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“L’Ètat c’est moi”

12/01/10

Todas las tiranías comenzaron con la concentración de los poderes en un solo hombre

Por: José Toro Hardy

En días anteriores tuve la oportunidad de escuchar los planteamientos de la Dra. Luisa Estela Morales -presidenta del Tribunal Supremo de Justicia- refiriéndose al “nuevo constitucionalismo”. Conforme a esta novísima teoría se debe echar por tierra la clásica división rígida de los poderes: “No podemos seguir pensando en una división de poderes porque eso es un principio que debilita al Estado”. ¡Brillante!

Me viene a la mente Jean Bodin -filósofo francés nacido en 1529- quien en su obra “Los Seis Libros de la República” explicaba que la soberanía es un poder absoluto y perpetuo ejercido por un hombre que tiene la facultad de dictar y derogar leyes, así como de decidirlo todo. Fiel a esos conceptos, Luis XIV -el Rey Sol, nacido en 1638- afirmaba: “L’Ètat c’est moi” (el Estado soy yo).

Por lo visto el “nuevo constitucionalismo” consiste en desaplicar los avances del pensamiento político de la humanidad de los últimos cuatro siglos. Permítanme hacer un brevísimo recuento de algunos de esos avances:

Comenzaré por John Locke, inglés nacido en 1632, quien, opuesto al absolutismo, planteaba que la soberanía emanaba del pueblo y que se debía limitar el papel del Estado mediante dos recursos: la separación de los poderes públicos y el refuerzo de los derechos individuales.

Montesquieu, en 1735, lo explicaba claramente en su obra “Del Espíritu de las Leyes”:

“Es una experiencia eterna, que todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él, yendo hasta donde encuentre límites Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la naturaleza de las cosas, el poder frene el poder” (le pouvoir arrête le pouvoir).

De allí surge el concepto de la separación y equilibrio de los poderes. Aclara sin embargo la jurista que se debe “echar por tierra” la separación de los poderes para “desarrollar los intereses colectivos por encima de los privilegios individualistas”.

Alega pues razones desde su punto de vista virtuosas. Pero el propio Montesquieu le responde en Del Espíritu de las Leyes: “¡quién lo diría! La misma virtud necesita límites”. Y además afirmaba:

“Cuando el poder legislativo está unido al poder ejecutivo no hay libertad porque se puede temer que se promulguen leyes tiránicas para hacer- las cumplir tiránicamente. Tampoco hay libertad si el poder judicial no está separado del legislativo y del ejecutivo. Todo estaría perdido si el mismo hombre, el mismo cuerpo de personas principales, ejerciera los tres poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los delitos o las diferencias entre particulares”.

No se puede obviar la mención a James Madison (1751-1836), padre de la Constitución de Estados Unidos, quien al igual que los más ilustres defensores de la libertad, advertía:

“La acumulación de todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, en las mismas manos puede considerarse con toda exactitud, como la definición misma de la tiranía”.

No son simples teorías. La historia ha comprobado que todas las tiranías siempre comenzaron con la concentración de los poderes en un solo hombre. Ese fue el caso de Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Fidel, Kim Jong II, Idi Amin, Mugabe… La lista es muy larga. De hecho, al igual que Luis XIV, ellos mismos fueron el Estado. Sin excepción, todos promovieron el culto a su propia personalidad.

Por lo demás, quiero advertirle a la magistrada que en su afán por “reinterpretar la teoría general del Estado”, ella adversa una separación de los poderes que formó parte de los logros trascendentales de la Revolución Francesa resumidos en la Declaración de los Derechos del Hombre y de los Ciudadanos aprobada el 26 de agosto de 1789, cuyo artículo 16 establecía:

“Toda sociedad en la cual no estén garantizados los derechos, ni garantizada la separación de poderes, carece de Constitución”.

También le recuerdo el contenido del artículo 3 de la Carta Democrática Interamericana ratificada por Venezuela, el cual reza:

“Son elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho y la separación e independencia de los poderes públicos”.

La propuesta de “echar por tierra” la división de los poderes públicos planteada por el “nuevo constitucionalismo” no haría otra cosa que lanzar a Venezuela hacia el precipicio del viejo absolutismo.

josetoroh@gmail.com

El Universal