Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La sombra. Victor Maldonado

En la psicología psicoanalítica, la sombra es un arquetipo que tiene dos acepciones. La primera lo equivale al inconsciente. La segunda significa “todos aquellos rasgos y actitudes de la personalidad que no son reconocidos como propios”. Es lo que nos cuesta aceptar de nosotros mismos, y que necesariamente se proyecta como parte de ese inconsciente colectivo que no oculta sus efectos en el plano de los resultados.

No hay forma de ganarle la mano a la adversidad si no tenemos un conocimiento apropiado de nosotros mismos. Nunca podremos avanzar si no somos capaces de hacer un balance y comenzamos a resolver la peor parte de nuestro ser, esa que nos apena y nos achica. ¿Qué somos realmente? Somos el producto de la complejidad y del mestizaje. También somos el resultado de mitos originarios y fábulas que nos han encasillado en una imagen de nosotros mismos, frustrante, porque nos ha reducido a la nostalgia y a la paranoia. Somos nuestro propio relato en ritmo de bolero, con una capacidad casi infinita para escabullir la responsabilidad y presentar a algún otro como el causante de todas nuestras calamidades. Pero abundemos en ejemplos de dicotomías entre lo que creemos ser (casi en condición de pureza absoluta) y lo que realmente somos.

Por ejemplo, nosotros nos ufanamos de nuestra condición pacífica. Sin embargo sobran las evidencias del nivel de violencia con la que intentamos resolver los problemas. No me refiero solamente a los hechos de sangre y muerte que nos hacen ser el país más peligrosos del mundo. Entre ese extremo y la supuesta condición pacífica hay gradaciones en las que aparecen espectralmente diversas formas de cooptación autoritaria, extorsión y chantaje. Venezuela sigue siendo la tierra donde la razón la tiene el que tiene la fuerza, y no necesariamente al que le asiste la ley.
Lo mismo podemos decir de nuestra condición democrática y ese contraste terrible que significa la seducción por una cachucha militar, el caudillo y los personalismos. Hay algo atávico en cómo procesan los venezolanos el mensaje autoritario y cómo sueñan la venida mesiánica de un hombre fuerte que “esta vez sí va a componer todos estos desarreglos”. Los venezolanos no siguen proyectos de país pero les resulta muy fácil convertirse en las montoneras erotizadas del caudillo del momento.

La cordialidad es otro de los supuestos atributos. Sin embargo la mala calidad del servicio al cliente, la forma como el venezolano concibe y practica el trato con el otro que no forma parte del “estrecho círculo de los panas” son un indicio más que suficiente sobre la pertinencia de ese rasgo.

Nos cuesta tener un solo rasero con el que se mida la conducta de los demás. Una cosa son los amigos y esa franja difusa del compadrazgo (ahora los llaman camaradas) y otra muy diferente la severidad con la que apreciamos los que están fuera de esas silvestres relaciones mafiosas. “Para los otros ¡nada!, pero para nosotros cualquier cosa es posible”. O como lo solían decir todos los dictadores tropicales: “A los amigos todo, a los enemigos la ley”. A eso se le llama “particularismo” y nosotros somos extremistas en su práctica.

La solidaridad es otro de los mitos que hay que revisar. Ante un evento trágico hay momentos de intensa efusividad que son seguidos por inexplicables períodos de absoluta indiferencia. Allí están los presos políticos, y en general la suerte de la política, para demostrar cuánto dura el compromiso solidario.

Otra parte de nuestro inconsciente colectivo tiene que ver con el rentismo sinvergüenza. Se aprecia una predisposición muy marcada al saqueo del presupuesto público, a exigir lo que nos corresponde de la supuesta riqueza nacional, y a olvidarnos de la suerte de las generaciones futuras de continuar con el saqueo. “Lo público” no logramos entenderlo. Lo nuestro es “lo privado” y esa aproximación nos limita en la construcción de un país prospero, donde todos respeten la ley, donde la propiedad sea un derecho sagrado, y donde el individuo sea la esencia de la prosperidad. Aquí quien puede “secuestra y usufructa” aplicando esa lógica malandra de alcabala y “sablazo” que nos confisca espacios públicos, parques, aceras y monumentos.

La honestidad y la corrupción tienen el mismo bamboleo. El amiguismo nos hace corruptos y permisivos. La riqueza y su exhibición no encuentran en nosotros el momento para indagar sobre su origen. La norma es que si se puede disfrutar de los frutos de la corrupción, mejor no hacer preguntas. Pero a la vez podemos ser feroces críticos de la corrupción de los otros.

Nuestra sombra está llena de particularismos, permisividad y condescendencia con lo que somos y cómo nos comportamos. Somos expertos justificando, y poco dados a intentar un cambio, aunque éste luzca hoy imprescindible para salir de esto, nuestra sombra empoderada y hecha Gobierno. La forma de sanar es reconociendo que también somos eso y que tenemos que trabajar intensamente y sin descanso en la transformación que necesitamos. Suena duro pero solo en el marco de estos argumentos “Chávez somos todos”, porque él fue la representación colectiva de nuestra sombra.

VICTOR MALDONADO | NOTITARDE
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