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La victoria de la oposición

En esta atmósfera viciada, los resultados obtenidos por la oposición lucen asombrosos

Escribo este artículo antes de conocer los resultados de las elecciones. La jornada transcurre en paz, aunque las captahuellas hicieron su trabajo: convirtieron el acto de votación en una tortura. Automatizar para retrasar, pareciera ser la consigna.

Cualquiera haya sido el resultado para la oposición y su candidato, Manuel Rosales, hay que destacar la conmovedora victoria obtenida. La lucha fue épica en el enfrentamiento con un Gobierno autoritario y todopoderoso que utilizó, sin escrúpulos, el enorme poder y riqueza petrolera y el control ilimitado de casi todas las instituciones del Estado y los organismos de la Administración Pública, para clientelizar, amenazar y chantajear a un extenso sector del electorado, empezando por quienes trabajan al servicio del Estado. Los funcionarios, lista en mano, fueron obligados a uniformarse de rojo y asistir a los actos públicos del candidato-presidente. El erario público, las oficinas gubernamentales, las instituciones del Estado, las estaciones de televisión, las emisoras de radio y los periódicos del Gobierno, se alinearon para adelantar una campaña en la que no hubo equidad entre el candidato del régimen y el aspirante de la alternativa democrática. El Presidente de la República aspiró a ser reelecto sin que la Asamblea Nacional, el Poder Electoral o el Poder Moral, dictaran un reglamento que estableciera los límites de la actuación del jefe del Estado. El ventajismo fue obsceno en la fase previa a la consulta. Por eso, a pesar de haber sido unos comicios vigilados por observadores nacionales e internacionales y auditados, la cita se realizó en un ambiente en el que predominó un marcado desequilibrio a favor del primer mandatario, sin que ninguna institución pública se opusiera a esos abusos.

En esta atmósfera viciada, los resultados obtenidos por la oposición lucen asombrosos. A mediados de 2006 estaba desmovilizada. El fracaso en el revocatorio, la actitud errática de sus líderes y la incapacidad para aprovechar la abstención del 4-D de 2005 (elecciones para la Asamblea Nacional), sembraron el escepticismo entre la mayor parte de los ciudadanos que habían marchado, firmado y expresado de distintas formas su descontento con el Gobierno. En pocos meses este estado de ánimo, en el que se combinaron la rabia con la resignación, se modificó.

La misma gente que expresaba su desconfianza en el proceso comicial o creía que no era posible alterar el cuadro político a través del voto, salió a las calles a manifestar con entusiasmo y a prepararse para llegar a la convocatoria del 3-D en las mejores condiciones posibles.

Manuel Rosales, que al comienzo parecía un invitado de ocasión, se convirtió, gracias al apoyo de los ciudadanos y a su propia reciedumbre, en una alternativa real de poder.

Las elecciones modificaron el mapa político. Durante más de año y medio Hugo Chávez copó la escena, sin que apareciese en el horizonte ninguna opción atractiva. Ahora el cuadro varió. La oposición emergió con ímpetu a reclamar su espacio.

Nueva Asamblea

De ser reelecto, lo mínimo que el Presidente debería hacer es convocar elecciones para elegir una nueva Asamblea Nacional. En el caso de que sea Manuel Rosales el vencedor, esta exigencia será inaplazable. A partir de ella, además, habrá que renovar el resto de los poderes.

Además del plano político, el proyecto chavista saldrá derrotado en el plano en la dimensión ideológica y cultural. El despertar de esos grupos sociales que se sacudieron el marasmo y la desidia para manifestar su respaldo a la fórmula presentada por la opción democrática, demuestra que un amplio sector de la nación está en desacuerdo conque en Venezuela se imponga el socialismo, un régimen económico y social fracasado en todo el planeta. Salieron seriamente averiadas las ideas anticapitalistas y antiglobalizadoras. Lo mismo ocurrió con los planes que atacan la propiedad privada y la libre iniciativa. El desarrollo endógeno, el trueque y todas las demás antiguallas que proclama el primer mandatario, tampoco fueron aplaudidas por una franja extensa del electorado.

La campaña electoral deja las bases para construir una fuerza organizada. La democracia demanda nuevas agrupaciones que reúnan a sectores con distintos intereses particulares, pero con un propósito común: asegurar la vigencia de las libertades, el desarrollo económico y la equidad social. La materialización de esas organizaciones permitirá preservar el triunfo, si se obtiene; e impedirá que la frustración se adueñe de nuevo de los ciudadanos, si se pierde.

cedice@cedice.org.ve

Publicado Diario El Universal 03/12/06