Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La superación de la dictadura económica. Roberto Casanova

El socialismo ha creado también estados burocráticos, ineficientes y corruptos.

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¿Es o no dictadura? Los venezolanos vamos aprendiendo que una dictadura no es siempre el producto de la toma violenta del poder. Hemos visto cómo un gobierno electo se puede hacer progresivamente dictatorial. Estamos comprendiendo, además, que esta segunda modalidad resulta más perniciosa que la primera pues se presta a dudas diversas. Para muchos es evidente que la represión, la persecución y la prisión por razones políticas, unidas a la ausencia de separación de poderes y a la hegemonía comunicacional, definen al régimen como una dictadura. Otros, sin embargo, continúan hablando de un gobierno con cierto sesgo autoritario, pero legitimado periódicamente mediante elecciones. Mi argumento es que el régimen optó por el camino dictatorial hace varios años, al asumir al socialismo del siglo 21 como su programa político.

El socialismo es intrínsecamente dictatorial. El socialismo del siglo 21 es una nueva forma de comunismo. Lo dijo el propio Fidel hace algunos años. Y cualquiera que lea el “Plan de la Patria” podrá corroborarlo. Este socialismo asume la lucha de clases como premisa para interpretar la dinámica social e impulsar su transformación. Comparte, además, la idea de que la única forma de superar esa lucha es haciendo menguar la propiedad privada. En el “Libro Rojo” del PSUV, por ejemplo, en medio de retórica marxista se dice: “la propiedad privada de los medios de producción determina en cualquier sociedad las relaciones de trabajo, las relaciones humanas y todos los aspectos de la vida, negando los objetivos de una sociedad humanista, solidaria, socialista”. Por ello, el acoso a la supuesta clase propietaria es uno de los aspectos fundamentales del proyecto político revolucionario. También lo es el control integral del proceso económico. Tales pretensiones significan, desde luego, violar las libertades económicas y generar numerosas resistencias entre los afectados por las políticas socialistas. Es por ello que el socialismo tiene que ser una dictadura económica. Esto es algo que fue previsto por el pensamiento marxista, que abogaba por la “dictadura del proletariado” como fórmula para manejar la conflictiva transición hacia el comunismo. De hecho, en el citado Libro Rojo se habla de concentrar el poder “… como forma de superar la concepción liberal burguesa de la separación formal de poderes”.

La debacle del socialismo profundiza la dictadura. El socialismo, entendido como transición hacia el comunismo, destruye los incentivos para la inversión y el emprendimiento. Lo cual se ha traducido invariablemente en pobreza, escasez y racionamiento. El socialismo ha creado también Estados burocráticos, ineficientes y corruptos, cuyo sostenimiento ha resultado finalmente imposible. Varios regímenes socialistas, enfrentados a problemas fiscales insuperables, han acudido incluso al financiamiento mediante la creación de dinero, generando graves episodios inflacionarios. Tal cúmulo de problemas ha provocado el natural descontento social, enfrentado por las dictaduras socialistas mediante variadas estrategias represivas. Y ya no solo contra los supuestos burgueses explotadores del pueblo, sino contra el pueblo mismo. 

Un mercado competitivo es democracia económica. Frente al socialismo del siglo 21 no ha cobrado fuerza aún una visión alternativa. Muchos pensamos que, en realidad, solo una economía de mercado es compatible con la libertad de las personas y, por tanto, con el despliegue de su capacidad creadora y su espíritu de emprendimiento. Aclaro, sin embargo, que no toda economía de mercado logra eso. No lo hacen economías de mercado de tipo oligárquico (en las que el poder económico se concentra en pocos grupos sociales) o de tipo monopólico. Sí lo ha hecho la llamada economía social de mercado, caracterizada por la existencia de instituciones que no solo garantizan los derechos económicos y evitan la conducta depredadora, sino que promueven la competencia entre los agentes económicos. En una economía así una empresa solo alcanza el éxito si logra satisfacer las necesidades de los consumidores. La economía social de mercado es, pues, democracia económica. Su fin último es que el crecimiento de la productividad, resultado de una economía competitiva y pujante, nos beneficie a todos como consumidores, elevando nuestra calidad de vida. Y esa es una de las razones, para quien se lo pregunte, del uso del adjetivo “social” junto al término “mercado”.

ROBERTO CASANOVA | EL UNIVERSAL