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MARX EN EL SIGLO 21. Carlos Goedder

El rescate de Marx por regímenes políticos latinoamericanos y el que algunos lo mencionen en esta Gran Recesión obliga a revisar el pensamiento del influyente alemán
Parecía que al caer el comunismo soviético en la década pasada ya estaba relegada al olvido cualquier invocación a Karl Marx (1818-1883). La crisis económica en el mundo desarrollado y la volátil política en ciertas naciones latinoamericanas lo coloca de nuevo como un referente. Hay entonces quien se sigue pronunciando como favorable al comunismo y el socialismo marxista. Así que es necesario estudiar qué decía exactamente Marx.
Un mérito de quienes somos liberales es que damos valor a cualquier idea, así sea opuesta a las propias, porque su refutación ayuda a consolidar la verdad. En el caso de Marx hay planteamientos claramente erróneos y se mostrarán. Esto dista de restarle valor a algunas ideas y a su preocupación por los trabajadores.
Es más, estoy seguro que este artículo sobre Marx acabará siendo una herramienta para los que se declaran como progresistas o de izquierda. La mayoría de estas personas suele quedarse con un texto propagandístico hecho por Marx que es el Manifiesto Comunista (1848) y como señala Jonathan Wolff, autor al que me referiré en breve, “El MANIFIESTO COMUNISTA es probablemente el libro más leído de Marx, aunque no sea la mejor guía para su pensamiento.”
En esta entrega comento dos aproximaciones de Marx hechas en el Siglo XXI.

LA APROXIMACIÓN DE SYLVIA NASSAR (2011)
La señora Nassar es una periodista económica, famosa por la biografía sobre el nobel de economía 1994 John Forbes Nash, la cual inspiró la película UNA MENTE BRILLANTE. En su obra más reciente la estudiosa de la economía ha legado un formidable y erudito recorrido del pensamiento económico desde la Revolución Industrial. El libro es además de grata lectura e inteligible, lo cual se agradece cuando se exponen temas económicos. El material ha sido publicado en inglés como GRAND PURSUIT. THE STORY OF THE PEOPLE WHO MADE MODERN ECONOMICS – esto equivale a “Gran Propósito. La historia de la gente que hizo la teoría económica moderna”- (Fourth State, edición de bolsillo 2012). El Capítulo 1 está dedicado a Marx.
El estudio de Nasar va mostrando cómo evoluciona la actividad económica en el tiempo del autor e incorpora también información biográfica. Marx, de origen alemán y formado en filosofía, se termina desplazando a Inglaterra en 1849, donde la Revolución Industrial está en su apogeo.
Inglaterra fue el milagro económico del Siglo XIX. La Revolución Industrial fue impulsada por innovaciones tecnológicas como la máquina de vapor y la automatización del telar. Ahora bien, lo principal fue un importante incremento en la demanda por los consumidores. En Inglaterra se podían conseguir mercancías de todo el orbe, gracias a un comercio dinámico. Entre 1750 y 1850 el PIB británico se multiplicó por cuatro; en un siglo se creció más que en todo el milenio precedente. La localidad inglesa de Manchester, al Noroeste de Inglaterra, era en el Siglo XIX el equivalente al Silicon Valley californiano durante la revolución informática iniciada en los años 1990. Londres se convirtió en el centro financiero mundial. Todo lo que es el Capitalismo Liberal nace en este período, cobrando importancia el libre comercio y urbanizándose cada vez más la población. Muchos veían a Londres como el futuro para toda sociedad que saltara a la industrialización. Los trenes, embarcaciones y el telégrafo expandían las comunicaciones crecientemente.
Este esplendor tenía su contrapartida en una pobreza urbana desagradable para cualquier espíritu sensible. Los trabajadores industriales, especialmente los que distaban de ser artesanos profesionales, estaban viviendo bajo hacinamiento, en una época sin beneficios sociales para desempleados, enfermos o inválidos, sin reglamentaciones sobre seguridad industrial, trabajo infantil o jornada laboral – había una “Ley de Pobres” incipiente, aprobada en 1834-. Quienquiera que lea a Dickens obtiene un retrato sobre esos trabajadores. Ahora bien, la evidencia citada por Nasar es que el salario medio creció en 33% entre 1750 y 1850, siendo que visitantes alemanes como Marx se sorprendían de las favorables condiciones en que vivían los obreros ingleses respecto a los trabajadores en Europa Continental. Lo que sí es conclusivo es que la salubridad urbana era peor que en el campo y la esperanza de vida para el obrero era de 32 años en Manchester o Liverpool, comparado con 45 años entre los campesinos británicos; esto reflejaba una densidad poblacional creciente, sin suficiente salubridad pública o privada para manejarla.
Londres era una muestra: su población alcanzaba dos millones y medio de almas, esto es el doble de París o el quíntuplo de Viena, siendo que las ocho siguientes ciudades de Inglaterra en tamaño sumaban menos habitantes. El hacinamiento londinense era especialmente alarmante en los barrios obreros.
Los ciclos económicos capitalistas ya se sentían en aquel tiempo. Durante la primera mitad de la década iniciada en 1840, hubo un empeoramiento en el mercado de algodón mundial, causando desempleo industrial textil y hambre entre los obreros parados, lo cual motivó malestar social. La recuperación tomó tiempo. Un periodista de investigación, Henry Mayhew, se dedicó a revelar las duras condiciones en que vivían los obreros, publicando estremecedoras noticias en el diario MORNING CHRONICLE en 1850, si bien había un evento que empeoraba el cuadro: la epidemia de cólera londinense ocurrida durante 1849. Cuando Marx llega a Londres está avivado el debate sobre las condiciones laborales, esencialmente entre los operarios menos cualificados – es preciso insistir que ya entonces los obreros tenías categorías y eran heterogéneos, siendo que unos eran más fáciles de remplazar, por contar con menos formación y conocimientos especializados.
Marx contó con la amistad y patrocinio de su compatriota Friedrich Engels (1820-1895). Engels también fue un escritor y para 1844 ya había publicado un texto sobre las condiciones en que estaba la clase trabajadora. Fue Engels quien introdujo a Marx en temas económicos y el concepto de proletariado. Engels reflejaba la doble vida victoriana: por un lado era un empresario, correcto burgués y por otro un agitador revolucionario. Apoyó la incursión intelectual de Marx para escribir un gran tratado en el cual quedaría demostrado científicamente que el capitalismo colapsaría. Sólo que la obra magna tardaría veinte años en terminarse… Marx carecía de disciplina como escritor, a diferencia de Engels, lo cual entorpeció la culminación de EL CAPITAL –bueno, de su primer volumen.
Marx tuvo defectos en su método. Lo primero, es que nunca realizó un “trabajo de campo”. Su investigación fue desarrollada en la biblioteca, sin tomar contacto con la calle ni visitar establecimientos fabriles para entender su proceso productivo. Nunca aprendió el idioma inglés, aún cuando estuvo viviendo en Inglaterra el grueso de su vida. Tampoco estableció diálogo, siquiera epistolar, con otros pensadores interesados en mejorar la vida de los obreros. Un personaje que hubiese sido decisivo, para intercambiar ideas, debatir y señalarle errores, fue John Stuart Mill. (1806-1873), filósofo y economista británico. J.S. Mill representaba el economista liberal con inquietud sobre la distribución del ingreso. Prolongaba la tradición británica de grandes economistas y adoptaba una posición favorable a innovaciones sociales. Siguiendo a Nasar:
“Mill notó que [David] Ricardo, [Adam] Smith y [Thomas] Malthus fueron todos defensores de los derechos políticos y económicos individuales, oponentes de la esclavitud y enemigos del proteccionismo, los monopolios y los privilegios de los terratenientes. Él mismo favoreció los sindicatos, el sufragio universal y los derechos de propiedad para las mujeres. En respuesta a la crisis económica y la confrontación social de los Hambrientos Cuarenta, abogó por derogar el cincuenta por cierto de tarifa aduanera sobre importaciones de grano.” (NASAR, p. 33)
Marx distaba de plantear soluciones como abaratar los alimentos importados para mejorar el bienestar entre los obreros. Para él la única solución era abolir la propiedad privada, en la cual veía el origen de la injusticia; la revolución de los proletarios contra quienes poseían el capital daría origen al sistema comunista, con propiedad colectiva y dejando atrás al capitalismo. Ahora bien, era preciso encontrar una explicación al porqué ocurría la explotación de la clase propietaria por los burgueses capitalistas. Y el razonamiento marxista encontró un mecanismo. Fue su Teoría del Valor.
Marx sugirió que lo único que genera valor en el proceso productivo es el trabajo. El proletario vende su trabajo por menos de lo que vale y esto explica toda la plusvalía se la lleva el capitalista. Desde luego, esto es un supuesto y tiene puntos cuestionables. La primera duda surge al reconocer que hay otros factores de producción que se añaden al capital. En la economía vigente en tiempos marxistas, tales factores adicionales eran el capital y la tierra. ¿Acaso la inversión financiera hecha por los dueños de una fábrica distaba de aportar valor? ¿Cómo se explicaba un concepto tan observable como los intereses financieros pagados a los ahorristas por los bancos sin mediar trabajo en tal ganancia? ¿Tampoco añadía nada la maquinaria colocada como capital físico a disposición de los obreros? Los terrenos aportados a actividades económicas ¿Acaso eran algo con valor nulo? Desde luego todas estas cuestiones se podían colocar frente al argumento marxista. Y en pleno Siglo XXI se añade otro factor productivo, el conocimiento. Las habilidades gerenciales para organizar el proceso productivo, las invenciones tecnológicas, todo eso quedaba excluido en esta teoría del valor. Un poco de intuición sirve para refutarla. Lamentablemente Marx quedó sin verlo.
La crisis de los años 1840 fue seguida de una recuperación e incluso un clima triunfalista, dado que Londres acogió entre 1849 y 1862 la Primera Exposición Universal. Marx también tuvo cambios en su vida personal, dejando la bohemia para dar paso a una vida familiar burguesa. Su análisis fundamental sobre el capitalismo seguía sin estar listo y Engels, razonablemente, se impacientó. Un evento daría el puntapié a Marx para completar el primer volumen de El Capital. Se trató de la quiebra en 1866 del banco Overend, Gurney & Company, lo cual generó un pánico bancario en Inglaterra. El exceso de endeudamiento para construcción de embarcaciones e infraestructuras se dejó ver. El tipo de interés oficial fue elevado de 6% a 10%, generándose una crisis de confianza. Marx demoró más de un año en finalmente llevar su obra, escrita en alemán, a la imprenta.
El trabajo tuvo escaso reconocimiento en vida de Marx. Esto fue especialmente doloroso, considerando que era la obra fundamental para toda una vida de esfuerzo. La posteridad le dio más resonancia al libro, si bien, cuando en 1930 llegó la gran crisis capitalista que Marx anhelaba, ya la obra era caduca y su análisis inválido. El economista que más protagonismo intelectual tuvo durante la Gran Depresión, John Maynard Keynes (1883-1946) despachó El Capital con esta opinión:
“Un libro de texto económico obsoleto el cual sostengo que no sólo es científicamente erróneo sino también carente de cualquier interés o aplicación para el mundo moderno.” (NASAR, 47)
Si esta era la opinión sobre Marx hace casi un siglo, sorprende que se le rescate hoy día. Especialmente en sociedades que han carecido de Revolución Industrial.
LA LECTURA DE JONATHAN WOLFF (2010)
En la Enciclopedia Filosófica STANDFORD ENCYCLOPEDIA OF PHILOSOPHY, hay una interesante entrada sobre Marx escrita por Jonathan Wolff. La referencia es http://plato.stanford.edu/archives/sum2011/entries/marx/ El trabajo se ha incorporado en 2003 y actualizado en 2010.
Lo primero positivo de Wolff es que uno gana mejor imagen sobre la productividad de Marx que al leer a Nasar. La obra completa de Marx suma casi 100 volúmenes, lo cual refleja que distó de estar esencialmente bloqueado con EL CAPITAL, si bien es claro que demorar 20 años en hacerlo suena exagerado. La mayoría de comentaristas coincide en que Marx era indisciplinado para escribir.
Al rescatar las consideraciones sobre la teoría del valor trabajo, Wolff aporta más reflexiones para mostrar su inconsistencia. La más obvia es que si el trabajo es la fuente de valor, las empresas serían reacias a incorporar tecnologías que sustituyan obreros; la automatización es una tendencia clara y por tanto la teoría del valor se queda floja para explicarla. Habría que recurrir a algún tipo de razonamiento en que se haga equivalencias entre trabajo humano, mecánico y hasta animal, lo cual luce como complicación innecesaria. Otra paradoja es clara: las industrias intensivas en capital humano –por ejemplo agroindustria, textiles y todas las que requieren mucha mano de obra – habrían de ser las más rentables, ya que explotan más trabajo humano; nuevamente, esto están sin comprobarse empíricamente, siendo que empresas intensivas en capital físico (maquinaria) son rentables recurrentemente e incluso más que las intensivas en trabajo. Finalmente, añado mi propia paradoja y es pensar que si Marx estuviese en lo cierto, toda empresa capitalista intentará expandir al máximo su cantidad de trabajadores, para irles sacando toda la plusvalía posible a los obreros adicionales. Esto ni tiene sentido ni se observa, siendo que las empresas están sometidas al rendimiento decreciente que tiene el factor trabajo –añadir más obreros, sin incrementar maquinaria y equipo, empeora la productividad-. En fin, el factor trabajo que Marx llama capital variable tiene características tanto teóricas como empíricas que difieren con su teoría del valor. Wolff señala:
“La afirmación de Marx de que sólo el trabajo puede crear plusvalía carece de apoyo de ningún argumento o análisis, y puede argüirse que es simplemente un artefacto en la naturaleza de su presentación. Cualquier bien puede ser elegido para interpretar el mismo papel. En consecuencia, con igual justificación, uno puede tener una teoría del valor del maíz, argumentando que el maíz es el único con poder para crear más valor de lo que cuesta. Formalmente esto sería idéntico a la teoría del valor trabajo.” (traducción propia. WOLFF, p. 12)
Como economista, uno definitivamente le pierde aprecio a Marx. Con esa falla en la teoría del valor se viene abajo todo el edificio marxista. Ahora bien, cuando uno aborda reflexiones filosóficas de Marx, como hace Wolff, se le gana más consideración.
En los MANUSCRITOS ECONÓMICOS Y FILOSÓFICOS, publicados póstumamente y escritos en 1844 ofrecen un concepto interesante. Se trata de la alienación en el trabajo. Para Marx, el obrero capitalista sufre de alienación, lo cual dista de ser únicamente malestar psicológico por el divorcio entre sus valores y lo que hace en la fábrica; es más que eso: es cuando el obrero termina siendo un sujeto pasivo, literalmente un juguete, sobre el cual actúan fuerzas externas. Marx considera cuatro fuentes de alienación. Siguiendo a Wolff:
“Aquí Marx de manera famosa representa al trabajador bajo el capitalismo como alguien que sufre de cuatro formas de alienación laboral. Primero, del producto, el cual tan pronto es creado le es arrebatado al productor. Segundo, en la actividad productiva (trabajo), la cual es experimentada como un tormento. Tercero, de la especie a la que pertenece como ser, dado que los humanos producen ciegamente y no de acuerdo con sus poderes humanos verdaderos. Finalmente, de otros seres humanos, dado que la relación de intercambio remplaza la satisfacción de la necesidad mutua.” (traducción propia. WOLFF, p. 7)
Aquí sí que hay valor. En fin, está claro que en los tiempos actuales de la Gran Recesión es peor el desempleo que el malestar mientras uno está trabajando. Esto dista de restar interés al punto de que el trabajo puede ser una experiencia donde lo humano se minimice y las personas terminen tomando conductas totalmente contrarias a los valores que profesan, llegando a ejecutar procederes incluso ilegales y hasta criminales. ¿Qué se puede decir sobre los escándalos financieros por la valoración de instrumentos, en la fijación fraudulenta hecha sobre la tasa LIBOR y tantos otros procederes claramente corruptos? Seres humanos consintieron hacer este pillaje y muchas veces la corporación, ese sistema burocrático hacia el cual degenera el capitalismo, premia conductas más bien asociadas a la obediencia, la sumisión ciega, la impiedad y la ejecución irreflexiva, matando la creatividad humana.
Es preciso un matiz: pensar que el malestar en el trabajo es culpa del capitalismo es falso; creo que el trabajo, especialmente el hecho en sociedades agrarias previas a la Revolución Industrial, debió ser tan desagradable o peor que el actual. En gran medida lo más insatisfactorio es cuando el trabajador dista de tener participación accionarial en su compañía. Sobre este tema creo que hay soluciones individuales, siendo que las religiones ven el trabajo como un medio de realización espiritual y los más prácticos conceden que es mejor poner entusiasmo en el trabajo tanto para favorecer un ascenso como para disfrutar más el ocio. Incluso sin recurrir a estas estrategias personales, está claro que el capitalismo concede algo: un mercado laboral para elegir. El obrero que se reconozca alienado puede mudarse a otro empleo y otra industria donde sí encuentre más satisfactorio lo que hace. En tal sentido lo más peligroso socialmente es cuando aparece la recesión económica y se limita al trabajador ese rango de escogencia, simplemente porque desaparecen alternativas cuando las empresas son incapaces para generar empleos. Bajo esta perspectiva lo relevante es el ciclo económico y las temibles recesiones como la actualmente en curso durante 2012, cuando el empleado pierde poder para negociar frente al capital y queda atrapado en sus condiciones vigentes, corriendo un riesgo real de quedar en la calle. Economías como la española tienen un desempleo de 25% en 2012, comparable al de Estados Unidos de América en la Gran Depresión; EEUU precisamente tiene ahora un récord en su historia reciente de desempleo, alcanzando 8%. La pérdida de dinamismo capitalista es un problema real sobre el bienestar correspondiente al trabajador y tiene un coste tanto psicológico como moral. La alienación es un peligro asociado al trabajo bajo el capitalismo, si bien el capitalismo ofrece soluciones cuando está en auge, ya que quienes tienen malestar tienen más opciones para mejorar, siendo que incluso pueden dar el salto hacia convertirse en empresarios. Marx identificó con la alienación un tema sobre el que hay que elaborar y se puede decir que este joven Marx tiene intuiciones más atractivas que el pensador comunista y economicista a surgir en 1848.
Lo más poderoso en Marx es una idea que está contenida en sus TESIS SOBRE FEUERBACH escrito en 1845; se trata de la tesis 11: “los filósofos solamente han interpretado el mundo; el punto es cambiarlo.” Esta propuesta, como posición vital, refleja un compromiso ético indispensable para quien piense los asuntos humanos, incluyendo además de filósofos a científicos sociales. El joven Marx toma un compromiso de lucha por una clase obrera que ciertamente fue explotada durante el capitalismo, por más que destaquemos que estaban mejor los obreros bajo la Revolución Industrial inglesa respecto a sistemas alternativos. La indignación marxista al ver a los proletarios viviendo en la frontera de la subsistencia mientras los obreros más especializados y los capitalistas se daban gustos conspicuos era legítima. Gente del tiempo de Marx sintió lo mismo, siendo un puñado de nombres los que da Nasar y entre quienes destaco a John Stuart Mill. Ahora bien, lamentablemente Marx optó por generar una filosofía combativa olvidando un mínimo de compromiso con los hechos, relegando la investigación en favor de proselitismo. Esto lo perdió.
En la teoría marxista surgen varios conceptos como materialismo histórico, lucha de clases, superestructura… Considerando que hoy en día la economía es más de servicios que industrial, que los trabajadores son a su vez propietarios capitalistas mediante mercados de acciones y fondos de pensiones, que el proletariado es todo menos homogéneo y que la alternativa comunista ha fracasado estruendosamente, parece que meditar más sobre las ideas marxistas sería un ejercicio historiográfico, quizás incluso un intento por justificar cómo una simple idea puede causar tanto sufrimiento humano al adoptarlo la política. Marx fue llevado hasta sus límites prácticos en sociedades como la soviética, maoísta o cubana, lugares donde nunca hubo una Revolución Industrial, ni siquiera algo comparable a las imágenes decimonónicas británicas que conmovieron a Marx. El resultado comunista fue un sistema totalitarista, con matanzas masivas, opresión, persecución, atropello a la disidencia, hambruna y escasez… En fin, el sufrimiento de la sociedad comunista deja pálido al sistema capitalista, el cual nunca degeneró en el fatalismo que Marx pronosticó. Llama la atención que Marx nunca describió su paraíso comunista.
Es más, algo sorprendente y que Wolff rescata es que jamás los textos de Marx juzgan al capitalismo como injusto. Esto puede ser una sorpresa para muchos lectores, mas el pensador alemán nunca condenó moralmente al sistema que tanto escozor le daba. ¿El por qué? Primero, una lectura es que Marx pensaba bueno el capitalismo porque era el paso previo al comunismo. Otra interpretación, también válida, es que Marx quiso tomar distancia sobre unos valores morales que pensaba impuestos por la dinámica económica; para el la “superestructura moral” era una creación tan opiácea socialmente como la religión o la ficción burguesa de igualdad ante la ley. Marx deseaba distanciarse respecto a los socialistas utópicos, a fin de cuentas, quienes condenaban el capitalismo desde una óptica moralista, siendo que Marx consideraba que su propio socialismo sí que era científico, mucho más sólido en suma que todo lo precedente.
El texto de Wolff ofrece dos figuras filosóficas actuales para refinar el sistema marxista. Una es la de Jon Elster, pensador que ha hecho obra interesante sobre racionalidad en economía y a quien difundió en la academia venezolana el fallecido profesor Manuel Jacobo Cartea. El segundo es G.A. Cohen, quien ha suplido el aparato de Marx con conceptos capaces de superar sus puntos menos claros y fragilidades formales.
Por mi lado, analizaré a Marx según dos importante pensadores del siglo XX en próximas entregas. Espero que este material sirva para que muchos militantes progresistas y autoproclamados marxistas aborden con rigurosidad al filósofo alemán, ya que muchas veces apenas lo han estudiado. A diferencia del autoritarismo asociado a la izquierda, los liberales creemos en el debate sin descalificar al contrario de antemano. Y lo más urgente es evitar que América Latina siga sufriendo con unos regímenes dictatoriales que se amparan en Marx para todo género de atrocidades, impidiendo que al menos sus sociedades conozcan el capitalismo y lo valoren con propiedad, como paso previo a un hipotético salto hacia el paraíso comunista. Si hoy viviese en Sudamérica, Marx jamás habría sido ni chavista ni peronista.
(DEDICADO AL PADRE JAVIER IRIARTE, GRAN DOCENTE DE LA HISTORIA UNIVERSAL)

Por: Carlos Goedder carlosurgente@yahoo.es
Madrid, Agosto de 2012