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Los ataques a la MUD. Trino Márquez

Mario Vargas Llosa cuando estuvo en Venezuela hace pocas semanas señaló que la división de la oposición sería un regalo de los dioses para el gobierno de Nicolás Maduro. En la misma entrevista -cuyos interlocutores eran César Miguel Rondón y Marcel Granier- también dijo que sería un suicidio que la oposición se convirtiera en un archipiélago de grupúsculos sin ninguna capacidad de modificar la conducta del régimen o propiciar una salida democrática y pacífica a la enorme crisis que asola al país.

Estas sabias palabras del maestro Vargas Llosa se fundamentan en su enorme talento y en la experiencia práctica que vivió el Perú durante los tenebrosos años en los que gobernó el dúo formado por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Esta dupla siniestra, que asesinó a centenares de peruanos y se enriqueció de manera obscena, basó su gigantesco poder en una medida importante en la agrietada división existente entre los partidos opositores. La fragmentación hizo posible que los derechos humanos se violaran y el erario público fuese saqueado, en medio de la impunidad más indolente. El premio Nobel cuando advierte de los peligros de la atomización no lo hace desde la perspectiva meramente intelectual, sino también a partir de la dolorosa experiencia de su país natal.

Sus reflexiones y consejos deberían ser considerados por quienes estando, aparentemente en el campo opositor, tienen años dedicados a demoler el formidable esfuerzo de cohesión y coordinación representado por la MUD, única instancia real de Unidad política que existe en el país. El apoyo a la MUD de ninguna manera significa renunciar a la capacidad crítica de algunas de sus políticas y decisiones. Por ejemplo, el comunicado frente a las ambivalentes declaraciones de Roberta Jacobson -Subsecretaria de Estado de EE.UU. para el hemisferio occidental- fue ambiguo y confuso. Era necesario -tal como lo hizo César M. Rondón en su programa radial- exigir una explicación que aclarara las dudas. Pero, de allí a la crítica maledicente y artera hay un paso sideral.

Hay un grupito de comentaristas del proceso político nacional que se ha dedicado a demonizar la MUD, sus partidos y dirigentes. Blanco favorito, aunque no único, es Ramón Guillermo Aveledo. Del secretario ejecutivo se han levantado las peores calumnias. Un buen número de esos “analistas” vive cómodamente instalado en el exterior. Su contacto con la realidad política venezolana es a través de la red, el teléfono o alguno que otro viajero que los visita y les transmite sus impresiones acerca de Venezuela. Son personas cargadas de odio y resentimiento porque la MUD no se dirige a ellos con el debido respeto para conocer sus opiniones acerca de lo que debe y no debe hacerse. Jamás han construido ninguna organización política importante, ni saben lo que significa lidiar con personas que piensan diferente. Hablan de recuperar la democracia para vivir en una nación plural, pero son intolerantes al extremo que juzgan los eventuales errores, omisiones o discrepancias de los dirigentes que se baten todos los días por una Venezuela mejor, como actos de entrega, cobardía y colaboracionismo con el oprobioso régimen rojo.

A esos señores hay que tenerles miedo porque, en el supuesto negado de que el país llegase a caer en sus manos, la ingobernabilidad, los abusos y el sectarismo serían iguales o peores que con los rojos. La ingobernabilidad se mantendría intacta porque son seres incapaces de dialogar, discutir, negociar y empatizar con los interlocutores. El revanchismo comunista se reeditaría, solo que esta vez con un signo distinto.

La MUD, como toda agrupación humana es falible. Sus decisiones son imperfectas, al igual que sucede con todas las escogencias que realizamos en el plano individual. Sin embargo, hoy la oposición es una fuerza con reconocimiento internacional en gran medida por la acción paciente, sostenida e inteligente de los líderes reunidos en esa instancia coordinadora. Volver a la época en la que la MUD no existía sería retroceder a la prehistoria. Se le entregaría la nación definitivamente a los gamberros que la gobiernan y el destino se pondría en una secta de lunáticos que verían cómo Venezuela se hunde en el abismo, mientras ellos rumian su frustración y rencor mientras disfrutan de una buena copa de vino.

TRINO MÁRQUEZ | NOTITARDE