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¿Ni paz ni diálogo? Domingo Fontiveros

El gobierno está obligado a restablecer la credibilidad de sus ofertas de paz y diálogo.

El gobierno es el principal responsable de las crisis que recorren al país, aunque rehuya de los problemas. Con esta actitud huidiza contribuye a reforzar los nudos con los que se viene estrangulando la actividad cotidiana de la ciudadanía, incluyendo clases escolares, transporte, servicios de salud y comercio, entre muchos otros.

Demuestra no importarle mucho dar soluciones y a veces deja como entender que más bien provoca y acentúa la conflictividad. Interpreta la realidad como una constante pugna por el poder, de la cual sólo el mismo gobierno puede salir victorioso, y el resto del país totalmente derrotado.

En la teoría democrática, el Estado está llamado a cumplir una función fundamental como árbitro frente a los conflictos y diferencias que surgen del ejercicio de las libertades ciudadanas. Las sociedades en paz existen donde se dirimen los conflictos mediante métodos aceptados y apegados al Estado de Derecho. La paz no es un milagro ni un fenómeno telúrico, sino el resultado de instituciones que procesan las diferencias preservando un grado de justicia satisfactorio para la gran mayoría.

Los gobernantes de turno no entienden al Estado de esta manera. Al contrario, el Estado en lugar de árbitro es concebido como el actor principal en la vida social, el monopolista del poder y la fuerza, ocupado en generar conflictos, tanto en lo interno como en lo externo, hasta lograr imponerse en forma absoluta. La pugnacidad permanente no es una simple preferencia del régimen sino una necesidad inherente a la naturaleza de su revolución. No se le puede pedir mangos al samán.

En esta visión, la inflación y la escasez no son efectos de las malas políticas del gobierno, sino de una supuesta guerra económica desatada contra la revolución. Con el fantasma de esta guerra se explica desde el desplome del salario real hasta la falta de medicinas en hospitales y farmacias, pasando por cada problema que aqueja a la población. No en vano, el régimen ha buscado enemigos hasta debajo de las piedras para contaminar con toxinas el clima de convivencia social indispensable para el crecimiento y la justicia.

Ahora le ha tocado a la protesta estudiantil ser satanizada y perseguida, en lugar de abrirse espacios para procesar y resolver las quejas y problemas. Ya han pasado por este escenario partidos y dirigentes políticos, prelados, empresarios, artistas, profesionales, mucha gente común, y autoridades de otros países. Como en un carrusel caras vienen y van de los mismos que vienen pregonando la llegada del mar de la felicidad, cuando en realidad se vive en un mar de zozobra.

Siempre ha habido, dentro y fuera del redil oficialista, optimistas naturales que han creído posible una rectificación del rumbo y de políticas, en el marco de una reconciliación nacional liderada por el gobierno. Pero hoy en día, con diversos intentos fallidos, se correría un enorme riesgo de que hasta el más duro optimista concluya que ello no es factible. El gobierno está obligado a restablecer la credibilidad de sus ofertas de paz y diálogo con miras a que se construya entre todos una salida política a la crisis multidimensional que sufre el país. Y para ello tiene que abandonar el espejismo que le hace ver jardines cuando lo que va que quedando es desierto.

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net