Al mostrar nuestro pasaporte o escuchar acerca de un destino surgen preguntas como: ¿admiro y respeto al país?, ¿tengo una buena opinión?, ¿confío?, ¿tiene una buena reputación? Cada respuesta nacerá de sentimientos que generan reacciones. Algunas esperables, otras que sorprenden; algunas nos gustan, otras no.

Estas percepciones no siempre reflejan la realidad, pero no hay nada más real que una percepción porque mueve decisiones con implicaciones económicas y sociales —todas medibles— con respecto a querer vivir, trabajar, estudiar o visitar un país. Incluso en querer o no invertir en él, comprar sus productos o simplemente asistir a un evento.

La marca-país es la señal que influye en nuestras actitudes y alude referencias sobre experiencias vividas, o no, en países que visitamos o de los que otros nos cuentan. Es lo explícito de una “denominación de origen”, que vincula señalar que cuando hablamos de reputación hablamos de percepciones. Como explica el profesor Charles Fombrun, la gestión de la reputación implica entender que percepción y realidad a veces no coinciden; si la realidad es mejor, estamos ante oportunidades de comunicación; si la percepción es mala, estamos ante riesgos reputacionales.

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Fuente: www.cedice.org.ve

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