Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Las mentiras. Victor Maldonado

La mentira es una huida hacia la nada. El que lo hace sistemáticamente vive en la angustia de ser alguna vez descubierto o de tener que utilizar dosis crecientes de violencia para doblegar a cualquiera que se atreva a señalar que la realidad no es tal cual la cuenta el mentiroso sino todo lo contrario. Pero las consecuencias resultantes son más dramáticas cuando la mentira se convierte en una práctica deliberada y sistemática y pretende servir de sustento a un régimen de dominación.Una revolución es la exacerbación de la propaganda política -una forma muy decente de llamar a la mentira con propósito- y los socialismos reales, que se ufanan de ser revoluciones verdaderas, todos terminan encallados en su propia trampa, que tiene varias versiones. La primera, que justifica las penurias del presente porque son la base de un futuro esplendoroso. La segunda, que simplemente niega el presente y lo sustituye por lo que pueda lograr una hegemonía comunicacional que se afana en contar cuentos, negar aquello que ocurre, aplicar la censura, reprimir las protestas, y significar políticamente -de la manera más perversa- aquello que está aconteciendo. De cualquier forma la mentira, la propaganda, la negación y la violencia son los caballos endemoniados que arrastran la fatal cuadriga sobre la que está montado el fracaso de estos regímenes que mezclan el autoritarismo militar, el populismo caudillista y la ideología radical marxista.

Este régimen ha acumulado mentiras fatales y mentirosos egregios. Todo comenzó cuando a un oscuro comandante del ejército se le ocurrió decir que “se habían perdido cuarenta años y que por lo tanto había que refundar la república”. Ya sabemos qué ocurrió. La gente estaba presta a un cambio, y se encontraron de frente con un demagogo, con su propio descontento sazonado con una ignorancia monumental, y con un aparato de propaganda que aprovechó la debilidad colectiva y la audacia de un oficial al que le costó siempre encontrar límites a su propia ambición. Ese personaje, por cierto, se vanagloriaba públicamente de las mentiras que inventaba. Desde frases falsas atribuidas al Libertador hasta episodios de su trayectoria como gobernante que poco a poco iba encuadrando a su conveniencia. Su práctica de la mentira lo hizo sentir cómodo con sus propias versiones, incluso en la fase más dramática de su condición terminal, cuando gritaba a todo gañote que estaba curado, mientras hacía boxeo de sombras frente a las cámaras de televisión. No hablemos de cómo se trató su agonía y de la creatividad con la que se inventaron apariciones, traslados, lecturas de periódicos, tardes de sosiego con los familiares cercanos, y largas sesiones de gabinetes ejecutivos. Al final cayó víctima de esos enredos, y no puedo imaginar otra cosa que una agonía solitaria, desvalida y patética.

Una buena mentira necesita “pruebas”, “culpables”, “actores” y “argumentos”. Un buen ejemplo es la telenovela llamada “guerra económica”. En esta telenovela se parte de un momento culminante: a escasas semanas de unas elecciones la inflación amenaza con acabar precozmente la suerte electoral del gobierno. Y éste, en una medida desesperada, decide rematar los inventarios del país, sabiendo que con eso condenaba a muerte las escasas posibilidades de la economía socialista. Para salirle al paso organizaron una trama en la que “descubrieron”, a través de sucesivas operaciones militares, una conjura que consistía en subir los precios y esconder los productos para desestabilizar al gobierno. La prueba era la cadena de televisión, donde un militar mostraba a la audiencia las supuestas evidencias, mientras al otro lado de la señal el presidente imprecaba, amenazaba y condenaba a los supuestos culpables. Llevamos diez meses de repetición machacona de la misma trama, una mentira contumaz, que sin embargo ha tenido los efectos que se anticiparon: el comercio está en el suelo, la producción está abatida, la escasez ha remontado, y la inflación colecciona dígitos. La realidad ha contradicho recalcitrantemente la mentira, pero el régimen ahora está entrampado en la imposibilidad de retractarse porque cualquier rectificación significa automáticamente el reconocimiento de su impericia y del fracaso contundente de una ideología, un modelo económico, un gabinete ejecutivo, y un legado vendido a todos como dogma imbatible.

Otras mentiras son procedimentales. El diálogo, en cualquiera de sus versiones, fue un fraude. Un encuentro con intercambio de refutaciones, carece de la entidad y productividad del reconocimiento con predisposición para construir consensos. Eso nunca estuvo planteado, y en esas ocasiones el autoengaño se mezcló con el descaro. Ya sabemos los resultados. El discurso de “la guerra económica” continúa y los supuestos culpables a veces son vistos como cómplices. Porque la mentira solo se combate desde principios innegociables, sentido de realidad, racionalidad y la humildad suficiente para evitar el “síndrome del pescuezo ardido”, esas ganas de ser los nuevos libertadores aun a costa de traicionar lo más elemental: la dignidad y el esplendor de la verdad, aunque mal pague.

VICTOR MALDONADO | NOTITARDE
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