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Mentiras comunistas

25/07/10

A pesar del peso infamante de la mentira en la política, el comunismo es sobre cualquier otra de sus cualidades, una ideología cuyos principales argumentos son falsos, y por lo tanto, cualquier intento de implantarlo en la realidad termina siendo un desastre para las sociedades que tienen que vivirlo.

Por: Víctor Maldonado C.

Uno de los dilemas políticos cruciales es evitar pasar de las promesas a las mentiras, porque no hay régimen que aguante la presión constante de la disonancia entre lo que se dice y lo que la realidad muestra como resultados. Por eso los gobernantes se ocupan de las obras y saben que las excusas tarde o temprano acaban por imponerles la supuesta necesidad de reprimir cualquier observación disidente. También saben que el uso de la fuerza los coloca en la ingrata situación de ser presa de un destino ingrato, porque tarde o temprano caerán víctimas de los efectos contraintuitivos de su propia represión. Nadie que mata a hierro espera morir a sombrerazos.

A pesar del peso infamante de la mentira en la política, el comunismo es sobre cualquier otra de sus cualidades, una ideología cuyos principales argumentos son falsos, y por lo tanto, cualquier intento de implantarlo en la realidad termina siendo un desastre para las sociedades que tienen que vivirlo. La primera mentira de nuestro comunismo es el eufemismo del “socialismo del siglo XXI”, cuyo contenido conceptual y argumental es equivalente a todas las premisas de los llamados “socialismos reales”, pero que lo encubren como condición previa para poder implantarlo sin encontrar la resistencia de buena parte de la sociedad. Así comienza le serie de engaños y triquiñuelas que buscan atrapar a la sociedad en lo que efectivamente es un sistema que organiza la represión y acaba con cualquier posibilidad de disfrute de la libertad. Nuestro comunismo comienza con la mentira, transcurre en ella y seguramente va a terminar en la denuncia de un descomunal fraude cometido contra todos nosotros.

La segunda mentira es la promoción militante del “hombre nuevo”, una entelequia férreamente involucrada con “el compromiso revolucionario”, que supone al pueblo siempre dispuestos a renunciar a sus derechos de propiedad, libertad y autorrealización para fundirse en el colectivismo tumultuario, río revuelto del que se nutre frugalmente el autoritarismo que cualquiera de las experiencias comunistas que se han sufrido en el mundo. La tercera mentira es la venta tramposa de la superioridad del estatismo sobre el sector privado, un intento siempre fallido de hacer creer al pueblo que todo lo que se le encarga al gobierno se reviste de solidaridad y eficiencia, al desterrar de sus procesos toda la mezquindad, avaricia y egoísmo que supuestamente caracteriza al sector privado. La cuarta mentira es la falacia de la igualdad, que igual sirve para enfilarla contra el sistema de mercado, la división del trabajo, el mérito y la moneda, presentando como alternativa el trueque y otras formas primitivas de intercambio, que imaginariamente resguardan la dignidad del hombre y le evitan la competencia descarnada por la acumulación y el lucro. Todas estas mentiras funcionan como los “anticonceptos” que propuso Ayn Rand para denunciar la transigencia romántica con la experiencia socialista, “términos artificiales, innecesarios, indefinidos, e inservibles, pensados para reemplazar” los conceptos legítimos. El hombre no es esa creatura forzada hacia la virtud de lo colectivo, ni el gobierno ese dechado de atributos y competencias, ni la igualdad se puede alcanzar sin que una mano férrea aplaste todo lo que tiene el ser humano de atributos morales. Cualquier emplazamiento diferente no es otra cosa que una gran indigestión sentimental que ha conducido al suicidio colectivo de generaciones enteras en la caída Unión Soviética, en la China maoísta o en la cercana Cuba castrista.

Todas estas mentiras se tergiversan en una realidad que se comporta de manera inmisericorde con la esencia del comunismo. Ni siquiera la claqué que vitorea al régimen se resigna al estatus monacal que predica su máximo líder. Y no hay sino que recordar que se está convirtiendo en una máxima popular la afirmación de que todo lo que toca el gobierno lo daña hasta dejarlo inservible. Pudreval bien podría ser el epitafio. Pero también podrían serlo todos los nombres de los 150 mil muertos por violencia. Cualquier artista podría hacer incluso una composición con todas las propagandas que ha quedado en eso, en mentiras, como la promesa del Guaire saneado, o la infamia oficial del alfabetismo pleno, o cualquiera de esos títulos dados apresuradamente junto a una promesa de trabajo. Todos ellos son pesadillas fantasiosas que cargan las bases del régimen con un peso que terminará hundiéndolo.

victormaldonadoc@gmail.com