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La Teodicea. Emeterio Gómez

¿Qué hará Dios o qué será de la Noción de Dios si la vida desaparece de la Tierra…?

No tiene el amigo lector que preocuparse en lo más mínimo si no conoce esa palabra: Teodicea. No es obligatorio, ni se es inculto porque no se la sepa… ¡¡aunque algo ayude!! La acuñó -o, al menos la popularizó- Gottfried Leibniz filósofo y matemático alemán (inventor del cálculo infinitesimal) a principios del siglo XVIII, en una obra cuyo solo título nos da ya una idea del significado del vocablo: Ensayos de Teodicea sobre la Bondad de Dios, la Libertad del Hombre y el Origen del Mal.

Es una pregunta, poderosa y crucial, que no ha recibido una respuesta teológica adecuada a lo largo de siglos y milenios: ¿Cómo es posible la existencia del Mal si la Bondad de Dios es infinita? Una inquietud que sintetiza lo esencial de la idea de Teodicea. Una duda lacerante que se plantea dondequiera que aparece el Mal, sobre todo, obviamente, cuando éste es masivo. ¿Dónde estaba Dios cuando la barbarie nazifascista? ¿Dónde, cuando el Holocausto? O cuando Stalin, con una larguísima y brutal dictadura, impuso la inviabilidad radical del Comunismo en la Unión Soviética. ¿Dónde está Dios (que podría convertirse en un irrespetuoso ¿dónde se mete Dios? que nosotros, por supuesto no utilizaremos) cuando se plantea el problema aterrador de la pobreza y el profundo sufrimiento de millones y millones de seres humanos a lo largo y ancho del planeta?

Toda una serie de preguntas que aluden a los males terrenos; aterradores, pero de todas maneras limitados; inmensos, pero de todas formas, en alguna medida, manejables. Porque otra cosa, mucho más profunda e inimaginable; otra versión del Mal, absoluta en este caso, es preguntarse, por ejemplo, ¿Qué hará Dios o dónde se meterá Él, si la Humanidad continúa jugando a las armas nucleares y, en cualquier momento, vuelan el planeta y se acaba la vida de manera absoluta en la totalidad del Universo; y el Cosmos en su conjunto se convierte en un Desierto Hiperinfinito, deambulando eternamente en un vacío eterno? Con todo lo cual -con esa imagen trágica por delante- se nos aparece una pregunta que seguramente Leibniz no se hizo porque ni la Astrofísica ni las bombas atómicas existían en su época: ¿Qué hará Dios o qué será de la Noción de Dios si la vida desaparece de la Tierra; o -más sencilla y expeditamente- si la Tierra desaparece y no se encuentra vida en ninguna otra parte de la Hiperinfinitud del Cosmos? Y, de nuevo, sin el menor ánimo de ser irrespetuoso, pero consciente de lo vital que puede ser para nuestro desarrollo espiritual e intelectual el hacerse esas preguntas: ¿A qué dedicará su tiempo Dios en ese caso? ¿Cuánto de esa Hiperinfinitud del Cosmos alcanzará Él a atender? Y, sobre todo, ¿atenderla para qué, si estas Criaturas que somos los Hombres y las Mujeres, las amibas y los ciervos, ya no estaremos?

Una imagen estremecedora de lo Humano, lo Natural, lo Sagrado y lo Espiritual, que nos lleva de nuevo a la Noción de Dios. Porque frente a esa Versión Cósmica de la Teodicea, frente a esa Imagen Galáctica del Mal y del Sinsentido de todo -¡¡incluido Dios!!- ante una guerra nuclear masiva, (frente a un Universo carente de la más mínima forma de vida, desaparecida ya la Tierra), frente a esa dramática perspectiva, es entonces cuando cobran todo su sentido las nociones del Bien, la Justicia, la Fe, la Piedad y la Solidaridad. Porque mientras no se haya producido el Estallido Nuclear Final, tenemos la maravillosa posibilidad de Crear e Imponernos esos valores en nuestro Espíritu. ¡¡Y eso es, de nuevo la Noción de Dios, la certeza de que podemos Crear e imponerle a nuestras Almas la Noción del Bien!!

EMETERIO GÓMEZ ― EL UNIVERSAL
gomezemeterio@gmail.com