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Los buhoneros y la privatización del espacio público

El Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (CEDICE) acaba de publicar Buhoneros en Caracas: un estudio exploratorio y algunas propuestas de políticas públicas del economista Wladimir Zanoni López.

Rafael Arraiz

El trabajo se basa en “120 encuestas a vendedores ambulantes de la zona del bulevar de Sabana Grande; más de cincuenta entrevistas semiestructuradas a académicos, comerciantes formales, funcionarios públicos en diversos niveles de gobierno y buhoneros.” Según el autor, la columna vertebral del estudio estriba en preguntarse acerca de cuáles políticas públicas pueden incorporar al buhonero al sector formal de la economía.

El estudio, me adelanto a señalarlo, constituye un aporte valioso al estudio del tema, desde una perspectiva económica, que no olvida las implicaciones sociológicas del fenómeno. Conviene recordar que el buhonerismo es expresión de una economía enferma, en la que son más las personas dedicadas al comercio informal que los que laboran en el marco de la formalidad. Por supuesto, la mayoría de quienes asumen estas tareas informales quisieran estar en otra situación, pero la economía del país lo impide, sacudida por la falta de inversión privada y, en consecuencia, por el desempleo. En otras palabras, si los inversionistas tuvieran confianza en las políticas públicas del gobierno central, y los amparara un marco jurídico confiable, y una administración de justicia igualmente confiable, invertirían aquí con los ojos cerrados: muy pocas economías ofrecen un “colchón” de reservas internacionales de la magnitud venezolana, en el conjunto hispanoamericano.

No lo hacen, lo sabemos todos, porque el gobierno no les inspira confianza, simplemente. Recuerdo que el actual presidente, cuando estaba en campaña, decía que él le ofrecía “oro a los empresarios”, ya que les entregaba seguridad y confianza; y luego Giordani, en su primera administración, decía que el gobierno iba a tener que quitarse de encima, a sombrerazos, a los inversionistas. Ni la oferta de Chávez ni la profecía de Giordani han tenido lugar.

Por el contrario, el Estado ha crecido enormemente en sus ingresos y en tamaño (las misiones son una estructura paralela a la burocracia ministerial, que incurre en duplicación de costos, por decir lo menos), mientras los venezolanos nos hemos empobrecido notablemente. El caso de los buhoneros es paradigmático de cómo una minoría confisca los espacios de la mayoría, y el Estado no hace lo que tiene que hacer para defender los derechos de la mayoría. Claro, es imposible olvidar que quienes están allí no lo hacen por gusto, sino que son igualmente victimas de una economía que no estimula la inversión y que va alentando el crecimiento de la informalidad.

La comprensión de la situación de estos conciudadanos, sirve de base argumental para no adelantar una política que recupere el espacio público para la gente, confiscado por unos particulares, trayendo como consecuencia una privatización del ámbito público. Toda acera por la que cualquiera no pueda caminar constituye una violación de un derecho. ¿Soluciones? Muchas se han ensayado con éxito en otras ciudades con situaciones similares o peores que las nuestras. Si el principio está claro, la solución puede hallarse, y el principio es aquel que nos lleva a restaurar el concepto del espacio público, que no puede ser privatizado de ninguna manera sin causar un perjuicio a los ciudadanos.

Eso es lo que ha venido ocurriendo en Sabana Grande: los caraqueños perdieron un espacio, mientras se apropiaron de él los buhoneros, buscando salidas a su situación personal desesperada. Insisto en que el fenómeno del buhonerismo, siendo una consecuencia y no una causa, debe ser estudiado buscando alternativas, a partir del reconocimiento de la situación de las personas allí envueltas. Que lo ideal es que la economía informal no exista, pues quién lo duda.

También lo es que el gobierno adelante políticas públicas en las que los inversionistas no sean tratados con desconfianza sino con los brazos abiertos, como ocurre con los gobiernos dominados por un espíritu moderno, y no por esta confusión pre-moderna en que subyace la mente de la cabeza del gobierno, cada vez más perdida en el mar de los sargazos. En otras palabras, me sumo a la idea de Zanoni según la cual el tema de los buhoneros no puede ser tratado exclusivamente como el de una invasión del espacio público, sino que debe ser estudiado en su conjunto de manera de hallar soluciones justas al asunto. Pero no cabe duda de que hay que hacerlo cuanto antes, de lo contrario, esos espacios de la ciudadanía se habrán perdido, mientras quienes los privatizan no mejoran en su situación: suerte de laberinto del que hay que salir cuanto antes. Este es uno de los temas centrales de la agenda pública caraqueña. ¿Está ventilándose con la urgencia del caso?

Publicado originalmente en El Universal por rafaelarraiz@hotmail.com