Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
La vecindad del Chavo

Cualquiera se pregunta por qué alguien se burla, madrea un auditorio de treinta presidentes, varios de ellos -Rousseff, Mujica, Castro- de historia personal trascendente.

Un espíritu infantil -“un espíritu calzado al revés” diría Moliere-, lo hace por razones archiconocidas, al tiempo sicológicas y políticas: dejar clarísimo que nadie merece respeto, no hay jerarquías, “sobre mi caballo yo y sobre yo mi sombrero” decía Cantaclaro. “Yo me codeo y le sacudo la grupa al caballo que me da la gana”.

En la escuela del Chavo del Ocho, el profesor Jirafales repartía burlonas enseñanzas a sus pupilos en los pupitres durante las tres horas de gloria, amarrados sin escapatoria para que el descomedimiento llanero no se frustrara como en otras ocasiones (el beso no correspondido a la reina Sofía, la ruptura del protocolo para entregar un libro en castellano e ideológicamente zarrapastroso a Obama, el inmortal “por qué no callas” cuando neceaba a Juan Carlos).

Sueña en secreto tutear en un abrazo estridente al hermanazo Benedicto XVI, para explicarle que “Cristo fue el primer comunista”, filosofía oficial del Parateduroen la calle Arismendi, Barinas. En esas horas de la Celac el público global miraba la pantalla, con el mismo asombro del policía que pide al sospechoso Groucho Marx vaciarse los bolsillos, y ve sacar de ellos un perro vivo, dos prótesis de piernas, una hielera, una caja de música, un trineo, un felpudo.

Espectáculo inolvidable en el que fin y medio coincidían. La única razón para esa insólita performance era el momento mismo de placer, -meticulosamente preparado- para que el convocante demostrara al mundo (y a sus seguidores locales) que él podía traerse a Raúl Castro de los libros de historia para decirle viejo, coquetear con Cristina, bajar de su generalato a Rousseff y chalequear a Lobo. Moliere definía el teatro como “una manera de hacer reír a gente honrada”.

Por millones de veces menos que el papelote de Calderón, María Félix, la patrona de los meros machos, le espetó un sonante ¡menso! a Cuauhtémoc Cárdenas. ¡Ojalá desde la cuarta dimensión lo hayan visto Jorge Negrete, Luis Aguilar, Pedro Infante, Doña Lola Beltrán y sobre todo, los electores mexicanos. Regresa Calderón después de proteger el futuro de Monaca y de paso, tal vez también el suyo.

(En la cuarta dimensión, los presidentes Betancourt, Carlos Andrés Pérez y Pepe Figueres, especie extinta cuya política exterior no consistía estrictamente en proteger empresas, se levantaron para retirarse en actitud de ¡trágame tierra! preocupados porque el gag lo estaban viendo los ciudadanos que los eligieron).

Umberto Eco concluye en una sencilla pero poderosa definición. Hay tragedia cuando una gran figura contraviene lo establecido, desde Edipo hasta Hitler. Es comedia (slapstick) cuando lo hace un personaje menor. Charlot en Luces de la Ciudad observa conmovido una muchacha ciega que sorbe de un bebedero, hasta que ella se voltea y le arroja un vaso de agua directamente a la cara. En Noche de Ópera, los hermanos Marx mezclan entre las partituras de la orquesta sinfónica, páginas de jazz en pleno concierto.

¡Imagine lo que hubiera sido ver volar por la sala, trazando en el aire un arco perfecto, una torta de crema que se estrellara en el rostro del disertante! ¡Qué hubiera pasado en CNN, cuáles habrían sido los comentarios de Patricia Janiot y Claudia Palacios! Ya vimos cómo Bush eludió en su momento la colisión con un zapato gracias a un preciso movimiento de cadera. El cine mudo nos proveyó de varios sustitutos de la torta de crema: la concha de plátano, el papel que se pega del zapato, los tomates, el tobo de agua en los pantalones, el tic de Charlot en Tiempos Modernos. Pero nada como la extraordinaria torta en un burlesque.

En los slapstick no hay jerarquías, como quieren los revolucionarios (les gusta una sola e inapelable: la suya. De resto todo plano). Banqueros y mendigos se resbalan igual y hacen el ridículo. Por algo los surrealistas estimaban a Chaplin, los Marx, Harold Lloyd, Harry Langdon y Mack Sennett, por sobre los “artistas serios” Murnau, Lang y Eisenstein. Beckett hizo una película con Keaton.

Keaton precisamente daba la fórmula para el perfecto proyectil. “Si la persona a la que está dirigido es blanca debe añadirse a la crema y la harina una docena de fresas o moras. Si es morena, se sustituye la compota de fresas por clara de huevo batida a punto de nieve con limón”. Estas son las armas para el Magnicidio del Siglo XXI.

@carlosraulher

El Universal

Sábado, 10 de diciembre de 2011