Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Los venezolanos y el espíritu del eterno deseo. Andrés Volpe

En el fondo amamos nuestro deseo,

y no aquéllo que deseamos.

Friedrich Nietzsche.

 

Somos una sociedad del eterno deseo, siempre deseando ser algo que no somos, siempre dejando una identidad para aprehender otra, como en un carnaval de Venecia o entre el sudor de las máscaras de los diablos de Yare ante el trópico – cuando cambiamos nuestro rostro y hacemos una suerte de transformación a lo kafkiano -. Nos quejamos de nuestra existencia arenosa y salada o del claustro de las montañas andinas, pasmados en la irresponsabilidad de amar el deseo, la imagen pulcra.

 

Hemos sido víctimas de las fantasías y de los cuentos a noche oscura. De los delirios de la sangre amarga liberada entre mosquetes y cartas de Jamaica. Somos los hijos bastardos de la grandeza, de los dioses muertos, de las declaraciones a muerte y de los juramentos en el Monte Sacro. La ilusión de nuestros padres nos han hecho hijos huérfanos de futuro.  La cárcel del deseo paternalista construyó las cadenas a nuestra identidad, nos condenó a la imposibilidad de cambiar. Se nos creó un absoluto, a nosotros que ya no creemos en absolutos, en Ayacucho, Carabobo y en Caracas. Ahí nos dieron a nuestros dioses, nos inventaron la nueva religión, el nuevo comienzo, nos inventamos la corona.

 

Pobre espíritu nuestro, a sus comienzos, ebrio por la mentira del absoluto de la perfección del buen salvaje, cargando sin malicia el oro entre sus manos antiguas: salvando nuestra condición de inocentes. Hemos creído en nuestros dioses criollos para hallarlos muertos entre la imposibilidad del desarrollo y la burocracia de nuestra piel cobre. La servidumbre del irresponsable ahogado en el misticismo de la libertad recién pisada.

 

Ante la sorpresa el rechazo y del rechazo, la falta de identidad. Sísifo, y Edipo, el eterno esfuerzo infructuoso, la repetición eterna y el amor a la madre: la condición de ser diferentes, venezolanos, sin saber qué es, pero con amor hacia la patria, nuestra madre bondadosa, que todo lo da y todo lo quita. Venezuela, aquí hemos estado esperando la transición de los hombres, la ruptura del silencio, la resurrección de las edades perdidas, el milagro de los dioses muertos, la identidad nueva venida del orgullo.

 

Hemos querido la dignidad en boca ajena, el reconocimiento de grandeza – entre gritos y selva profunda -. El disimulo de nuestra grandeza ha quedado en la imitación pobre, retardada de los estándares extranjeros donde se pierde nuestra fuerza real, la autenticidad que ellos han sabido poner en pecho. Por eso, siempre llegamos tarde, cuando la sopa ya esta fría. El querer ser más de allá salvando las distancias y solapando el espíritu con la vergüenza. El repetido acto de la servidumbre complaciente.

 

Los intelectuales y los políticos siempre han conservado la forma, el deseo de ser afrancesado, el desfile de vitrina y ondear la mano para decir aquí estoy yo tan europeo, tan americano, tan espléndido. Si, yo el hijo de Bolívar, el dios criollo que renace por su voluntad. Aquí yo les traigo la venezolanidad. Siempre la dualidad, el eclecticismo que no termina en nada, sino para disimular la corrupción y el deseo de inmortalidad. Una estampilla mal lamida con carta vacía.

 

Aquí nos tocó, en Venezuela. Aquí caímos, en el país del trópico con herencias diversas, el país del eterno deseo, el país de los hijos de Sísifo, país famélico, país de coraje y miedo, país de sangre derramada bajo el sol sudado en caña de azúcar. País de la intermitencias insoportables, de la continua espera malsana, país de muerte y renacimiento, de llano árido y de la nieve olvidada, país de adolescentes intelectuales, de estribillo melancólico, país sin leitmotiv. País plástico, de aceite negro y huesos de caballo. Mi país, tú país, yo, tu, nosotros. Todos con los pies de barro. Todos en la resistencia del eterno deseo, de la promesa incumplida y espíritu melancólico.

 

Somos los que combatimos en la sombra, los que caen y levantan, y en resistencia pasiva, encontramos el camino que nos lleva a la identidad buscada.