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Mitos en la relación obrero-patronal. Isabel Pereira Pizani

Perdemos todos, vemos con angustia alejarse el surgimiento de nuevas empresas y empresarios.

Venimos de un mundo de pequeñas y medianas empresas donde la parte afectiva de la relación obrero-patronal era muy importante. Esta situación ha sido vapuleada por el paso del tiempo. Los patrones se han vuelto más técnicos y menos expresivos. El acercamiento humano se reduce a intercambios esporádicos frente a las máquinas o en medio de los procesos de trabajo. A la vez el trabajador se ha refugiado en un reconcomio creciente por la pérdida del antiguo patrón que lo palmeaba en el hombro y por las engañosas promesas de una legislación laboral antiempresa. 

El gobierno actual radicaliza este despego, obsesionado por imponer la lucha de clases y estatizar. Niega el diálogo entre trabajador y patrón, tornando el ambiente laboral en un campo de batalla feroz, sin treguas, con paros de planta y lluvias de denuncias ante las inspectorías del trabajo, actos que envilecen aún más la relación.

Esta conflictividad laboral ha contribuido a la pérdida en los últimos catorce años de 300 mil puestos de trabajo, producto de la desaparición de 40 por ciento de las industrias que existían en 1998. De once mil industrias que operaban, el número se ha reducido a siete mil.

Sin embargo, investigaciones realizadas en un universo superior a 20.000 trabajadores, muestran que en éstos subsiste un fuerte sentimiento de amor a sus empresas, mas no hacia el patrón, el cual es visto como una entidad distinta. Una ambigua situación en la cual el trabajador quiere el mejor futuro para su empresa, pero tiende a desconocer el papel insustituible del empresario. Percepción que reluce como expresión de mitos hoy muy cuestionados por el comprobado fracaso de las empresas donde se ha sustituido al patrón privado por el Estado. Veamos ambas posiciones.

Percepción de los trabajadores. El único factor que produce es el esfuerzo operario. En este imaginario no figura la concepción del proyecto, el riesgo de invertir, el diseño técnico, los insumos, la administración, la calidad, la distribución, la posición en el mercado, las normativas laborales y la responsabilidad frente al consumidor. El empresario no valora su trabajo, no reconoce su esfuerzo ni a su persona, lo cual es siempre el gran reclamo.

Si el único que produce es el trabajador, cualquier otra participación en los beneficios es un simple robo. El Ministerio del Trabajo difunde la imagen de un empresario barrigón, fumador de tabaco, perezoso, que actúa como un ave de rapiña frente a los trabajadores. Concibe la empresa como un mundo cerrado. No existe la inseguridad jurídica de la propiedad, desconocen los tres millones de hectáreas y las mil o más empresas estatizadas. Si el empresario no invierte, no renueva inventarios, es porque quiere que el trabajador suelte el alma trabajando. No existe Cadivi, ni el control de cambios ni las estatizaciones.

Los estados de ganancia y pérdida de la empresa carecen de existencia real; la empresa es indestructible, no creen en la posibilidad de quiebra o en la carestía de recursos. La empresa es una banca abierta con recursos ilimitados. Lo único que cuenta es el patrono renuente a mejorar las cosas.

Percepción de los empresarios. El trabajador es percibido como parte de su proceso técnico. Los componentes subjetivos de la relación laboral cuestan mucho en ser reconocidos, de allí el trato impersonal y la pobreza del intercambio personal.

No concibe que el trabajador carezca de cultura económica, que ignore el impacto de las políticas del Gobierno, que actúe al margen de las nociones de productividad y competitividad como determinantes de sus beneficios. No informa al trabajador sobre las amenazas externas; con ello pierde sus aliados potenciales. Los trabajadores no saben por qué se elimina un producto, se cambia la línea de producción, se reduce la producción, se les cambia de puesto o cualquier otra contingencia. Para el trabajador la empresa es un mundo cerrado, mientras al empresario lo desvelan los problemas externos: el acoso jurídico y político, las trabas para obtener las divisas, la imposibilidad de exportar etc…

En esta confrontación entre percepciones nadie gana. Perdemos todos, vemos con angustia alejarse el surgimiento de nuevas empresas y empresarios, las escasas oportunidades que hoy tienen los trabajadores de obtener ingresos que les permitan superar la dependencia de subsidios extorsionadores.

Estamos ante una separación que debemos cambiar a muy corto plazo.

ISABEL PEREIRA PIZANI ― EL UNIVERSAL
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