Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Obituario a Thatcher. The Economist

La revista The Economist sigue siendo el referente en divulgación socioeconómica y su opción por la libertad económica es explícita. No obstante, The Economist tiene una perspectiva para nada extremista ni desapegada a los hechos. Es una referencia fundamental para entender nuestra actualidad.

En su edición más reciente, The Economist hace un balance de la gestión política de Margaret Thatcher (1925-2013). Entre 1979 y 1990 Thatcher fue primera ministra británica. Ninguna otra dama ha ocupado ese cargo. Se encontró con un Reino Unido paralizado económicamente, dominado por huelgas y desesperanza, cuyo mejor reflejo es el punk rock de los Sex Pistols y The Clash. Ante esa crisis, la apuesta de Thatcher fue confrontar a los sindicatos, privatizar empresas públicas, dar en propiedad las viviendas que alquilaba la asistencia social y relajar la reglamentación sobre el mercado crediticio.

En el camino se le cruzó una invasión a la colonia británica que en su país llaman Falkand Islands y en Argentinas Islas Malvinas, iniciada por el dictador dipsómano Leopoldo F. Galtieri  en 1982; esta costó a Argengtina casi 700 vidas y a Reino Unido casi 300, alejando con esta incursión torpe de la dictadura cualquier negociación diplomática sobre el archipiélago, ya que el triunfo británico les hizo revivir a los de Albión un patriotismo imperial– la consecuencia deberían agradecerla los argentinos, en cualquier caso: se debilitó el poco prestigio de la dictadura militar definitivamente, iniciándose la democracia en 1983, dejando atrás al genocida Videla y sus secuaces-.

Thatcher, de hogar protestante en vez de anglicano, tenía celo por la cultura de esfuerzo. Su formación académica fue en química. Se inició en el Partido Conservador y ocupó la cartera de educación, donde se la recuerda por quitar el vaso de leche escolar a estudiantes con más de ocho años de edad, en vez de evocarla por haber creado la Universidad Abierta, favoreciendo estudios terciarios a distancia para los británicos. Tenía gusto por la filosofía liberal de Friedrich Hayek y repulsa por el comunismo.

A finales de los setenta los sindicatos tenían Reino Unido bajo su control y el país paralizado en huelgas. Era la crisis del consenso construido tras la Segunda Guerra Mundial de Estado del Bienestar. Un Estado del Bienestar de alta tributación. Hasta los Beatles se quejaban en un tema de 1966, “Taxman”, de que el fisco se quedaba con 19 libras de cada 20 libras que obtenían en ingresos. Los Kinks decían algo semejante por la misma época, en “Sunny Afternon”.  Tener iniciativa y éxito en Reino Unido era de alguna manera condenado socialmente. En Francia pasa lo mismo hoy.

En 1979 Thatcher entra a mansalva con su enfoque liberal, si bien nunca dejó de ser pragmática. Mantuvo el Estado del Bienestar, mas cambió el discurso político y bajó la tributación de manera general. Dominó a los sindicatos y su intuición sobre ellos es válida porque, salvo Suecia, la afiliación sindical en naciones desarrolladas ha caído por debajo del 20% entre trabajadores, al percibir la gestión sindical como simple captura de renta y sabotaje a veces terrorista.

La llamaban TINA entre sus colaboradores y en voz baja, por las siglas de “There is no alternative”, esto es, “No hay Alternativa”. En su espíritu liberal no hacía concesiones.

El precio lo pagó caro. En 1990 la sacaron del poder. No obstante su legado persiste hasta hoy. Meryl Streep se llevó un premio óscar en 2011 al caracterizarla en LA DAMA DE HIERRO.

A continuación traduzco la reseña de The Economist. La advertencia es la usual para estas cosas: cualquier error en la versión traducida es mío. Destaco que es sólo para divulgación académica y el original en inglés es propiedad de The Economist. Sólo traduzco la sección “Leaders” del semanario y un estudio más completo está en otro artículo de la publicación, que invito a leer.  Lo que ofrezco corresponde a la pág. 9 del The Economist del 13 de abril de 2013.

Guerrera de la Libertad”

Sólo un pequeño número de políticos en tiempos de paz pueden decir que han cambiado el mundo. Margaret Thatcher fue una. Ella transformó no sólo su propio Partido Conservador, sino la política británica al completo. Su entusiasmo por la privatización inició una revolución global y su firmeza de oponerse a la tiranía ayudó a que cayese la Unión Soviética. Winston Churchill ganó una guerra, pero nunca creó un “-ismo”.

La esencia del Thatcherismo fue oponerse al status quo y apostar por la libertad – curioso, ya que como una persona rígida, esforzada por progresar en la escala social, era de alguna manera la encarnación del conservadurismo-. Pensó que las naciones podrían engrandecerse sólo si los individuos eran liberados. A diferencia del famoso pudín de Churchill, su lucha tenía un tema: el derecho de los individuos a conducir sus propias vidas, tan libres como fuese posibles de la «microgestión» del gobierno.

En sus primeros años en la política, el liberalismo económico estaba en retirada, la Unión Soviética estaba extendiendo su imperio, y Milton Friedman y Friedrich Hayek eran relegados a la categoría de académicos excéntricos. En Reino Unido el gobierno hacía buenas migas con los sindicatos («manden sándwiches y cerveza a la sede de gobierno en Downing Street 10»), otorgaba subsidios a industrias nacionalizadas fallidas y encabezaba el bombeo de recursos mediante la gestión keynesiana de la demanda. Para empezar, la ambiciosa y joven política acompañó el consenso. Pero la noción generalizada de que la política debería ser « la gestión del declive» le hacía hervir la sangre. Las ideas de Friedman y Hayek la persuadieron de que las cosas podían ser distintas.

Gran parte de su radicalismo fue ocultado de los electores británicos que le votaron para primera ministra en 1979, muy frustrados por la ineptitud del Partido Laborista. Lo que siguió fue una revolución económica. Privatizó las industrias estatales, se negó a negociar con los sindicatos, abolió los controles estatales, rindió a los mineros huelguistas y reemplazó el keynesianismo con el monetarismo de Friedman. La inflación cayó de 27% en 1975 a 2,4% en 1986. El número de días laborales perdidos por huelgas bajó de 29 millones en 1979 a 2 millones en 1986. La tasa máxima de impuestos cayó de 83% a 40%. [N. del T. Los días perdidos por huelga se consideran multiplicando el número de días de huelga por el número de trabajadores involucrados]

No voy a girar

Sus batallas con la izquierda – especialmente los mineros – le dio una reputación de anciana Boadicea [N. del T. Se refiere a la reina bárbara de las islas británicas que se opuso a la invasión romana]. Pero ella estaba también dispuesta a derrotar a la derecha, alineando a los Tory de la vieja guardia y despojándoles de su credo conservador, haciendo estallar notoriamente el big bang en la ciudad de Londres [N. del T.: Se refiere al 27 de octubre de 1986, fecha clave en la liberalización del mercado financiero en Reino Unido]. Muchos de los ataques más vigorosos le fueron dirigidos desde su propio bando: « Dé un giro si usted quiere», le dijo a los Conservadores cuando el desempleó superó los dos millones de trabajadores, « La dama no es partidaria de dar giros». Le dijo a George Bush sénior: « ¡No es hora de temblar!». Ronald Reagan era su alma gemela pero le faltaban la actitud de ella de enarcar las cejas y la hostilidad a los déficits.

No sería partidaria de los giros, pero sabía cuando comprometerse. Consideró a Mikhail Gorbachev como un hombre con el que ella  «podría hacer tratos», en contra de las advertencias de los halcones estadounidenses. Se retiró de una batalla con los mineros en 1981, esperando hasta haber acumulado suficientes reservas de carbón tres años después. A pesar de todo su discurso sobre reformar el Estado del Bienestar, el sector público consumía casi la misma proporción del PIB cuando dejó el gobierno que cuando lo asumió.

También fue bastante afortunada: afortunada de que los mineros en huelga fueran liderados por Arthur Scargill, un marxista de línea dura; afortunada de que la izquierda británica se fracturara e insistiera en escoger líderes inelegibles; afortunada de que el general Galtieri decidiera invadir las Islas Malvinas cuando lo hizo; afortunada de ser una mujer dura en un sistema dominado por patricios (los políticos conservadores moderados nunca supieron cómo lidiar con ella); afortunada en la aparición de petróleo en el Mar del Norte; y sobre todo, afortunada en su tiempo de aparición. El consenso de posguerra estaba condenado a la destrucción y una oleada de nuevas fuerzas, desde las computadoras personales hasta el capital privado de inversión, fueron sus aliados en su turbulenta forma de capitalismo.

El veredicto de la historia

La crítica hacia ella proviene de dos vías. La primera dice que ella hubiese podido hacer mucho más si hubiese ejercido su autoridad de manera más hábil. La ira, es cierto, la cegó varias veces. Enfurecida con los concejos municipales de izquierda, acabó centralizando el poder en el Whitehall Palace [N. del T.: Significa que restó poder a los poderes locales y lo transfirió a la sede de gobierno en Londres]. Su hostilidad a los burócratas europeos debilitó su campaña para evitar la migración de poder hacia Bruselas [N. del T.: Se refiere a su rechazo a traspasar poder político a la Unión Europea]. Su estridencia, desde los primeros días como «Margaret la recortadora de la leche» hasta su defenestración por su propio partido fue divisiva [N. del T.: Alude a su recorte del vaso de leche escolar para mayores de ocho años cuando fue ministra de educación]. Bajo su mandato los Conservadores dejaron de ser una fuerza nacional para ser un partido del Sur británico rico. Tony Blair ganó varias elecciones ofreciendo el Thatcherismo sin sus aristas.

La segunda crítica ataca la sustancia del Thatcherismo. Sus reformas, se dice, sembraron las semillas de la crisis económica. Sin el Thatcherismo, el big bang no habría ocurrido. Los servicios financieros no habrían representado una versión tan grande de la economía británica y el país no estaría sufriendo bajo la presión de la deuda individual causada por la necesidad de asistir a los bancos. Algo de esto es verdad; pero entonces sin el Thatcherismo la economía británica estaría todavía hundida en el control estatal y la alta dirección de la economía sería propiedad del gobierno y los sindicatos militantes serían un poder en la tierra.

Como resultado de la crisis, el péndulo se mueve peligrosamente lejos de los principios que la señora Thatcher expuso. En la mayor parte del mundo rico la participación del Estado en la economía ha crecido obstinadamente. Las reglamentaciones – las excesivas tanto como las necesarias – están atando al sector privado. La gente de negocios están bajo el mayor escrutinio en los últimos 30 años y los banqueros son los mayores villanos para la gente. Y con el ascenso chino es el control estatal, en lugar del liberalismo económico, lo que está siendo saludado por los mercados emergentes.

Para un mundo desesperadamente necesitado de crecimiento, esta es la dirección errada. Europa nunca prosperará hasta que libere sus mercados. EEUU seguirá resoplando en su recuperación hasta que evite la regulación excesiva. China no sostendrá su éxito a menos que empiece a liberarse. Este es un momento crucial para aferrarse a la percepción fundamental de Thatcher: que para que prosperen los países, la gente necesita hacer fuerza contra el avance del Estado. Lo que el mundo necesita es más Thatcherismo, no menos.”

Una pena que los líderes mundiales hayan despedido con lágrimas a Chávez un mes antes en vez de a ella. Con una Thatcher, México nunca habría tenido a una sindicalista como Elba Esther Gordillo haciendo clientelismo entre los docentes, ni Venezuela a un Antonio Ríos o un Nicolás Maduro haciendo política partidista en los sindicatos. Argentina se habría ahorrado un Hugo Moyano clamando por devaluación del peso -algo insólito entre quien representa a los asalariados, mayores víctimas inflacionarias – y los piqueteros amigos de Kirchner. Tampoco estaría España malbaratando millones en subsidiar a los sindicatos bajo ese consenso que se arrastra desde la Transición en 1975, a todas luces caduco e inútil en 2013.

CARLOS GOEDDER

carlosurgente@yahoo.es

@carlosgoedder