Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Los puentes rotos. Victor Maldonado

“A Patroclo se le rompió en la mano la pica larga, pesada, grande, fornida, armada de bronce; el ancho escudo y su correa cayeron al suelo, y el soberano Apolo, hijo de Zeus, desató la coraza que aquél llevaba”. Así narra Homero el inicio del cambio repentino de fortuna que afectó a todos los protagonistas de su monumental Ilíada. No lograba entender Patroclo el radical viraje de lo que hasta ese momento prometía un triunfo esplendoroso. Atónito quedó en el sitio, mientras por la espalda el dárdano Euforbo le clavaba una aguda lanza. Allí seguía, presa de esa sensación de perplejidad que no le permitía ni moverse ni reaccionar a los aleteos cercanos de la muerte. Sin embargo, estaba reservado para la estocada final de Héctor, quien le envainó la lanza en la parte inferior del vientre. 

Héctor, el del tremolante casco, había sellado su suerte. Pronto vendría Aquiles, el de los pies ligeros, a reclamarlo con fiereza hasta las murallas de su ciudad. Por un momento dudó salir al encuentro de la muerte segura, anticipada como un susurro por dioses amigos, y sentenciada por Zeus, juez y parte de esa contienda. Dudaba y pensaba que estaba en sus manos alejarse de lo correcto y pactar una paz humillante, pero que le permitiría vivir. Angustiado se debatía “y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo, el fuerte casco y apoyado la pica contra el muro, saliera al encuentro del inexorable Aquiles, le dijera que permitiría a los Atridas llevarse a Helena, y las riquezas que Alejandro trajo a Ilión en las cóncavas naves…” Pero no, se dispuso para la batalla inútil, porque era lo que debía hacer. Entre lo que le convenía y lo correcto, dudó, pero al final optó por mantener invicta la fe que su pueblo había depositado en sus gobernantes.

La disyuntiva entre lo conveniente y lo correcto es tan vieja como los más ancestrales mitos humanos. Siempre ha existido esa tensión insoportable entre el salir corriendo, el ajustarse a las circunstancias, el argumentarlas tratando de traer el agua hacia nuestro propio molino, o el defender nuestros principios y transformarlos en la forma como queremos ser contados. Sófocles nos cuenta la trágica historia de Antígona, sometida también a la disyuntiva que la obligaba a decidir si se sometía a la injusta disposición de Creonte, o morir leal a los deberes morales con su familia, y enterrar a su hermano, a quien se le había negado ese privilegio. Muere abatida pero invicta, y al final derrota la arrogancia de Creonte que ve perder su reino, su esposa y su hijo por su terquedad. El drama concluye con el Corifeo sentenciando que “con mucho, la prudencia es la base de la felicidad…”. La prudencia no es el cálculo pusilánime sino el compromiso irreductible con lo que es correcto.

No se puede pactar con el mal. No hay arreglos con la tiranía. Y frente a esto no se puede invocar el desconocimiento, ni dejar pasar a nuestro lado el cadáver del que hasta ayer fue nuestro compañero de trajines. Frente a principios y valores, cuando ellos están en juego, no hay el escape del disimulo. No hay puentes que se pueden cruzar hacia el mal sin comenzar a ser parte de él, ni mucho menos puentes que se deben dejar disponibles, porque el pacto con lo indebido no nos deja como salida una marcha atrás. Eso es, luego de catorce años, por decir lo menos, una apuesta temeraria. Y vamos a lo concreto, porque a veces uno se encuentra con la ingenuidad de creer que somos los venezolanos contemporáneos los primeros en afrontar los viejos dilemas de Héctor o de Antígona. Duele decir que Globovisión quiera imponernos un viraje de 180 grados en su línea editorial. Eso no es ni prudencia, ni mucho menos centro informativo. Esa decisión responde a otras circunstancias muy probablemente bien relacionadas con el talante de los que ahora son sus dueños. ¿Qué hacer? Se preguntan los que allí trabajan y los que han sido fieles seguidores de su señal.

Cada quien debe actuar según lo mande su conciencia. Ya sabemos, en todo caso, lo que decidieron Héctor y Antígona. Ya conocemos el mensaje firme y claro de Vladimir, Kico, Carla, Lina, Mirla y Pedro Luis. Y es que no debería haber puentes que nos lleven a cooperar con la censura, con la negación de la realidad y/o con la violación del deber sagrado de la solidaridad. Las políticas editoriales, cuando viran hacia la complacencia pagan un alto precio en términos de legitimidad. La gente no está obligada a acatar una ley injusta o indebida y resulta francamente autoritario cuando se impone la regla del “o crees o mueres, o te vas, o renuncias…”. Nadie tiene la verdad en su puño, pero cuando las decisiones son capaces de hacer tanto ruido solo puede significar que estamos muy lejos de hacer lo debido. Enseño a mis alumnos la diferencia entre lo bueno y lo correcto. Ése es el drama desde el lejano Héctor, el del tremolante casco, hasta nuestros días. Y solo pasan a la historia los que aun vacilando, al final se deciden por lo que les dicta la exigente conciencia.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE