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Leyendo a Piketty: la primera ley fundamental del capitalismo. Juan Ramón Rallo

Capital en el siglo XXI, de Thomas de Piketty, se ha convertido en uno de los libros de economía más leídos y comentados de los últimos años. The Economist ha llegado a denominar al economista francés el “Carlos Marx del s. XXI” y Paul Krugman ha calificado la obra como la más importante de la última década. A ojos de muchos, Piketty se ha convertido en el gran refundador de la izquierda, por cuanto reelabora con aparente rigor teórico e histórico la polémica en torno al valor central del pensamiento izquierdista: la igualdad. No en vano, Capital en el siglo XXI es una crítica a las tendencias supuestamente desigualitarias de un sistema, el capitalista, en el que el capital se acumula de manera cuasi-automática y, en consecuencia, va copando porciones crecientes del conjunto de la economía.

Dada la trascendencia del libro en muy diversos órdenes —el mediático, el académico y el ideológico— conviene dedicarle una serie de artículos en el que se analicen críticamente los principales capítulos de la obra, de modo que puedan ponerse de relieve tanto sus errores como sus aciertos. A partir de la presente semana, pues, iré publicando una recensión de los capítulos más relevantes, de modo que el lector pueda lanzarse a leer a Piketty con la visión complementaria de un economista que, hallándose en sus antípodas ideológicas, valora positivamente una parte de la obra y rechaza frontalmente la otra.

Hoy comenzaremos con el primer capítulo, dedicado a proporcionar algunas de las definiciones y relaciones que constituirán la base del resto del libro: más específicamente, las definiciones y relaciones entre renta y capital.

La definición de renta y capital

No tengo ninguna intención de disputar las definiciones que nos proporciona Piketty para la renta y el capital. No sólo porque las definiciones son definiciones y no hay mucho que criticar sobre ellas, sino porque, además, en este caso coinciden grosso modo con las que yo manejaría.

Por un lado, Piketty define “renta” como “renta nacional neta”, a saber, el PIB (que mide el valor de mercado de todos los bienes y servicios producidos en el interior de una economía durante un año) deduciendo la depreciación del capital (aquella porción de la producción anual que se destina a reponer el equipo productivo) y añadiendo la renta neta percibida desde el extranjero (o restándola, si el saldo neto nacional es negativo con respecto al extranjero):

RNN = PIB – depreciación + renta neta extranjera

Por otro, Piketty define capital (al que también denominará “riqueza nacional”) como “el valor total de mercado de todas las propiedades de los ciudadanos residentes y de los gobiernos en un momento dado del tiempo, bajo la condición de que esas propiedades puedan comprarse o venderse en un mercado secundario”. La definición de capital de Piketty excluye el llamado capital humano y los bienes de consumo duradero a excepción de la vivienda (omisiones que no me agradan y cuyas implicaciones comentaremos en otro momento) e incluye todo lo demás: a saber, el valor de mercado neto (deduciendo las deudas) de los activos no financieros (como la tierra, los inventarios de mercancías, la maquinaria, las infraestructuras o las patentes) y de los financieros (cuentas bancarias, fondos de pensiones, acciones, bonos, etc.) en propiedad de los hogares y de los gobiernos.

La ratio capital/renta

Una de las relaciones básicas de toda la obra de Piketty es la relación entre capital y renta, a la que denomina por simplicidad β. La ratio, en realidad, no mide demasiado, ya que la renta es un flujo (la producción anual) mientras que el capital es un stock (valor de los activos no financieros y financiados acumulados). En ese sentido, la ratio nos informa de cuántas veces el valor de mercado de los activos es superior al valor de mercado de la producción anual: por ejemplo, si la ratio es del 600%, significa que el valor de mercado de toda la riqueza acumulada equivale a seis años de producción anual.

Dado que Piketty se ha encargado de popularizar esta ratio y a Piketty se le asocia con la crítica a la desigualdad, en algunos foros se confunde esta ratio como una medición de la desigualdad: si el capital de una sociedad equivale a muchos años de su producción anual tiende a concluirse rápidamente que esa sociedad es muy desigualitaria. En este sentido, Piketty es taxativo: “La ratio capital/renta de un país no nos dice nada sobre las desigualdades en ese país: simplemente mide la importancia del capital dentro de esa sociedad”. Por consiguiente, estamos ante una ratio únicamente informativa de la relación capital-renta.

A este respecto, Piketty nos ofrece unas cifras ilustrativas para ubicarnos en el mundo actual: como media, cada ciudadano de un país occidental percibió en 2010 una renta de aproximadamente 30.000 euros anuales y contaba con un capital de 180.000 euros (de los cuales 90.000 euros estaban materializados en viviendas y otros 90.000 en inversiones financieras), de modo que β era igual al 600%. Así que ya sabe: si su renta per cápita anual es inferior a 30.000 euros anuales, percibe un ingreso inferior a la media de los países ricos; pero si, aun percibiendo una renta per cápita inferior a 30.000 euros, posee unas propiedades libres de cargas con un valor de mercado superior a seis veces su renta (por ejemplo, una viuda española con una pensión de 15.000 euros anuales y un piso en propiedad de 150.000 euros), entonces controla más capital del que, como media, le correspondería atendiendo a los estándares de los países ricos.

De hecho, conviene remarcar este último punto: de los países ricos. Según los datos que aporta Piketty, la renta per cápita mundial es de 10.100 euros anuales y el capital per cápita mundial es de 44.400 euros, por lo que si usted cobra más de 10.000 euros al mes o tiene propiedades libres de cargas valoradas en más de 45.000 euros, sepa que está contribuyendo a la desigualdad mundial y que, según el discurso redistribucionista extremo (que no es el de Piketty, conviene aclarar), debería serle expropiado todo cuanto exceda de esos valores medios para entregárselos a quienes dispongan de menos: verbigracia, un asiático medio tiene una renta per cápita de 7.000 euros anuales y unas propiedades de 30.000 euros, mientras que un africano medio tiene una renta per cápita de 2.600 euros anuales y unas propiedades de 10.400 euros. En términos globales, pues, usted, o sus padres, o sus abuelos probablemente sean unos ricos privilegiados de esos que, según cierto discurso político, acaparan avariciosamente renta y propiedades mientras miles de millones de seres humanos poseen mucho menos que usted: si le preocupa la desigualdad dentro de su país por cuanto usted se halla en el estrato bajo de la distribución nacional de la renta y de la riqueza, piense que tal vez se halle en el estrato medio-alto de la distribución mundial de la renta y de la riqueza.

La primera ley fundamental del capitalismo

Con todo, la parte esencial del capítulo uno son las cuatro páginas en las que Piketty describe lo que él ha denominado “la primera ley fundamental del capitalismo”. A la postre, si Piketty desea estudiar la desigualdad y la ratio capital/renta no guarda ninguna relación per se con la desigualdad, ¿cuál es el propósito de concederle relevancia alguna? Pues que constituye, a través de la primera ley fundamental del capitalismo, el punto de partida esencial para estudiar las desigualdades.

La primera ley fundamental del capitalismo simplemente dice que la participación de las rentas del capital en la renta total (es decir, la porción de la producción anual que va a parar a los capitalistas y no a los trabajadores) es igual a la ratio capital/renta multiplicado por la tasa de retorno de capital. O matemáticamente: α = β · r , donde α es la participación de las rentas del capital en la renta total, β la ratio capital/renta y r la tasa de retorno del capital. Por ejemplo, si la tasa de retorno del capital es el 5% y la ratio capital/renta es del 600%, la rentas del capital se “apropiarán” del 30% de la renta total.

En realidad, más que de una “ley” estamos ante una identidad que el propio Piketty reconoce como “tautológica”. Al cabo, si definimos α = rentas del capital / renta total, β = capital / renta total y r = rentas del capital / capital , es evidente que:

renta capital

La conclusión a la que Piketty nos querrá conducir más adelante ya puede intuirse claramente con estas sencillas relaciones. Si la tasa de retorno del capital se mantiene estable en el tiempo (por ejemplo, en el 5%) y la ratio capital/renta va en aumento (por ejemplo, del 600% actual al 1200%), entonces el porcentaje de la renta total del que se apropiarán los capitalistas seguirá creciendo (en el ejemplo anterior, del 30% al 60%), dejando una menor porción de la renta total para los trabajadores. Cuanto más ahorre e invierta un capitalistam más rico se volverá en el futuro: el capital crea capital y los desposeídos quedan, al final, excluidos del reparto de la tarta.

Claro que, aisladamente, la “primera ley fundamental del capitalismo” no conduce necesariamente hacia esa conclusión desigualitaria: si, por ejemplo, la ratio capital/renta se eleva hasta el 10.000% pero la tasa de retorno cayera al 0,25%, el porcentaje de la renta total que va a parar a los capitalistas bajaría al 25%. O, en el extremo, si la tasa de retorno cayera al 0%, la ratio capital/renta podría irse hasta el infinito sin que los capitalistas se quedaran con un ápice de la renta total. Por eso, Piketty complementará más adelante esta “primera ley fundamental del capitalismo” con una segunda ley.

Un error mucho más fundamental que la ley

Aunque, en principio, las definiciones que ofrece Piketty no son controvertidas y la “primera ley fundamental del capitalismo” es, en realidad, una tautología, en el primer capítulo de Piketty ya aparece un error esencial que vicia todo su análisis ulterior y que, sorprendentemente, muy pocos se han dedicado a resaltar.

Como hemos visto, la “primera ley fundamental del capitalismo” incorpora el concepto de tasa de retorno del capital: el problema es que Piketty ofrece dos definiciones distintas de tasa de retorno del capital. Así, en la introducción, Piketty define tasa de retorno del capital como “la tasa de retorno media anual del capital, donde se incluyen los beneficios, los dividendos, los intereses, las rentas y otras rentas del capital expresadas como porcentaje sobre el valor total del capital”. En cambio, en el capítulo 1 Piketty la define como “el retorno sobre el capital a lo largo de un año con independencia de la forma legal que adopte (beneficios, rentas, dividendos, intereses, royalties, plusvalías…)”.

Aunque puedan parecer definiciones asimilables, no lo son debido a una diferencia esencial: una definición incluye las plusvalías sobre el capital y la otra no (o, al menos, no la incorpora explícitamente). Y, en tal caso, no pueden tratarse de definiciones coincidentes. Por ejemplo, si una vivienda tiene un valor de mercado a comienzos de año de 100.000 euros, proporciona una renta por alquiler de 10.000 euros y aumenta de precio hasta 120.000 euros a finales de año, diremos que su tasa de retorno es del 10% en caso de que no incluyamos las plusvalías y del 30% si las incluimos. En principio, ambas definiciones pueden ser válidas según cual sea nuestro propósito analítico, pero sí debe quedar claro que no son idénticas. En todo caso, aunque Piketty ofrece ambas definiciones, utiliza consistentemente a lo largo del libro la segunda: la que incluye las plusvalías del capital.

Pero eso no solventa el problema de fondo sino que lo agrava: las plusvalías del capital no forman parte de la renta nacional bajo ninguna definición comúnmente aceptada de renta nacional. La razón es simple: que los activos de un país tengan un mayor valor de mercado no significa que hayamos producido más bienes o servicios en el interior de la economía (bienes y servicios a distribuir entre los distintos individuos de esa economía); es decir, que las viviendas se revaloricen no significa ni que la producción haya aumentado ni que los dueños de viviendas estén apropiándose de una mayor cantidad de los bienes y servicios que sí se producen (los dueños de viviendas sólo se apropiarían sistemáticamente de una mayor cantidad sólo si los alquileres aumentaran).

Así pues, en la medida en que las plusvalías del capital no integran la Renta Nacional Neta (tampoco el mucho más común PIB), la “primera ley fundamental del capitalismo” deja de ser cierta en tanto en cuanto Piketty incluye las plusvalías del capital dentro su definición de tasa de retorno: es decir, α ≠ β · r  (salvo cuando el valor de las plusvalías es igual a cero), porque:

rentas capital 2

El error es harto relevante, ya que las burbujas de activos elevarán tanto la ratio capital/renta como la tasa de retorno sobre el capital, sobredimensionando artificialmente el porcentaje de la renta nacional que va a parar a los capitalistas. Por ejemplo, supongamos una economía con una renta total de un millón de euros (el valor de mercado de los bienes y servicios producidos), de la cual el 90% va a parar a los trabajadores (900.000 euros) y el 10% (100.000 euros) a los capitalistas; si el valor del capital es de cinco millones de euros, la ratio capital/renta será del 500% y la tasa de retorno del capital del 2%. Imaginemos ahora que, a lo largo del año, el precio del stock de capital aumenta un 10% y la distribución de la renta entre capitalistas y trabajadores no cambia (900.000 euros para trabajadores y 100.000 euros para capitalista): en tal caso, la tasa de retorno del capital à la Piketty (rentas del capital + plusvalías) pasará a ser del 12%. Si en ese contexto aplicamos la “primera ley fundamental del capitalismo” llegaremos a la conclusión de que los capitalistas se habrán apropiado del 60% de la renta de esa economía (12% multiplicado por 500%), cuando en realidad éstos seguirán obteniendo sólo el 10% del total.

Teniendo en cuenta el muy sustancial —y en una parte burbujístico— aumento del precio de los activos acontecido en las últimas décadas, la confusión de Piketty no es una cuestión menor. De hecho, ese es el motivo fundamental por el que, pese que la ratio capital/renta ha crecido de manera muy apreciable en Occidente desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial (hasta el punto en que se ha más que duplicado), el porcentaje de las rentas del capital dentro del PIB apenas haya cambiado (o lo ha hecho en mucha menor medida) a pesar de que la tasa de retorno no se ha desplomado.

Ya desde el comienzo de su obra, pues, las dinámicas fundamentales que Piketty atribuye el capitalismo contienen equivocaciones básicas que conducen a conclusiones igualmente falsas. Pero, como veremos próximamente, éste no será el único error fundamental que cometerá el francés.

JUAN RAMÓN RALLO | ALICANTENEWS.ES
También puede leer otro análisis en: “El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty” por Macario Schettino.