Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Más allá de la ciencia de Dios

Publicado Diario El Universal 15/07/07
Emeterio Gómez

Para comentar La Iglesia de los no creyentes, un artículo de Tomas Eloy Martínez, aparecido en El Nacional del 08/07/07; reseña de dos exitosos libros dedicados a negar la existencia divina: “El mas notable de esos aportes es El espejismo de Dios, de un eminente catedrático de Oxford, Richard Dawkins, quien hace 30 años demostró en El gen egoísta que la vida es creación de genes capaces de cualquier hazaña para sobrevivir. La otra obra memorable es Dios no es grande. Cómo la religión envenena todo, de Christopher Hitchens, un intelectual famoso por la pasión con que abraza las causas que cree justas”.

Luego, Martínez alude al bioquímico Michael Behe, “defensor de la teoría del diseño inteligente… que objeta a Darwin con su idea de la ‘complejidad irreductible’, que habla de órganos cuya perfección no se podría explicar sino por la obra de un creador superior… Idea esta que fue rápidamente adoptada por George W. Bush, quien trato de imponer su enseñanza en algunos estados de la Unión, suprimiendo a Darwin”.

Todas esas pruebas de la existencia o inexistencia de Dios son de verdad simpáticas. Tanto las unas como las otras; tanto la que ¡¡cree!! poder explicar la vida por la presencia de genes egoístas que deberán, a su vez, ser explicados por causas más profundas y éstas por otras y así hasta el infinito, hasta un origen inefable que nos acerca al misterio absoluto; tanto esa “prueba”, como la del bioquímico Behe, quien bellamente asume que si hay órganos perfectos deben ser “la obra de un creador”.

Todo ese debate –amén de simpático– es la versión actualizada de las discusiones medievales acerca de la existencia de Dios. Éstas transcurrían en el plano de la “razón pura”, en tanto que ahora lo hacen en el de la ciencia empírica. Ahora es ésta la que cree que puede probar la existencia o inexistencia de Dios. En el Medioevo era la pura especulación lógica: Dios no es todopoderoso porque no puede crear una montaña tan pesada que luego no pueda levantarla. Como ello es imposible, quedaba “demostrado” que Dios no existe.

Todas estas discusiones, las medievales y las actuales; las lógico-deductivas y las empírico-científicas son simpáticas, porque discuten de Dios en el plano que no es, en el del mundo y no en el del espíritu; en el plano del ser-pensado y no en el de la existencia ¡¡en el del conocimiento y no en el de los sentimientos!! En el plano de lo profano y no en el de lo sagrado.

En la Modernidad, es decir, entre Descartes y Hegel, la ciencia, la tecnología, el empirismo y el racionalismo acabaron con la noción medieval de Dios: ese Ente creador y providencialista, que castiga y perdona; que apoya y valida matar a los herejes… en la Edad Media o ahora.

Instalados ya en el siglo XXI, fracasada la racionalidad y cuando ya es evidente que la ciencia no tiene ¡¡ni puede tener!! acceso a la espiritualidad, Dios regresa por sus fueros. Con más fuerza que nunca, se cuela por dos rendijas del mundo empírico que ni la ciencia ni la razón pueden eliminar. Una es el misterio absoluto que rodea al Ser Humano, esa certeza de que no tenemos ningún chance de entender nuestro espíritu; o mucho peor, que si lo entendiéramos, seriamos “cosas”. La otra rendija es el amor al prójimo, la capacidad de perdonar o de sacrificar la vida por unos niños atrapados en una buseta incendiada. Esa frase poderosa que Mel Gibson hace retumbar en La Pasión de Cristo: “amar a los que te aman no tiene ningún mérito”.

emeteriog@cantv.net