Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
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Los argumentos de la Libertad

El régimen es astuto a la hora del argumento, pero no resiste ninguna embestida que contraste lo que pontifican y lo que logran.

En esta tierra, propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tal y como se la imaginaba Don Rómulo Gallegos, sigue vigente la vieja lucha entre la barbarie, disfrazada de autocracia militar, y el esfuerzo también indoblegable de la república civil para imponer derecho y justicia. Pero no es fácil. No lo es porque a veces como farsa y muchas otras como tragedia, los venezolanos siguen incurriendo en el viejo error de endosarle a un caudillo la realización de sus sueños. Es difícil, porque esta tierra también es propicia para la mentira, la demagogia y el achante rentista que produce esa entrega incondicional del pueblo al demagogo de turno. No en balde todas las revoluciones eran poco menos que consignas y promesas con las que adulaban el hambre del pueblo y sus sueños irredentos. El siglo XIX, revoltoso y oportunista se entrometió treinta y seis años del siglo siguiente, atajando cualquier tentación de pensar como hombres libres, muy a pesar de que cientos de veces la palabra había sido manoseada como consigna.

Cientos de veces los venezolanos han rasgado su propia dignidad para seguir la polvareda que levanta el tumulto. Cientos de veces han visto frustradas sus aspiraciones solamente para volver a enarbolar las tristes banderas del resentimiento y del odio, porque tiene que ser otro el culpable de las oportunidades perdidas, como si estuviéramos condenados al naufragio y la deriva perpetuas, mientras otros surcan las mismas aguas raudos y veloces hacia un horizonte prometedor.

Esta tierra no ha sido propicia para la edificación de las instituciones de la libertad. Nunca hemos querido ponerle las bridas a ese monstruo condenado a la gula improductiva del poder. Nunca quisimos limitar el gobierno y poner por encima de las personas un robusto Estado de Derecho que no quite sino que garantice oportunidades y libertades. Nunca hemos querido apropiarnos de nuestro destino y construir un régimen que se realice al no interferir en los asuntos personales, orgulloso no de sus excesos sino de sus límites fuertemente circunscritos al marco legal. Nunca entendimos que el propósito esencial de la comunidad política liberal es crear las circunstancias públicas en las que se deja solos a los hombres para “que hagan lo que quieran, siempre que sus acciones no interfieran con la libertad de los demás”.

La libertad no es endosable. Hay que asumirla como proyecto de vida.No hay forma de defender la libertad si no es apelando a la realidad. Los autócratas necesitan de la mentira. Requieren negar los esfuerzos de la República Civil para superar la crueldad de los dictadores, sus guerras y sus cárceles. Fueron los civiles los que comenzaron a pensar en un proyecto de modernización que afianzó ciudades, construyó carreteras, produjo un proyecto educativo masivo, venció la malaria y construyó hospitales. Esas mismas obras que los autócratas que han venido después se han chupado hasta dejarlas exhaustas, y que luego niegan como si el cinismo diera para tanto. Fueron los civiles quienes pensaron en que nuestras mujeres tenían derechos, y que no se podían discriminar a los analfabetas de las obligaciones ciudadanas. Es la realidad la que ratifica que en esas obras resplandece un proyecto de modernidad y de dominio de la naturaleza que se revolcó mil veces con esa alma supuestamente indómita, que olvidó el esfuerzo y la hazaña para entregarse a los halagos de las palabras y a un buen vivir el presente sin que importe el futuro.

Los autócratas gobiernan como si no tuvieran futuro, pero prometen quedarse hasta el fin de los tiempos. Pero allí está la realidad para empantanarlos en sus propios fracasos y negarles una nueva oportunidad para la debacle. El régimen es astuto a la hora del argumento, pero no resiste ninguna embestida que contraste lo que pontifican y lo que logran. Y esa brecha no la pueden resolver sino con el viejo remedio de la represión. Ayer fueron los grillos de La Rotunda y los Máuseres de los chácharos. Hoy es ese torbellino de ausencias y esa insistencia en la negligencia que fácilmente los convierte en algo más que autores intelectuales de todo este sufrimiento. Pero todo esto ha ocurrido por esa maldición atávica que nos hace presas fáciles de la demagogia y excesivamente resistentes al orden, la justicia y el derecho. Merecemos más libertades y menos endosos. Merecemos más civilización y menos barbarie.

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