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Líderes sin proyectos: pura demagogia

Diario El Universal 24/03/08

Por: Marisol García Delgado

Los cambios requieren del trabajo conjunto de los sectores sociales y económicos.

En estos tiempos electorales de nunca acabar, acostumbran a retoñar las promesas políticas: (ahora sí) se construirán viviendas, aceras, escaleras, drenajes, mejorarán los servicios públicos, se dispondrá de nuevos liceos, universidades, mercados, hospitales y mayor seguridad, se incrementará la producción, los sueldos y los salarios, se crearán ayudas, becas y empleos a granel.

Prometer

Las promesas electorales comparten algunas características: 1) son producto de la fértil imaginación del candidato; permanecen indefinidamente en el tiempo porque no se cumplen nunca, o se ejecutan a medias y sin plan de mantenimiento, para garantizar su vigencia infinita; 3) mientras más alto sea el nivel del cargo al que se aspira, tanto más abstracta y difusa es la promesa, en términos de ubicación y tiempo de ejecución; una genial táctica de mercadeo político porque basta poner “la primera piedra” o cambiar de director o de ministro para renovar, renovar y renovar la misma oferta; 4) no está respaldada por ningún estudio de factibilidad, ni técnica ni económica, cuanto menos urbanística o ecológica, porque bien sabemos que de estas dos últimas simplezas se ocupan los ciudadanos del primer mundo¿ a falta de urgencias sociales; 5) ninguna oferta electoral se inserta dentro de un proyecto de país o un plan nacional de desarrollo, lo cual libera al candidato de dar explicaciones sobre las acciones que adoptará una vez asumido el poder, por eso la promesa de viviendas puede ir desde la creación de nuevas y hermosas urbanizaciones hasta la sola pintura de fachadas de los ranchos, o desde la construcción de miles de casas por año hasta la licencia para invadir o la expropiación de inmuebles arrendados o de terrenos de expansión de industrias. Del mismo modo, la solución del desempleo cabe desde el rango de estímulo a la empresa privada, en sus innumerables variantes, hasta la creación de nuevos cargos públicos e, incluso, de ampliación de las misiones, con las que ya se han empalagado los populistas. Competencia de simpatías.

Desde esta perspectiva, el torneo electoral se reduce a una competencia de simpatías, amores e intereses, donde las necesidades, las demandas sociales y económicas de los ciudadanos no son más que un vector, un vehículo, a lo sumo un trance necesario para acceder al votante. Y para el elector la solución de sus problemas cotidianos es una simple cuestión de fe, que da lugar al caudillo, al carismático, al justiciero, al demagogo a los cuales se aferran los pueblos cuando no tienen una visión de futuro. Lo más desolador del panorama es que el aspirante a alcalde, gobernador o presidente, por lo general, no tiene ni la más inexacta idea de la forma, los costos, los recursos, las estrategias, los modos, los tiempos de planificación y de ejecución, las normas legales, financieras y de control, para hacer posible la concreción de la promesa. En consecuencia, es el candidato electo el primer obstáculo para la concreción de sus ofertas y, prontamente, queda atrapado en la madeja de la adulancia y de la burocracia, de la cual apenas sale 4 o 6 años después con unos cuantos kilos de más.

El proyecto

Parece que ha quedado suficientemente claro que no son los recursos económicos, que no son las riquezas naturales, que no es la extensión del territorio, ni la ubicación privilegiada del país, como tampoco su pasado glorioso y libertario los elementos necesarios para enrumbar la nación hacia un desarrollo social y económico sostenido y sostenible. Cualquiera sea la ideología o posición política, hace falta elaborar o respaldar un proyecto de país, frente al cual se midan los liderazgos, en cuanto a su capacidad para convocar el esfuerzo humano mayormente capacitado y para comprometer a la ciudadanía en el logro de los objetivos planteados. El punto está en que no es lógica ni humanamente posible que un solo ser humano, más allá del show, del histrionismo, de la calculada actuación, pueda cargar sobre sus solos hombros el destino de un país, de una región o localidad. Los cambios, si han de ser tales, requieren del trabajo conjunto de los sectores sociales y económicos de la nación. Por eso deben ser elaborados con ellos, para articularlos y comprometerlos no sólo con el qué hacer, sino también con el cómo realizarlo.

Hoy no basta saber a cuántos grados a la izquierda se encuentra el candidato, sino a qué distancia cierta estará el país de la solución de sus problemas si decide elegirlo.

cedice@cedice.org