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Obsesiones revolucionarias. Víctor Maldonado

Publicado en: ‘General’ | Lunes, Enero 28, 2013 | Sin Comentario » Trackback
En su introducción al psicoanálisis Sigmund Freud propuso que las obsesiones son esas ideas fijas que se imponen al enfermo y que vienen acompañadas de un estado de alteración mental de excitación insana. Para el fundador del psicoanálisis estas obsesiones escondían justificaciones subyacentes que por alguna razón eran suprimidas por el inconsciente en la misma medida que resultaban aberrantes o provocaban vergüenza. Para el autor las obsesiones funcionan por tanto como compensación, sustitución o mecanismos de drenaje de una realidad que si se reconoce y se asume coloca al enfermo en la necesidad de tomar decisiones o adjudicarse condiciones que le resultan harto penosas e incluso insoportables.

Lo mismo puede decirse del caso que nos ocupa. Ya vamos para quince años oyendo la misma retahíla argumental. Muchas son presentadas con una repetición perturbadora, como si fueran ellos los que quisieran convencerse, como si ellos fueran su propio auditorio. Las hay marcadamente extravagantes, tanto que no pasarían la prueba de salud mental de ningún galeno. Por ejemplo, ideas fijas sobre el magnicidio. Tres lustros oyendo variaciones del mismo tema, cada una de ellas más estrafalaria que la anterior. En cada ocasión, una oportunidad para validar las suspicacias, reforzar las líneas de seguridad, abundar en más guardaespaldas y por supuesto, distanciarse del país real que ya no está tan cerca como para hacerle llegar sus necesidades y aspiraciones. ¿Qué se esconde detrás de esa conducta?

Otra obsesión recurrente tiene que ver con la riqueza y su maldad. Todos recuerdan la retahíla esa que sentencia que “ser rico es malo”, que el capitalismo es una maquinaria perversa de antivalores que se inoculan en la sociedad hasta perturbarla irremediablemente, evitando así que la conciencia revolucionaria se imponga definitivamente. Para la revolución hasta las lluvias torrenciales que asolan sus cosechas fantasiosas son parte de la conspiración de la riqueza. Pero ¿qué encubren? ¿Qué se esconde detrás de toda esa denuncia? ¿No será que ellos mismos se preñaron de una riqueza inexplicable que ahora les pesa en sus exigencias de congruencia?

La subordinación a la Constitución es otra de los postulados recurrentes. Al grito de “todo dentro de la Constitución, nada fuera de ella” los alborozados militantes confían en administrar un poder que se les ofrece inextinguible e infinito. “La bicha” pasó a ser la compañera imperdible de los bolsillos revolucionarios a la vez que increpaban al resto del país su asunción condicionada y cautelosa. ¿Qué hay detrás de tanta insistencia? ¿Por qué transformaron la CRBV en una especie de amuleto sectario? Podría ser que tanta alusión a la ley es solo una manera de compensar su violación recurrente. La gritan, la muestran, pero no le son fieles. No quieren confesar que allí se habla de límites que ellos hace tiempo superaron con creces y por lo tanto se sienten conculcados a restregar su uso fundamentalista al resto.

Quince años de gobierno en el que horas de cadena muestran un país de maqueta en el que se aprecia la obra del gobierno. Miles de veces el gabinete asistiendo a una farsa de promesas y falsas realizaciones que sin embargo, generan consecuencias. Muestran, por ejemplo, ensambladoras de vehículos o cientos de casas terminadas, y sin embargo la escasez se siente con todas sus perversas secuelas. Insisten, empero, en la transformación de un país que no pueden mostrar. Pero insisten en su existencia con la presuntuosa altanería del que puede, por las buenas o por las malas, imponer su verdad.

Y no podemos cerrar esta lista de obsesiones revolucionarias sin aludir a la felicidad. El gobierno se solaza en nuestra supuesta felicidad. Somos, a su juicio, el país más feliz del mundo. Un país que sin embargo, tiene las peores cárceles del planeta, cuenta con la tasa más alta de asesinatos del hemisferio, exhibe la mayor inflación de occidente y para colmo, tiene que administrar la escasez de todo lo que resulte deseable. Un país que no puede salir de noche porque se expone a la muerte o al secuestro, y que hace tiempo se olvidó de la posibilidad de contar con carreteras seguras, luz eléctrica en el interior de la república o espacios públicos limpios. Una república sin ley que tiene cientos de argumentos para temer al otro, que no tiene certezas sobre su propiedad y que no sabe si al día siguiente su empleo va a ser expropiado o su país anexado a Cuba. Pero ellos repiten que somos felices, tal vez porque saben que ellos son los causantes de esa angustia que todos exhibimos al ver derrotada la decencia por la mentira, el cohecho y la fuerza impuesta con brutalidad.

Víctor Maldonado C
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