Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La soga con la que te ahorcan

Doce años no han sido suficientes para que los venezolanos tengamos una versión unívoca sobre lo que aquí está pasando. Lo que la gente diga siempre dependerá de cómo le esté yendo.

Si está o no está haciendo real. Si tiene miedo de que le quiten algo o no. Si está pasando trabajo o no. Si ha tenido o no contacto con los que están sufriendo el rigor de prisión o el exilio. En todo caso, no hay acuerdos sino situaciones sentimentales, y mucho miedo a que el reconocimiento del talante comunista del régimen lo haga más oprobioso para la propia condición. Lo que hay son resabios de “mente positiva, trancado y transmutado” como si el gobierno fuera una pava que se puede conjurar. Mientras tanto el régimen en boca del propio presidente hace todo lo posible por aclarar que él es la cabeza de una revolución dirigida a implantar el socialismo, no solamente en los discursos, también en todos los documentos de Estado, que hacen lo indecible para delinear estratégicamente lo que entienden por socialismo del siglo XXI. El Plan Socialista Simón Bolivar, el Libro Rojo y las Líneas Estratégicas del PSUV, todos ellos coinciden en los términos de su claridad estratégica: Que estamos en transición al comunismo, y que “tienen el supremo compromiso y voluntad de lograr la mayor eficacia política y calidad revolucionaria en la construcción del socialismo y la refundación del Estado Venezolano”. No hay ley, reglamento o resolución que no comience así, y que no esté imbricada en el esfuerzo de seguir aguas arriba, superando cualquier resistencia, en la lógica de desmontar lo que hay para sustituirlo por la Patria Socialista.

Sin embargo, decenas de analistas, comentaristas, expertos y “comunistólogos” insisten en perdonarles la vida. Insisten en relativizar el proceso, argumentando que no son capaces, que lo que hay es un arrebato autoritario, que el comunismo no es esto. Todos esos argumentos son estrategias de la evasión y la negación, enunciados con nostalgia en los ojos, tal vez porque muchos sueños juveniles no pueden terminar encallando en esta pesadilla. Yo pienso lo contrario. Hay que hablar claro, y esto es todo lo que puede dar el socialismo castrista. Inflación, inseguridad, escasez, impunidad, y esa forma de resolver las cosas por la fuerza, pero invocando a cada paso el poder del pueblo, el pueblo empoderado, el pueblo legislador, el pueblo que aplaude el tumulto comunal, y el caos que solo favorece al grupo que está en el poder.

Algunos aducen que comunismo no es esto. Y que muchos de los que vociferan hoy, hacen negocios y matarían por lograr un encuentro de dos o tres minutos con algún jerarca del gobierno. Que hay empresas y empresarios que se dedican a eso, y a silenciar disciplinadamente a sus clientes. Y que mientras haya negocios, gestores y ganas de alinearse, pues no habrá comunismo. Pero esos “expertos” olvidan que ese no es el dato más concluyente. Todos los regímenes comunistas hacen negocios y tienen negociantes. Todos sin excepción se desploman por la corrupción. Que haya negocios para algunos no es un dato que exime. Que haya empresarios que sueñen con mayor acceso, o que medren enrollados al tronco del régimen, no es un dato que salva al régimen de su propio carácter. Al fin y al cabo, la cuerda de la soga puede ser parte de la transacción, sin importar si con ella luego te ahorcan. Pero ese no es el tema. La circunstancia es aun más tenebrosa y definitoria.

El comunismo es el intento arrogante de pensarlo todo y de hacerlo todo, pero unilateralmente. Es la amenaza constante de que hay otros que piensan mejor que el resto, y que lo hacen mejor que los demás. El comunismo es el intento de administrar la felicidad ajena como excusa que esconde una obsesión indetenible por el poder como una propiedad privada, con uso, disfrute y disposición patrimonialista. Por eso el comunismo se asienta en sociedades tradicionales, ansiosas de caudillos y prestas para la repartición de lo que no hay. Comunismo es corrupción y represión. Y ausencia de cálculo racional que es sustituido por la propaganda. Comunismo es control de precios y entrega de la casita número 102 mil, a pesar de no haberla construido. Comunismo es confiscación ilegal y ruina. Menos empresas y menos fincas privadas, pero más hambre y más dependencia. Menos economía moderna, pero más sector informal. Comunismo es repartir desde un camión un pote de aceite por persona. Y esa sensación de victoria cuando una persona o una empresa tiran por la borda su historia y su dignidad para agachar la cabeza. Comunismo es entrega de todos los derechos sin ni siquiera contar con los proyectos nacionales de los viejos dictadores. Es esto que tenemos, y que no queremos nombrar, aunque nos ahorquen.

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Noticiero Digital

Jueves, Diciembre 1, 2011