Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Lo que siempre vence. Mibelis Acevedo
A Bassil Da Costa; al verde arrojo de sus 24 años, jamás cumplidos.

“Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud (…)
La juventud siempre empuja
la juventud, siempre vence.”
Miguel Hernández

La juventud es fuerza indetenible, incansable. La juventud es terquedad, decidida afrenta a la inercia, a la energía que se estanca y se resiste a cambiar. Hoy -como siempre-  la juventud es deseo de mejora,  germen de inconformismo, verde que brota para retar al pensamiento corroído y oxidado, a la autoridad que se planta frente su empuje para impedir que avance. Pero ante la porfiada voluntad de estos muchachos, dispuestos a levantarse siempre luego de caer, es poco probable que tal pretensión se complete: la historia ha demostrado, una y otra vez, que la lucha estudiantil ha estado acompañada de legítimas razones que marchan al compás de su creativa, inspiradora pasión por el futuro.

Seamos realistas: pidamos lo imposible

La de Venezuela es extraordinario ejemplo de esta fuerza: a lo largo de un atrabiliario proceso político lleno de trampas ideológicas (una pseudo-izquierda autoritaria y represiva, asentada en el militarismo y sus desmanes) presto a hacer remedo de lo caduco, de lo inservible, nuestros estudiantes se han alzado con propuestas nuevas y posiciones independientes, para exigir cívica y pacíficamente lo que cualquier democracia nos debería garantizar: algo de coherencia. Eso les ha costado ser arrollados, vejados, torturados, encarcelados, injustamente marcados como violentos.  Les ha costado hasta lo que abunda en ellos: la vida. Aun así, la resistencia no declina, como si por cada estudiante que cae (y aun cuando sabemos que nada suplirá su ausencia) naciesen tres para relevarlo. Para contrarrestar la protesta, y haciendo uso indiscriminado de lo que Max Weber llama el “monopolio legítimo de la violencia”, la ferocidad del régimen se ha pulido las garras, una y otra vez:  y en atávico gesto de oscurantismo político ha ignorado el incendio de universidades, aplastado campamentos en plena madrugada, secuestrado adolescentes sin importar lo que susurre la Lopna; acorralado, humillado y golpeado a muchachos con discapacidades, sometidos a procesos de los cuales tal vez jamás se recuperen. Todo ello en épica, trágica alegoría de una Venezuela escandalosamente joven, idealista e inexperta, que sigue empeñada en hacer posible lo que hoy parece imposible: reclamar un país mejor, un país que merezcamos, ni más ni menos.

Queremos el mundo, y lo queremos ahora

Desde el oficialismo se ha hecho todo para desmeritar la lucha estudiantil y evitar que su discurso inclusivo y globalizador cale entre la gente.  Se les acusa de militantes de extrema derecha, “hijos de papá”, como si el espíritu revolucionario de históricos movimientos de similar naturaleza –y en este punto es obligatorio recordar el aporte social y cultural del Mayo francés del 68– nada tuviese que ver con ellos. Muy por el contrario: en línea con lo que escribía Sartre sobre aquella generación de soñadores (“Hay algo que ha surgido de ustedes que asombra, que trastorna, que reniega de todo lo que ha hecho de nuestra sociedad lo que es. Se trata de lo que yo llamaría la expansión del campo de lo posible. No renuncien a eso”). Vargas Llosa nos confiesa su respeto por la juventud venezolana, por su luminoso idealismo en una época en la que “la política se ha desprestigiado mucho”. A pesar de eso, estos estudiantes nos revelan que la política “no tiene que ser una actividad mediocre, sucia o corrompida, y que puede ser creativa”, en la medida en que tiene la capacidad de “transformar una sociedad, de crear oportunidades, erradicar injusticias, materializar sus sueños”.

Así, pues, nuestro movimiento estudiantil, tan legítimo como cualquier otro, es fresca, rebelde, crítica, siempre distinta e inesperada respuesta a las condiciones de injusticia social que nos asfixian: un “acto de justicia idealista”, el cuestionamiento que el joven siempre hará respecto al establishment.  Y por más que pretendan achacarle ideologías determinadas, su mayor virtud siempre será la de no estar asociado a ningún vicio, postura o discurso que avale el Poder.

Prohibido prohibir… y olvidar

Ante la arbitraria y poco creativa ola de prohibiciones y atropello inconstitucional de derechos sobre la que hoy hace equilibrios el Gobierno, es de esperar que siga habiendo señalamientos, voz alzada, consignas, propuestas, protesta, reclamos de “imaginación al poder”. Me atrevo a augurar que a esta marcha ya no la podrá detener una pared malamente edificada de un día para otro. Los estudiantes, iluminados por la memoria de sus caídos –y desde aquella primera bala que expropió a Bassil la oportunidad irrepetible de cumplir sus 24 años– continuarán soñando, sin remedio; y sus sacrificios seguirán desarmando el cada vez más envejecido, caduco, primitivo rostro del Poder, su inútil resistencia al cambio, su indolencia ante lo que vendrá y vencerá, inevitable: el futuro.
MIBELIS ACEVEDO | EL UNIVERSAL
@mibelis