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Lutero, Erasmo y el Libre Albedrío

El Estado de Derecho y la Libertad Individual, pudo haberse dado con un apoyo espiritual más sólido

La división del Cristianismo entre Católicos y Protestantes en el Siglo XVI fue, sin duda, uno de los hechos más trascendentes en toda la historia de la Humanidad. No sólo por las ultrafanáticas guerras religiosas que desató; ni tampoco por la división de Europa en dos mundos abismalmente distintos: un Norte Protestante que (libre de los dogmas atávicos contra el dinero, el cobro de intereses y el mercado) se lanzó a crecer por la vía capitalista; y un Sur, dominado por Roma… y por la Edad Media; ni -seguimos- tampoco, sólo, por la reedición en América del esquema de un Norte capitalista y un Sur o Centro (Latinoamérica) subdesarrollado… y medieval.

Más allá de todo ello -por crucial que sea- la división religiosa de Europa tuvo una consecuencia aún más profunda: haberle cortado buena parte del oxígeno al proceso de desarrollo espiritual que venía gestándose a partir de Jesucristo y del Cristianismo. Todo ese empuje que se vuelca finalmente en la Modernidad, la Democracia, el Estado de Derecho y la Libertad Individual, pudo haberse dado con un apoyo espiritual mucho más sólido que el que tuvo, notoriamente minimizado por el cisma cristiano. Todo ese inmenso fracaso que fueron la Revolución Francesa y la Modernidad, pudo tal vez haberse evitado si el impulso hacia la Libertad Individual hubiese sido apuntalado por un Cristianismo unido.

Pero -sin dudas- más importante y nefasto aún que el fracaso espiritual de la Modernidad fueron las consecuencias de ese fracaso: el poderoso impulso que recibieron el Comunismo y el Nazifascismo, los dos totalitarismos que nacieron de las frustraciones que la Modernidad generó. Cabe soñar con lo que habría podido ser el temple de Occidente para resistir esas dos aberraciones criminales, de no haberse dividido el Cristianismo en el siglo XVI. Y, por supuesto, de haberse producido un auge espiritual y un Amor al Prójimo, mucho más fuertes que los que hubo.

Vale la pena imaginar lo que habría sido Europa, si la atávica doctrina luterana del Servo Arbitrio no hubiese triunfado sobre el humanista Libero Arbitrio de Erasmo. En su Erasmo de Rotterdam, Stefan Zweig dice: “Si, como afirma Lutero, todo depende únicamente de la Gracia de Dios, ¿qué sentido tendría para el Ser Humano hacer el bien? Y propone que al menos se deje al hombre la ilusión del libre albedrío… Me sumo -dice Erasmo- a la opinión de los que subordinan unas pocas cosas a la libertad humana y la gran mayoría de ellas a la Gracia de Dios, no sea que por evitar el orgullo (Escila), nos hagamos pedazos ante el fatalismo (Caribdis)” (pág. 175). La bella metáfora de Escila y Caribdis -el par de escollos que debían sortear los marinos de la Odisea- le sirve a Zweig para plantear la tragedia que vivió Jesucristo en el siglo XVI.

¿Qué habría sido de la Humanidad, si el Catolicismo hubiese asumido lo que ya en ese siglo era posible asumir; lo que ya Erasmo sabía: que no se trata de dejarle al hombre “la ilusión” del Libre Albedrío, ni siquiera de “subordinar unas pocas cosas a la voluntad”. Porque él es libre, no como una ilusión, sino como una Realidad Poderosa. Ni se trata de “subordinar unas pocas cosas a la Libertad de la Voluntad”, sino (que se trata) de la Libertad Absoluta del Hombre para asumir a Dios… ¡¡o para negarlo!! Esto es, para escoger entre el Bien y el Mal. ¿Qué habría sido de la Humanidad si esta tesis, en lugar de haberse impuesto -por la vía del Ateísmo- a principios del siglo XX, se hubiese impuesto en el siglo XVI, por la vía de una Religiosidad Cristiana profunda, hermosa y unificada?

http://emeteriogomez.wordpress.com

El Universal

Domingo, 22 de enero de 2012