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Navidad: entre la avaricia y la esperanza

¿Qué sostiene la esperanza para quienes aún creen en la virtud? Este ha sido un año lleno de conmoción. La muerte del presidente Chávez no ha generado una transformación relevante en el estilo de vida que se ha hecho profundamente venezolano: confrontación, uso de la violencia, pillaje, incertidumbre y captura veloz de rentas con los dólares que aún subsidia el Gobierno.


En 2014 se cumplirán doscientos años del año más terrible que haya vivido Venezuela en su vida republicana: 1814. Allí pereció casi 20% de la población bajo las hordas llaneras de José Tomás Boves, llamado por Juan Vicente González “el primer caudillo de la democracia venezolana”. Boves, en efecto, fue el primero de una serie de caudillos políticos que arrasaron el país bajo la consigna de la igualdad social: Zamora, Falcón y, seguramente, Chávez.

Quienes en Venezuela han llegado vivos a 2014 lo han hecho fundamentalmente por alguna de estas dos fuerzas motrices: avaricia o esperanza.

La avaricia corresponde al suicida deseo de apropiarse de dinero fácil sin importar el futuro y a costa de lo que sea. La avaricia ha sostenido este régimen chavista y el cataclismo democrático precedente: cazar dólares regalados por el Gobierno o ponerse en un cargo o contrato público para robar, sin importar que esto termine generando pobreza general y un riesgo positivo de perder la vida en una sociedad donde el robo es legitimado. Muchos han ido felices a saquear comercios y obtener electrodomésticos de lujo en diciembre, al igual que muchos vienen saqueando los dólares petroleros. La actitud de estos es la de Luis XV: “Después de mí, el diluvio”. Estos celebrarán una Navidad llena de esta felicidad venezolana del güisqui, la borrachera, los fuegos artificiales estruendosos, la música atormentadora de vecinos (reproducida, en más de un caso, en electrodomésticos robados) y los dólares ocultos en ropa interior como superstición de buena suerte.

Acá prefiero apelar a la Venezuela de la esperanza. La esperanza es la que ha sostenido a quienes aún no han emigrado, no han sucumbido a la angustia y han sobrevivido en un país que tiene toda una gama de opciones cotidianas para exterminar (Caracas es la tercera ciudad con más homicidios de América Latina, 119 por cada 100.000 habitantes; y Barquisimeto la novena, con 72 por cada 100.000). La pregunta en esta Navidad es cómo alimentar esta esperanza.

¿Qué sostiene la esperanza para quienes aún creen en la virtud? Lo primero es la capacidad de recuperación previa de Venezuela ante cataclismos. Yo señalaba el bicentenario de 1814, y bien puede decirse que tras la Guerra de Independencia y la Guerra Federal, estamos en el tercer gran cataclismo de la vida republicana. Los ancestros de aquellas épocas se recuperaron por varias razones: obstinación de vivir, fe religiosa y una fuerza interior que hemos ganado en Venezuela tras estar arrojados a un mundo hostil, donde no hay nada garantizado (actualmente sólo se tiene una garantía: el petróleo).

Otro elemento para apuntalar la esperanza son imágenes de otra Venezuela: un Gustavo Dudamel dando conciertos en los mejores podios, y como él, muchos ejemplos de triunfadores en arte, ciencia y deporte. Otra fuente de esperanza son pequeños milagros en la vida cotidiana: que alguien lo ayude a uno o lo trate cortésmente, la pureza infantil, un empleado público que no soborne, que aún haya algo de caridad, simpatía y entusiasmo en un país arruinado.

Nuestros manantiales individuales de esperanza son los afluentes de un torrente de acción transformadora que emergerá. Cuando Bolívar entró a Caracas en 1827 -una ciudad arruinada por el terremoto de 1812 y la guerra-, se portaron varias banderas con las grandes virtudes del mundo clásico (templanza, valor, entre otras). Él repartió estas banderas y se quedó con la de perseverancia. Pongo este ejemplo porque el Libertador, tan maltratado por el uso demagógico, tiene en su biografía un excelente manual de autoayuda para mantener la esperanza. Este personaje, con sus defectos, tuvo una gran virtud: perseverar por una causa de independencia y libertad, contra todo pronóstico, en una sociedad acostumbrada a la mansedumbre y la tiranía.

Toda alma que se mantenga esperanzada en 2014 y recuerde, como dijo Daniel Santos, “que la última y primera es la palabra libertad”, tendrá garantizada no sólo Nochebuenas, sino continuos amaneceres buenos. Feliz Navidad 2013.

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