Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Parte médico. Víctor Maldonado

Los síntomas son angustiantes. La economía venezolana padece de insuficiencias múltiples. Los empresarios venezolanos se quejan, y con razón, de que el sistema de asignación de divisas está al borde del colapso.

Otros especialistas dicen que simplemente está necrosado irreversiblemente, porque no cumple con ninguno de los objetivos para los que fue impuesto. Ni garantiza la soberanía alimentaria, ni ha controlado la inflación, ni mucho menos nos ha evitado el peligro de una nueva devaluación. Tampoco es eficiente a la hora de definir, con sentido sistémico, lo que se debe importar y en qué montos. La situación es tan patética que algunas empresas reciben lo que requieren para materias primas, pero le son negados los recursos para repuestos y reposición de maquinarias, lo que las condena a la ineficiencia y a la improvisación. Pero como no hay perdedores sin que se evidencien ganadores, los negociantes boliburgueses se pasean en yates comprados a dólar preferencial y exhiben los atributos de esa riqueza espuria que no se ha conseguido con el trabajo continuo y sistemático.

Los ciudadanos venezolanos están sometidos a la escasez. Tampoco para ellos el socialismo del siglo XXI les ha ahorrado afanes y contratiempos. El “no hay” es la respuesta recurrente, acompañada con esa risita entre cínica y desesperanzada que trata de indagar si el que tiene adelante se imagina con algún sentido de realidad el país que están viviendo. Lo cierto es que en el interior del país la escasez está tumoralmente localizada, pero muy complicada con apagones recurrentes, intermitencia en el suministro de agua potable, incremento de los secuestros y una violencia que encuentra en la impunidad una plataforma de lanzamiento.

La escasez es una dolencia que cruza transversalmente todo el cuerpo social. Afecta al que come arepas tanto como el que quiere ganarse la vida vendiendo empanadas. Sin embargo, el gobierno no da con el diagnóstico apropiado. Mientras persigue y trata como delincuente a cualquiera que tenga varias pacas de cualquier producto, olvida que gracias al tratamiento aplicado en altas dosis cuyo nombre comercial es “socialismo del siglo XXI” rubros esenciales se producen menos, con menor productividad y con menos inversión. Al parecer “el remedio” es peor que la enfermedad porque ha provocado una caída del 30% en la producción de carne, ha estancado la producción de leche, y ahora hay que importar todo lo que antes era excedentario: azúcar, maíz blanco, arroz, café, gasolina, acero, aluminio, cemento. El remedio nos ha dejado inmunosuprimidos en materia de producción nacional y dependientes de diálisis importadoras de todo lo que queremos comer o consumir.

Una experta en el tema con rango de superintendente recién apuntó que la enfermedad no es tan grave porque no hay escasez mientras haya al menos una marca en el mercado. Esa aseveración nos amenaza a vivir con jabón de panela como detergente universal, papelón como endulzante genérico y el extracto artesanal de quina como tónico capilar y enjuague bucal. Por lo visto, para la funcionaria de marras, la anemia en la diversidad es el remedio contra la escasez.

Corren rumores sobre las culpas de la mala praxis. Habiendo sustituido la experticia emprendedora por la levedad burocrática, los resultados no podían ser otros que la hipertensión inflacionaria. Sucede que hay sobrecostos por ineptidud y bloqueo de las arterias productivas por exceso de controles, procedimientos y requisitos que son otra forma de nombrar al colesterol malo. Las comisiones y las extorsiones operan como la hiperglucemia, amenazan a todo el sistema con un proceso degenerativo que adelanta el colapso que ya es inminente. Un ejemplo de lo dicho es lo que ocurre con las dieciséis centrales azucareras con las que cuenta el país. Las diez que están en manos de los burócratas del régimen (una suerte equivalente a médicos comunitarios graduados con carburo) producen el 20% del azúcar nacional. Y las seis que están en manos privadas contribuyen con el restante 80%. Ya sabemos por qué.

El diagnóstico es de pronóstico reservado. Expertos advierten que vamos de mal para peor, y que estas insuficiencias solamente se revertirían con medidas radicales, un cambio del equipo médico que está a cargo y una revisión substancial del tratamiento. Mientras eso se decide, en las manos de los responsables está la suerte del país. Por cierto, la última vez que los pudimos ver andaban en otra cosa. También hay que cargarles a la cuenta el que no se ocupan suficientemente. Por ahora las apuestas corren en contra, lo que no se sabe es quien colapsa primero, si el país o su gobierno. Por cierto, el que dice ser el dueño de la clínica hace tiempo que no dice ni pío.

Víctor Maldonado C
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