Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Miento, luego existo. Carlos Raúl Hernández

En 14 años todo lo que ha dicho el gobierno venezolano parte de calumnias ruines y criminales
Como sobre cualquier cosa, alrededor de las diferencias entre mentir y equivocarse hay una -interesante- maraña conceptual. Derrida, Rousseau y muchos otros distinguen ambas categorías, ya que la primera supone la intencionalidad de engañar y la segunda no. Cuando los reyes de Francia afirmaban descender de Jesucristo, era una estupidez, no una mentira. Falsear obedece a un tramoleo premeditado y alevoso mientras errar es de buena fe.

Kant piensa que la verdad es un imperativo en toda circunstancia, sin excepción. Arendt se pregunta, en polémica con él -aplicable al “equilibrio del terror”, la amenaza de confrontación nuclear durante la Guerra Fría-, “¿se puede decir la verdad aunque se ponga en riesgo la supervivencia humana… (… ) si viene la Gestapo a buscar a mi amigo, escondido en el sótano: debo decir la verdad?”.

Durante acontecimientos colectivos dramáticos (atentados terroristas, guerras, catástrofes) los gobernantes “administran la verdad” para evitar daños mayores. Swift (Arte de la mentira política, 1773) y Arendt (Verdad y política, 1996) coinciden en que el lenguaje público normal aligera, moldea la crudeza de los hechos para la convivencia. Los grandes estadistas y pensadores usan quirúrgicamente las palabras, también por consideración hacia la ciudadanía.

Pero en la sociedad moderna los energúmenos y el horror de masas rompen los cristales. Stalin, Hitler, Mao, Mussolini, Perón o Fidel Castro convierten la falsedad en doctrina total y brutal. Hitler culpó de la crisis económica alemana y de la guerra a los judíos. Tergiversaron hasta los hechos indiscutibles y crearon “falsos positivos” como el incendio del Reichstag.

Stalin construía un reino del horror, asesina 20 millones, y lo presentaba, con ayuda de sus acólitos, como el paraíso. Los Castro acusan 54 años a los americanos de los efectos de su crueldad e incapacidad. Denunciaron un “bombardeo biológico” gringo para encubrir la epidemia de conjuntivitis por desnutrición en Cuba. Sus discípulos posmodernos quieren control de los media para imponer la mentira como forma de vida.

Con “falsos positivos” condenaron 30 años a inocentes, los comisarios de la Policía Metropolitana, y sin proceso a la juez Afiuni. “Reporteros” son agentes provocadores en los actos de la oposición, para producir incidentes violentos y luego “desenmascararlos”. En 14 años todo lo que ha dicho el gobierno venezolano parte de calumnias ruines y criminales.

Un gobierno fascistoide o comunistoide -es lo mismo- imputa a sus contrincantes de fascistas, pero como Goebbels utiliza para ello medios de comunicación públicos. Construyen 14 mil viviendas (¿?) y anuncian 200 mil. Los revolucionarios mienten y se equivocan sin solución de continuidad y en definitiva no se sabe qué es peor. Una ministra llama show mediático al drama de enfermas de cáncer en Carabobo.

Al ministro responsable de la seguridad, impávido ante la criminalidad desatada, se le colea una avioneta narco, y culpa a un gobierno local. Entre espumarajos, como los inquisidores medievales, inventan conspiraciones, arrojan ultrajes, ratas muertas contra los ciudadanos. En la pirámide dirigente muchos no creen en nada, forrándose cínicamente para el momento de irse a vivir a ¿Irán… Cuba?

Los cínicos son mentiras vivientes y no merecen mayor análisis. Siempre existen y existirán en los regímenes más despreciables, como las parásitas. Pero un activista promedio cree, y cree a ciegas. Cuando acusa “a los medios de comunicación”, ” la oligarquía”, o “el candidato de la derecha”, no miente: es el eco de sus líderes, hasta que llega el desengaño. Tiene la cabeza llena de periplanetas fuliginosas, de mitos y desechos intelectuales.

El fabricante del engaño, por el contrario, es el gran responsable. Falsifica sistemáticamente con impunidad y conciencia, porque el fin justifica los medios, según dicen que dijo Maquiavelo, y vale todo lo que se diga o haga para defender un depravado gobierno unipersonal (“la revolución” ). Con la revolución todo, sin la revolución nada, es puerta franca al crimen y al totalitarismo.

Develan magnicidios que nunca existieron, “detienen” misteriosos mercenarios norteamericanos, se preparan para invasiones extranjeras. Todo eso revela profundas distorsiones de la psiquis o de la moralidad. Los golpistas del 4 F acusan de “golpistas” a los demás, de buscar atajos, y los amigos y protectores de las FARC denuncian a opositores democráticos de conexiones con paramilitares.

@carlosraulher

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ | EL UNIVERSAL
sábado 18 de agosto de 2012 12:00 AM