Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
La tentación siempre presente. Víctor Maldonado

¡Esto es una tragedia! Se quejaba amargamente un buen amigo. Se refería al manoseo de nuestras escasas instituciones. A esa forma de liderazgos que se asumen ellos mismos como lo único importante y por lo tanto no tienen empacho en colocar como subalternos de sus ambiciones a toda la trama institucional de políticas, normas, procedimientos, tradiciones y rituales. Es efectivamente una desventura nacional que nosotros hayamos colocado al “vivo” en el altar más alto y visible de nuestra nacionalidad. Ésa es nuestra desgracia. Que el audaz le gane siempre a la decencia y a la moderación. Lo triste es que nuestra esencia caribe se haga presente así, en el ser montaraz que acecha detrás de cada ocasión para defraudar la confianza social, llevarse el santo y la limosna e invertir el mandato. Aquí en Venezuela es demasiado fácil pasar de mandatarios a dictadores y comenzar adulando a la masa para terminar confiscando todos sus derechos. Es una verdadera tragedia ver como estas conspiraciones contra el pudor celebran sus éxitos con el abrazo cómplice y el desprecio a los que intentaron advertir contra esa forma de ser impune que consiste en trácala y manejo del aparato. Lo verdaderamente lamentable es que en eso coinciden sentimientos y rituales tan disimiles como el final de un partido de baseball y la demolición de un esfuerzo institucional. Y como siempre, avergüenzan los que sabiéndolo en términos de causas y consecuencias asumen el silencio y la indiferencia como excusa para no hacer nada. El “vivo venezolano” sobrevive y se alimenta de la admiración y esa capacidad infinita que algunos tienen para “perdonarles la vida”, enmendar sus entuertos, dorarles la píldora y patrocinarles otra oportunidad.

El “vivo venezolano” hace cosas como convocar unas elecciones el 16 de diciembre, ordenar el receso escolar desde el 12 de diciembre y prolongar antes y después unas suculentas vacaciones para alentar la deserción electoral y desmotivar el voto independiente. Y eso lo hace mientras con todo el cinismo del mundo exige una renovación educativa que redoble los esfuerzos, y ponga el énfasis en que votar es un derecho y un deber sagrado. Dicen una cosa y hacen otra. Ese mismo “vivo venezolano” es capaz de organizar tramoyas similares donde lo formal es aparentemente respetado pero realmente violado. Es como cuando entregan una ley en la mañana para aprobarla en la tarde, evitando el análisis, la reflexión y la consulta. Ésas son las trampillas de los que tienen el poder y por eso creen que tienen también el derecho de atropellar al resto creyendo que son pendejos que por razones de velocidad y desmesura son incapaces de ver la jugada.

El “vivo venezolano” es esa sombra arquetipal que nos corrompe y nos condena a este destino que estamos viviendo. Chávez, el más “vivo de todos los vivos venezolanos” es el mejor ejemplo de esta trama que desgraciadamente se repite infinitamente en muchos otros personajes de nuestra historia bizarra. Se aprecia en el talante de esos boliburgueses que creen que “se la están comiendo”, pero también en el burócrata que se excita cada vez que logra hacer cerrar a una empresa. Se observa en esos dirigentes que terminan digiriendo sus organizaciones hasta transmutarlas en parte de su propio ser, dejándolas inválidas e inservibles. Todos ellos coinciden en que sus mejores recursos son la reelección perpetua, la interpretación constante de las normas, y el repudio por la diversidad y el pluralismo. Su lema es el “take over” y su forma de actuar es la montonera que se confabula. Se reúnen los que son similares y comienza la conjura. Y aunque no lo piensen y mucho menos lo crean, todos ellos rehacen infinitamente la trama perversa de Chávez, cada uno en su nicho, como si fueran mutuos espejos que reflejan y refuerzan la misma imagen hasta el infinito apreciable.

Por eso hay que desconfiar de los que prometen revolución. Todos esos revolucionarios, los de arriba y los de abajo, los de allá y los de acá son embaucadores de oficio. Todos ellos son unos “vivos venezolanos” que terminan conjugando el verbo confiscar entre risas y burlas dirigidas al resto que con sus silencios financian la peor de las barbaries, las de siempre, las de los Carujo que invocan la superioridad de un balazo, la de los mujiquita que tergiversan la ley para colocarla a los pies de las ambiciones del hombre fuerte, y la de los Tartufo que dicen y aparentan ser lo que no son, que manejan la hipocresía con maestría, y que terminan siempre siendo evasión y mirada perdida. Porque al final el “vivo venezolano” es un pobre pendejo condenado a ser desenmascarado tarde o temprano.