Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Perder el miedo a la libertad. Víctor Maldonado

Que la consigna sea el cese de los odios y el afrontar la necesidad de estar todos juntos

Los países no cesan nunca de replantearse. El acabose jamás llega. En los momentos más críticos, siempre queda disponible una rendija por donde se cuela con recalcitrancia y generosidad ese rayo de luz que nos recuerda que la oscuridad es sólo sensación y circunstancia. Que lo que nunca deja de ser es ese sol que produce amaneceres espléndidos y ocasos de fuego y que su contemplación se presta a todos por igual, sin importar bandos o el peor de los enfrentamientos. Esa generosidad nos recuerda y nos exige el reconocimiento unánime de que el futuro se plantea siempre como una posibilidad para lo mejor, y que la esencia fundamental del hombre es la capacidad innata de rehacerse todos los días y nunca perder la esperanza de hacerlo mejor. Todo lo demás es el territorio cedido a la violencia y vedado al progreso y la civilización.

Esa es la esencia de la política como invento perfecto y como necesidad impostergable. La posibilidad de vivir en paz los que somos diversos. El requerimiento, más que conveniente, de encontrar acuerdos que eviten una condición de violencia capaz de transformar nuestras vidas en la distopía hobbesiana, condenados a la soledad, la pobreza, la brutalidad y la brevedad. La política y el ejercicio cotidiano del mutuo reconocimiento es el elixir que nos conecta de la mejor manera con nuestra condición de ángeles caídos, pero ángeles al fin. Que nuestra excusa no es la violencia, sino el albur de la paz que nos hace buscar afanosamente, aun en el terreno más yermo, los escasos rastrojos que nos permitan construir unidad allí donde por muchos años se propuso el enfrentamiento, el resentimiento y el odio. Los que creen en la infinita capacidad de mejora de la condición humana asumen por eso el reto de renunciar al odio, la revancha, el revolcón histórico y el apetitoso linchamiento, y lo truecan por justicia, reconciliación y aprendizaje. No tiene sentido asumir el reto de reconstruir las bases morales de la República, si al mismo tiempo la comodidad y la negación nos estimulan a cerrar los ojos a los errores que nos han costado la debacle de la nación, la prisión de los que no le deben nada a la ley, y la vida de cientos de miles de ciudadanos. No es sólo la narración interesada que siempre hacen los que reciben los laureles de la victoria, sino las moralejas y el aprendizaje que nos permitan dirigirnos hacia el progreso, lejos del abismo que nos amenaza con las mismas equivocaciones.

El odio sólo produce ruina social. La antipolítica, esa compulsión de resentimientos que estigmatiza el discurso y la preocupación por lo público, solo trae como consecuencias el incentivo a esa flojera primordial que nos desentiende de la suerte de la polis y nos hace presa de ese poderoso arquetipo, el caudillo necesario, al cual rendimos nuestra voluntad y entendimiento para que haga por nosotros lo que no nos creemos capaces de hacer por nuestra cuenta. E. Fromm no se equivocó cuando vio en esa flojera social el automenosprecio que siempre es el comienzo de la sumisión.

La libertad es la esencia de la política. Ser libres, poder vivir y tener, poder hablar y comer, todas ellas son sus expresiones cotidianas. Todas ellas tienen la condición de encontrar razones suficientes para olvidar el enfrentamiento primitivo y asumir con vigor el infatigable trabajo del país amplio, incluyente y generoso en oportunidades que solo es posible mediante el trabajo colectivo. La unidad, la reconciliación y la justicia son los ingredientes de la libertad y la única oportunidad para no volver a ser lo que hemos sido.

Los países solo corren el peligro de concluir si caen en la tentación de la guerra y la división. Contra ese riesgo se opone la esperanza. Gallegos lo escribió con emoción al que había sido su alumno, Rafael Vegas: “Y pensar que ambos temimos que la tiranía iba a ser para siempre. Ahora con Gómez muerto, ambos tenemos muchas cosas por hacer para sentar las bases de la civilización allí donde solo imperó la barbarie”. No lo digo así exactamente, pero algo semejante se tradujo en ese abrazo entre dos generaciones que siempre tuvieron razones para soñar juntos una mejor suerte para la patria en donde la gente buena ama, sufre y espera.

Los países no cesan nunca. El nuestro tampoco. Ni de soñar ni de luchar. Que la consigna sea el cese de los odios y el afrontar la necesidad de estar todos juntos, asumiendo nuestras responsabilidades y encarando el futuro con la mejor de las intenciones.

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@cedice

VÍCTOR MALDONADO C. | EL UNIVERSAL
lunes 8 de octubre de 2012 12:00 AM