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Paz y el imposible liberal latinoamericano. Xavier Reyes Matheus

Octavio Paz fue uno de los intelectuales más relevantes del siglo XXlatinoamericano: calcule usted qué mal comienzo llevamos para hacer el retrato de un liberal. Podría decirse, de hecho, que fue el último de los poetas-profetas heredados del Romanticismo, aunque lo fuera menos a modo de caudillesco Moisés, según la herencia de Victor Hugo, que como oráculo que escruta los significados del universo e intenta encontrar la expresión de algo recóndito, la palabra inasible y sin embargo impregnada de la esencia de las cosas -linaje, en fin, de Baudelaire.

La mirada de Paz sobre Hispanoamérica se inserta plenamente en la tradición ensayística -de “ensayo de interpretación de nuestra realidad”- que él sin embargo diseccionó y sometió a agudas críticas y observaciones. Más de una vez trazó él mismo la genealogía de su método hermenéutico (Samuel Ramos, José Gaos) y justificó su enfoque psicologista como un instrumento de aproximación a la realidad cultural (“La psicología no es sino un camino para llegar a la crítica moral e histórica”, dijo a Claude Fell). Pero, como sucedió en España con los pensadores del 98 y del 14, sabemos que esos juicios acerca de resortes inconscientes y atávicos que determinan nuestro comportamiento social han sido invocados, con frecuencia, para normalizar nuestros defectos, para matizar nuestra incuria, para poetizar nuestra indolencia y nuestra arbitrariedad.

La indagación de los intelectuales en el alma latinoamericana ha sido una fuente de argumentos tan bellos como abstrusos para decir displicentemente que las uvas de la democracia y del desarrollo económico están verdes, sobre todo si se nos pone ante los ojos el espejo abochornante de los Estados Unidos. Al comenzar el siglo XX, el arielismo vio en el espíritu democrático yanqui la enfermedad de una cultura que terminaría por “extinguir toda idea de superioridad”, achatada como estaba bajo la losa del materialismo; los hispanos, por el contrario, debíamos evitar esa nordomanía, de la que sólo podían pegársenos malas mañas, y concentrarnos en realizar nuestro destino de pueblo espiritual, capaz de alimentarse con la belleza y el primor de los versos de Rubén Darío. Décadas más tarde, lo que vendía la intelligentsia latinoamericana era la idea de lo “real maravilloso”, que tan dispuestos estamos todos a promocionar para rodearnos de un aura chamánica frente a la crédula mirada europea, siempre deseosa de huir de sí misma y de refugiarse en mundos de fantasía. Y total es que toda esta conjura poético-sociológica nos ha convencido de que no somos disfuncionales, como podría parecer, sino especiales: por eso también han de serlo nuestros líderes, nuestras instituciones, nuestra legalidad, irreductibles siempre al cuadriculado y burdo esquema del Estado de Derecho y en cambio regidos por los dictados de esta naturaleza nuestra, abigarrada, sincrética y periférica.

No fue Octavio Paz el pensador que acometiese de frente estos discursos, como hizo Carlos Rangel o también Vargas Llosa cuando, hablando en seminarios universitarios sobre el indigenismo y la “utopía arcaica” de José María Arguedas, se atrevió a declarar sin tapujos que existen los peruanos pero no “lo peruano”, pues frente a todas las elucubraciones del nacionalismo esotérico se erige, ruborizante, la clamorosa ausencia de aquellos espacios en los que de verdad se concreta la sociedad política: la nación y la ciudadanía. Y el caso es que, si se reconoce esto, se comprenderá que es más necesario hablar de remedios, de deberes y derechos, de méritos y de justicia, que de dignidad, de identidad o de pueblo.

Ninguno de estos problemas, sin embargo, escapaban a la sutil mente de Octavio Paz. Su postura intelectual tuvo siempre el mérito de trabajar con lo que había, y de ahí su esfuerzo por comprender la historia, pues entendía que la realidad de cada sociedad estaba hecha con los sedimentos de su pasado, amalgamados bajo el efecto de alguna emanación distintiva que les daba forma. Cada uno de esos componentes fue examinado por él a la luz del microscopio, y de ahí las dos características más notorias de su actitud: el rechazo de cualquier dogmatismo y su inclinación constante a la disidencia.

Todo eso le confiere cierto sabor relativista, a él, que, un cuarto de siglo antes que Lyotard, había avistado desde el El laberinto de la soledad las riberas del mundo posmoderno. Advirtió que América Latina llevaba siglo y medio emperifollándose para presentarse a la fiesta de la modernidad, y que había llegado a ella cuando se estaba ya acabando. Eso significaba, por un lado, que no necesitaba seguir preguntándose qué lugar ocuparía en el mundo: ya estaba en el mundo, y el signo del tiempo nuevo era el del cosmopolitismo y el de la personalidad individual por encima de la colectiva. Pero lo que Paz postuló no fue el fin de la historia. Se adelantó a Huntington al predecir que el maniqueísmo político de la Guerra Fría sería suplantado por el choque de civilizaciones: “La imagen del mundo actual como una pelea entre dos gigantes (el resto está compuesto por amigos, ayudantes, criados y partidarios por fatalidad) es bastante superficial. El trasfondo -y, en verdad, la sustancia misma- de la historia contemporánea es la oleada revolucionaria de los pueblos de la periferia”, dijo.

Con un profundo conocimiento de lo que habían supuesto en el siglo XIX los sueños de la razón, el poeta mexicano sabía de las debilidades estructurales de la democracia liberal. Usó la palabra liberalismosiempre como una categoría histórica, en el sentido decimonónico de los liberales doctrinarios; y aunque rechazara llamarse liberal en su conocida conversación con Tesuji Yamamoto y Yumio Awa (aquel emblemático 1989), reconocía que el progreso social estaba obligado a pagar tributo a la tradición de los Montesquieus y los Tocquevilles. Por lo demás, nada podía entenderse como una conquista definitiva:

Aunque nos hemos liberado del feudalismo, el caudillismo militar y la Iglesia, nuestros problemas son, esencialmente, los mismos. Esos problemas son inmensos y de difícil resolución. Muchos peligros nos acechan. Muchas tentaciones, desde el gobierno de los banqueros -es decir: de los intermediarios- hasta el cesarismo, pasando por la demagogia nacionalista y otras formas espasmódicas de la vida política.

Como ha reconocido recientemente Enrique Krauze (que ha calificado a Paz de “peculiar socialista libertario”), el autor de El ogro filantrófico mantuvo siempre su adhesión a la Revolución mexicana. Igual que había sentenciado Tocqueville de la francesa, al decir que “el Antiguo Régimen proporcionó a la Revolución muchas de sus formas; ésta no hizo sino agregar la atrocidad de su genio”, Paz inscribía el fenómeno revolucionario en México en una línea de hábitos y relaciones con el poder que conectaba el régimen virreinal y hasta el imperio azteca con el orden del “hombre que lo podía todo, todo, todo” instalado por el PRI. Pero, a pesar de sus denuncias sobre la omnipotencia del Estado moderno, el poeta honraba el papel que había cumplido el Leviatán de origen revolucionario en la modernización de su país, ampliando el impacto de los proyectos que en manos del liberalismo y de la autocracia porfirista se habían quedado para sí las oligarquías.

En el fondo, Octavio Paz asociaba la deriva tecnocrática y el vaciado ideológico de las democracias liberales contemporáneas a las debilidades que entre mediados del siglo XIX y el primer tercio del XX habían llevado a estos regímenes al naufragio. Presenciando hoy en día lo que sucede en Venezuela o en Crimea ante la declarada impotencia de la comunidad internacional, no sólo cobra un sentido profético, sino aterrador, aquello que dijo al comparar la resolución de los totalitarismos con la actitud de las democracias occidentales, en las que una “mezcla de realismo pérfido y a corto plazo inspira su actitud ante las satrapías y tiranías del Nuevo y el Viejo Mundo”. “El oportunismo -continuaba- no explica enteramente estas flaquezas e incoherencias”. Y entonces concluía que los demócratas, convertidos en simples administradores, han abdicado de la política, cuando lo cierto es que “el Estado no es una fábrica ni un negocio (…). La racionalidad del Estado no es la utilidad ni el lucro sino el poder: su conquista, su conservación y su extensión. El arquetipo del poder no está en la economía sino en la guerra, no en la relación polémica capital/ trabajo sino en la relación jerárquica jefes/soldados. De ahí que el modelo de las burocracias políticas y religiosas” -esto es, los totalitarismos- “sea la milicia: la Compañía de Jesús, el Partido Comunista”.

El papel necesario y garantista del Estado emplaza ciertamente el pensamiento de Paz en la tradición republicana, sin prescindir del vigor que anhela en la sociedad civil y cuya manifestación cree ver encarnada en el fenómeno revolucionario. Por eso califica éste de “inesperado rebrotar de una vieja raíz comunitaria y libertaria”, como si no advirtiera lo mal que suelen casar estos dos adjetivos. Pero, a pesar de esa indulgencia con la que mira el afán subversivo por recuperar un pasado mítico, el mexicano no dejó de describir con lucidez los perfiles de la estrategia y la dominación revolucionaria. No cayó en la superstición del poder popular, porque sabía, como dijo, que “esas masas informes han sido organizadas por pequeños grupos de profesionales de la revolución o del golpe de Estado“. Y, por lo mismo, no se dejó seducir por el encantamiento al que sucumbieron otros intelectuales: “Movidos por un impulso generoso”, denunció, “muchos escritores y artistas han querido ser los evangelistas de la pasión revolucionaria y los cantores de su Iglesia militante (el Partido). Casi todos, tarde o temprano, al descubrir que se han convertido en propagandistas y apologistas de sinuosas prácticas políticas, terminan por abjurar. Sin embargo, unos cuantos, decididos a ir hasta el fin, acaban sentados en el palco de la tribuna donde los tiranos y los verdugos contemplan los desfiles y procesiones del ritual revolucionario”.

Paz, que a pesar de este centenario oficializado y coral descontentó por igual a socialistas y a neoliberales, prefirió estos matices a ese extremismo que sólo sirve para legitimar el extremismo contrario. Eso le permitió, a él, que renunció a su cargo de embajador en la India tras la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, decir cosas como la siguiente:

El tema de la violencia está a la orden del día en México y, aún más, en la América Latina. Es innecesario repetir que condenar la violencia gubernamental (…) no implica justificar la violencia de los extremistas, así se amparen en ideologías socialistas. Emplear métodos fascistas y aun de gángsters en nombre del socialismo es una perversión no menos grave que el autoritarismo y el burocratismo stalinianos.

De todos modos, tampoco se le escapaba al autor que los intentos por racionalizar la barbarie comunista (como los que había reprochado a Lukács en El laberinto de la soledad) no necesitan tener la verdad de su lado, y así apuntó sus dardos contra esa ralea que no falta nunca, y que aquí en España conocemos de sobra: los que

desde la impunidad de la cátedra y el periódico, doctores vitriólicos con la boca babeante de ira, bendicen a los tupamaros de aquí y de allá con citas truncadas de las escrituras revolucionarias.

XAVIER REYES MATHEUS | LIBERTADDIGITAL.COM