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Obama y la VII Cumbre de las Américas. Álvaro Vargas Llosa

El Presidente Obama hace bromas en privado cada vez que tiene que participar en una cita con líderes latinoamericanos, porque sabe que normalmente son un espectáculo. Como ha dicho a sus colaboradores, no lo incomodan: lo divierten, pues, en comparación con otras cumbres, son cualquier cosa menos aburridas.

La que tuvo lugar este fin de semana en Panamá -la VII Cumbre de las Américas- no fue menos entretenida que las dos anteriores que le tocaron a Obama, es decir la de Trinidad y Tobago, donde acudió apenas meses después de asumir el cargo y recibió un combustible regalo literario de manos de Hugo Chávez, y la de Cartagena, en 2012, cuando su llegada fue precedida de un escándalo relacionado con los impulsos sicalípticos de los agentes del servicio secreto que habían sido enviados para preparar el terreno en temas de seguridad.

Pero esta vez ha habido una diferencia muy importante respecto de las otras dos. Estados Unidos ha aceptado ahora que la llave de la relación política -no económica o comercial, sino política- con América Latina la tiene Cuba. La ausencia de Cuba en cumbres anteriores, por no ser parte de la OEA, se había convertido en una cuestión desproporcionadamente importante, que opacaba todo lo demás y enrarecía el clima. En Cartagena, tres mandatarios de la región habían estado ausentes de la cita y dos se habían retirado anticipadamente; ahora había riesgos de ausencias masivas. En realidad, a diferencia de lo que decían los especuladores profesionales hace algunos meses, nunca hubo tal riesgo de cara a esta cumbre. Ni siquiera me refiero a que Washington anunció en diciembre pasado la normalización de las relaciones con la isla, sino a que más de un año antes ya Obama había encargado a dos personas de su confianza, Ben Rhodes y Ricardo Zúñiga, ambos del Consejo de Seguridad Nacional, negociar en secreto con el castrismo para superar el viejo enfrentamiento.

Había llegado a esta decisión por dos razones. Una es lacomprobación de que por ahora el liderazgo político de la región lo tiene la izquierda populista, para la cual Cuba es un pretexto perfecto. ¿Pretexto para qué? Entre otras cosas, para impedir el normal desenvolvimiento de las relaciones entre Washington y sus vecinos. La segunda es la imperiosa, digo mejorangustiosa, necesidad del presidente de dejar un “legado” en política exterior. La normalización de las relaciones con Cuba, al igual que el reciente anuncio de un acuerdo con Irán en materia nuclear, prometen ser ese legado.

Como comenté recientemente en estas páginas, en parte a modo de compensación Obama firmó en marzo el decreto (orden ejecutiva) declarando a Venezuela una amenaza para la seguridad nacional de su país, resquicio legal por donde pudo colar las sanciones contra siete violadores de los derechos humanos y las libertades públicas venezolanas. Ahora que Estados Unidos calienta motores para la próxima campaña presidencial, Venezuela es una cobertura eficaz para blindar a la futura candidata o candidato demócrata de la acusación de haber transado con dictaduras en el hemisferio occidental. Pero, a fin de evitar que la VII Cumbre de las Américas fuese secuestrada por el asunto venezolano (Maduro había anunciado que tenía casi 10 millones de firmas de compatriotas suyos exigiendo la derogación del decreto “imperialista”), la Casa Blanca se las arregló para oxigenar en parte el ambiente. Así, envió aTom Shannon, que hoy hace las veces de asesor en el Departamento de Estado y es quizá el diplomático norteamericano mejor enterado acerca de la región, a Caracas para reunirse con Nicolás Maduro.

La invitación había sido hecha por Maduro, pero John Kerry hubiese podido enviar a alguien con menos peso. La idea era ofrecer a Maduro la seguridad de que Estados Unidos no ve a Venezuela como una amenaza, independientemente del arma legal que haya tenido que utilizar la Casa Blanca para las sanciones, y de que está dispuesto a dialogar. Así lo afirmó, por lo demás, el propio Obama en una entrevista y lo repitió Rhodes en otra.

La clave aquí, otra vez, es Cuba. La Habana, interesada en que Maduro no opacara una cumbre en la que la distensión entre Obama y Castro se proyectaba como protagonista, había pedido a Caracas bajar la presión un tanto. Maduro obedeció órdenes sin dudas ni murmuraciones invitando a Estados Unidos a enviarle un emisario, sin que ello implicara dejar de mantener, a mediana intensidad, el fuego de la hornilla con sus “10 millones” de firmas (casi todas de empleados públicos forzados a darlas). ¿Por qué el doble juego? Porque a Cuba no dejaba de interesarle, de todas formas, que sus aliados latinoamericanos se hicieran sentir en la VII Cumbre de las Américas. Después de todo, su peso regional depende de ello.

Asegurándose de que nada alterara la distensión entre Estados Unidos y Cuba, el Departamento de Estado hizo llegar a Obama, en vísperas de la cumbre, la recomendación formal de que Cuba sea retirada de la lista de países patrocinadores del terrorismo, que ahora ocupa junto a Sudán, Irán y Siria. Es una demanda que Cuba ha hecho en las tres rondas de negociaciones que han tenido lugar en Estados Unidos y La Habana desde el anuncio de la normalización de relaciones. Constituyen parte del proceso para llegar a la apertura de las embajadas.

¿Qué implica todo esto? Por lo pronto, una importante inversión de las jerarquías y prioridades. En circunstancias normales, una cumbre como la que ha tenido lugar en Panamá sería ocasión para que Estados Unidos cimentara unas relaciones con los pesos pesados del continente basadas en una visión política común, y confirmar una trayectoria hacia la integración y el desarrollo. También sería el escenario natural para iniciativas audaces, como la eliminación de barreras a la libre circulación de las cosas, las ideas y, algún día, las personas en todo el hemisferio. En general, una cumbre como esta tendría que ser una gran celebración de valores comunes.

Pero es imposible. No hay una visión común y mucho menos valores compartidos. Los participantes profesan convicciones radicalmente distintas y sólo en la extrema necesidad, como ahora Cuba por obra de la crisis económica venezolana, se producen acercamientos entre enemigos. Los pesos pesados, empezando por Brasil, están disminuidos ostensiblemente; México, que empezó con gran ímpetu su nuevo período presidencial, ha ido perdiendo fuelle y algo de prestigio político por los escándalos internos. La Alianza del Pacífico, tres de cuyos cuatro miembros forman parte de las negociaciones para el Acuerdo de Asociación Transpacífico junto a Washington, vive una desaceleración económica y está en manos de algunos líderes que le tienen poco amor. Para no hablar del debilitamiento del liderazgo de Chile, que atraviesa un remezón político de envergadura.

En cambio, del otro lado hay ímpetu, coordinación, ganas. No importa cuán calamitosa sea la situación de Venezuela o Argentina, ni cuán superado por la Historia esté el modelo del Alba, un grupo de gobiernos populistas ha logrado apoderarse de la política exterior de la región. Por eso no se pudo firmar una declaración conjunta en las cumbres de Trinidad y Tobago y Cartagena, por eso la vicepresidenta panameña, Isabel de Saint Malo, se apresuró a anunciar en vísperas de la que tuvo lugar el fin de semana, que no habría un documento público por falta de consenso. Sólo un texto a ser enviado a la OEA, el BID y la Cepal.

Una ironía no menor de esta cumbre ha sido la participación de la “sociedad civil” de Cuba y algunos países gobernados por el populismo autoritario. Organizaciones escogidas por esos gobiernos participaron en foros altisonantes de vocación propagandística. Hasta se quejaron de que en algunos de ellos quisieran participar también sus críticos. Pero resulta que, en el preciso instante en que ello sucedía, una gran encuesta realizada en Cuba por la prestigiosa Bendixen & Amandi y encargada por el Washington Post y Univisión exponía en toda su crudeza el sentir de la sociedad civil cubana.

La popularidad de Obama casi duplica la de Raúl Castro en la isla y apenas un tercio de la población cree que la normalización, que goza de mucho respaldo, provocará el cambio del régimen cubano. Los cubanos expresan la esperanza de que cambie el sistema económico (64%) pero no ven que pueda ocurrir lo mismo con el político (34%). Tres de cada cuatro confiesan que tienen miedo de expresarse con libertad.

El sondeo resalta acusatoriamente el divorcio entre el contenido de una cumbre a la que una minoría de malos gobiernos ha convertido en su coto de caza y unas sociedades que quieren algo infinitamente mejor.Quizá el mérito de Obama en todo esto es haberse dado cuenta de ello y optado por no gastar tiempo y energía en tratar de nadar contra la corriente. Especialmente cuando América Latina es una preocupación menor en comparación con otras y los lazos económicos discurren por otro canal.

Qué lejanos los tiempos en que Obama asumió la Presidencia y veía en Brasil a su gran interlocutor latinoamericano (llegó a decirle a Lula da Silva que ejerciera el rol orientador que en otros tiempos Washington se había arrogado). Ahora, en vísperas del encuentro con Obama, Dilma Rousseff llegó a pedir a su vicepresidente, en un gesto de desesperación, que tomara el control de la coordinación política del gobierno, empezando por las relaciones con el Congreso. Una admisión de debilidad donde las haya, pues la propia Dilma lleva años tratando de destruir al partido de su vicepresidente, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño, a cuyos disidentes trató de agrupar en una nueva organización sutilmente impulsada por Planalto y el Partido de los Trabajadores. Para evitar una posible destitución, Dilma se aferra al PMDB, que tiene la primera mayoría en el Congreso y cuyas cámaras están en manos de esa organización.

Una acotación final. Que Estados Unidos se haya resignado a aceptar que la mediocridad y el abrazo con Castro son por ahora la única forma de llevar la fiesta en paz no quita que pierda de vista la eventual recuperación del terreno perdido. Ello pasa por debilitar la influencia de Venezuela en los muchos países a los que subvenciona y cuya política exterior dicta junto a Cuba. Por eso Obama paró en Jamaica un día antes de la cumbre para hablar de energía alternativa con los caribeños. En realidad, de lo que hablaba era de un socio alternativo, Estados Unidos, que podría exportar gas natural (y más adelante petróleo) en condiciones cómodas a los países que empiezan a preguntarse hasta cuándo podrá Caracas seguir sosteniendo su “seguridad energética”.

La próxima vez que tenga lugar una Cumbre de las Américas Obama ya no será presidente y seguramente estará preparando sus memorias, paso obligado de todo mandatario saliente. En ellas habrá, no cabe duda, algunas frases de humor sobre estos espectáculos latinoamericanos que lo divierten.

Álvaro Vargas Llosa – La Tercera