Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Los héroes que siempre hemos sido. Victor Maldonado
Hay dos formas de apreciar nuestra historia. Los cultores de nuestros fracasos siempre la relatarán oscura, vencida y agotada en su épica libertadora. Augusto Mijares los llamaba “sembradores de ceniza” cuya narración, interesada en destrozar la autoestima nacional, los colocaba como demiurgos imprescindibles a la hora de hacer el tránsito por las tinieblas eternas a las que supuestamente estaba condenada la República. Esos pesimistas de oficio fueron los principales responsables de sembrar el imaginario de resentimientos y frustración que luego hizo que el país se entregara frenético a la búsqueda de un nuevo salvador de la patria, encontrándose únicamente con nuevas razones para el desengaño y nuevas cadenas para apresar sus ansias libertarias.
Pero hay otra forma de encarar el país. Éste es el país de José Antonio Abreu, Jacinto Convit, el sabio Tejera y Franklin Brito. Y el mismo que congrega a millones de personas que todos los días se levantan de sus camas para luchar enconadamente por el progreso de sus familias y el bienestar de sus hijos. Porque una lectura de nuestro acontecer nacional nos da más de una comprobación de que en los peores momentos, cuando la caída resulta incontenible, y la crisis política se ceba en las esperanzas de los venezolanos, todavía en esas infaustas circunstancias, el país no llega a descomponerse hasta el punto de abandonar definitivamente esos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y fervor patrio que tanto asombraron a Augusto Mijares y que le hicieron escribir ese texto imprescindible sobre lo afirmativo venezolano.
Cada uno de nosotros es el recipiendario de una inmensa plataforma moral que a lo largo de los quinientos años de historia nos hace lucir imbatibles frente a las recurrentes amenazas de que el país va a sucumbir en las fauces de la barbarie. Nunca lo ha logrado, a pesar de sus acechanzas y de que muchas veces ha llegado a encumbrarse en el poder para desde allí dirigir la destrucción de la civilidad. Nunca ha podido contra esa condición irreductible de los venezolanos que, a la hora de las chiquitas, son capaces de “jugarse a Rosalinda” para restaurar su tránsito hacia la modernidad y el progreso, exigiendo libertad y prosperidad para todos. Nunca la oscuridad y las cenizas han podido con la luminosidad de la esperanza y la alegría con la que los habitantes de nuestro país encaran sus días, llenos a veces de ocasiones para el sosiego, pero también para la tristeza. Pero allí está ese heroísmo cotidiano que nos caracteriza: Ni en los peores momentos nos dejamos vencer. Ni cuando perdemos el amor, y tampoco cuando son nuestros seres queridos los que hay que enterrar porque la violencia nos los ha arrebatado. Ni así, en esa condición crítica que lamentablemente han vivido cientos de miles de nuestros conciudadanos, ninguno de ellos ha dejado de levantarse al día siguiente para seguir viviendo.
Augusto Mijares fue capaz de ver que “aun en las épocas más funestas puede observarse cómo en el fondo del negro cuadro aparecen, bien en forma de rebeldía, bien convertidas en silencioso y empecinado trabajo, aquellas virtudes” que nos transforman en héroes. Y a pesar de que muchas veces son las figuras siniestras las que acaparan la atención, siempre ocurre que “un mártir, un héroe o un pensador iluminan el fondo y dejan para la posteridad su testimonio de bondad, de desinterés y de justicia”. Y esa condición del alma nacional sigue invicta para enfrentar cualquier crisis de oscuridad que nos rete en el siglo XXI.
No es que nos haya ido bien siempre. No es que no nos hayamos equivocado. Tampoco que no nos hayamos dejado seducir por falsos profetas, o que las entrañas a veces no hayan gobernado nuestra razón. Somos también la esencia de la barbarie, pero que siempre termina pisoteada por esa forma de ser que nos impide dejarnos arrebatar la dignidad nacional. Somos aguante, paciencia y paz. Más de cien años de convivencia lo ratifican. Algunas veces más difícil, otras más plácidas, pero siempre hemos sido oídos sordos a los llamados a la guerra fratricida. Y cuando hemos visto como algunos, los menos, se han entregado, los muchos hemos resistido con estoicismo, sabiéndonos la reserva moral que reclamarán nuestros hijos. Esta es la esencia de los héroes que seguimos siendo: resistir cuando los otros han cedido; seguir creyendo cuando los otros dudan; rebelarnos cuando los otros se han entregado, y habernos mantenido puros cuando los otros se han prostituido. Ser sal de la tierra y luz del mundo, sin importar los riesgos. Augusto Mijares, ese héroe imprescindible, nos ratificó cuan luminosos podemos ser. Vale la pena recordarlo siempre.