ejemplo, Ucrania adquiría la totalidad de su consumo de gas natural de Rusia, de la
misma manera que la Unión Europea, aunque en menor grado), al igual que los Estados Unidos, y sus aliados asiáticos, que tienen diferentes grados vulnerabilidad económica, frente a sus necesidades energéticas provenientes
del exterior. Sin embargo, todas estas naciones sufren un alto nivel de sensibilidad, ante los incrementos significativos de los precios de los hidrocarburos, impulsados por conflictos de orden geopolíticos. En este sentido, el actual mix energético ha gestado unas relaciones geoestratégicas concretas, con un peso transcendental, de los suplidores netos de petróleo de la OPEP, liderados por Arabia Saudita, por un lado, y por el presidente ruso en
carácter de socio, y aliado estratégico por el otro.

Ante este escenario los cambios que se avecinan y que forjarán a mediano plazo una reconfiguración del mix energético global, planteamos las siguientes incógnitas ¿qué Estados pueden ganar influencia geopolítica? y ¿cuáles la podrían perder? y ¿si las alianzas vigentes en la actualidad lo seguirán siendo por mucho tiempo? Las respuestas a estas interrogantes estarán determinadas, por el uso de la geoeconomía, como un instrumento para alcanzar objetivos de dominación o de protección del propio bienestar de los países, involucrados en el complejo ajedrez de reestructuración, geoestratégica y geoeconómica del mercado hidrocarburos mundial.

En relación con la primera interrogante planteadas, podemos mencionar, brevemente a título ilustrativo, las iniciativas tomadas por los principales países de la Unión Europea, en buscar fuentes alternas de gas en naciones de África y el Oriente Medio principalmente, lo cual terminará estructurando un nuevo esquema de dependencia energética, más diversificado, para la UE, pero no exento en un 100% de los riesgos implícitos, que los nuevos abastecedores tienen en su entorno geopolítico. No obstante, ninguno de estos, tiene el perfil político-militar de un Estado como el ruso.

En lo que respecta a la segunda interrogante, valdría la pena mencionar la secuela postconflicto que tendrá para Rusia como uno de los primordiales productores de petróleo y gas a nivel global, de cara a la perdida de sus clientes europeos, y el redireccionamiento de sus exportaciones de sus commodities energéticos a China y la India, a precios de descuento, frente a la actual coyuntura. Sumado esto a la imposibilidad, que estos dos países, puedan compensar a corto y mediano plazo la pérdida del mercado europeo por parte de Kremlin, hace presagiar que la nación eurasiática saldrá debilitada de este conflicto, signado por la desconfianza en su carácter de suplidor seguro
de hidrocarburos, perdiendo así un transcendental activo de influencia geopolítica y geoeconómica ante el mundo occidental.

En lo concerniente a las diferencias entre el reino saudí y la administración Biden, por el caso de la muerte del periodista Jamal Khashoggi, será muy difícil sustituir a este país como uno de los principales suplidores de
energía a mediano plazo. Por ende, Arabia Saudita seguirá teniendo en principio, un rol relevante en la fijación de los precios de los hidrocarburos en los próximos años, a través de la OPEP. No obstante, perderá su prestigio de aliado incondicional y confiable de occidente y de los Estados Unidos especialmente.

En lo referente a la tercera interrogante, al margen de lo que pueda durar la coalición (OPEP) + Rusia y demás productores independientes, debemos tener claro que la misma no está cimentada en vínculos ideológicos, o religioso, ni mucho menos intereses geopolíticos similares, ni de alcance regional o globales, a pesar del acercamiento entre Arabia Saudita y el Kremlin, esta asociación ha estado determinada por el interés común de
mantener los precios de los hidrocarburos en altos niveles, con el fin de cada uno de estos país, logren alcanzar sus diferentes objetivos de tipo económico y estratégicos a corto periodo. Lo cual hace la mencionada alianza, dependiente más de situaciones fácticas coyunturales, que de metas comunes de índole geopolítica y geoeconómica a largo plazo.

Otro elemento para considerar es el referente a los costos financieros del proceso de reordenación de producción y suministros de energía fósil. Este tipo de reconfiguración de proveedores exige niveles de inversión muy elevados, en materia de infraestructuras, con sus consiguientes altos costes iniciales, lo que representará una mayor carga fiscal para los mismos países involucrados.

La competencia por el acceso a los recursos fósiles más seguros y diversificados, determinados por intereses geoestratégico y geoeconómicos; configurara un nuevo tablero energético global a mediano plazo, con sus consiguientes consecuencias económicas, financieras y geopolíticas para los países involucrados. Empero cuando los fundamentos del mercado establecidos por el libre juego de la oferta y la demanda; y la inversión, sustentada en la ventaja comparativas y competitiva en términos financieros y geográficos de las potenciales fuentes de energía fósil; se verán ampliamente afectados por los imperativos geopolíticos.

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Fuente: www.cedice.org.ve

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