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…Pero lo nuestro es pasar

El Universal 23/11/2008

Por: Emeterio Gómez

No hay nada, absolutamente nada, estable en el alma

En nuestro artículo anterior decíamos que ese hermoso poema de Antonio Machado resume -con sencillez y claridad- la más abstrusa filosofía de Heidegger: “Todo pasa y todo queda/ pero lo nuestro es pasar/ pasar haciendo caminos/ caminos sobre la mar/& Caminante no hay camino/ se hace camino al andar/. Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar”.

Diez versos que resumen no sólo a Heidegger, sino también, y por exagerado que parezca, al conjunto de la filosofía occidental. Porque si en el primero de ellos -“todo pasa y todo queda”- aislamos el “todo queda”, estaremos sintetizando en dos escuetas palabras lo esencial de Platón, el cimiento último de nuestra endeble manera de pensar; el sustento esencial de la mente racional cuadradita: las Ideas no pasan, quedan; son eternas, ¡¡siempre idénticas a sí mismas!! Platón excluye del mundo racional al movimiento. Sólo cambian, es decir, sólo pasan, las realidades empíricas. Para él -y por absurdo que hoy nos parezca- este mundo de lo sensible, ¡el verdadero mundo! el que cambia a cada instante, era tan sólo una apariencia. Lo valioso era lo permanente. Y nuestra cultura, en alguna medida, se quedó aferrada a semejante insensatez. O, dicho con más delicadeza: nos quedamos amarrados a esa, que es tan sólo una versión, una interpretación de la realidad. Tan válida como esta otra: lo verdadero es lo que pasa, el fluir eterno y cambiante de la realidad, lo fáctico, la Existencia; el instante fugaz de la decisión clave en el que la vida puede perder o encontrar todo su sentido.

Aristóteles intentó rescatar a su maestro de ese callejón sin salida. Platón, en su ancianidad, había vislumbrado ya la debilidad de su sistema. Si no se explica el movimiento -esto es, el pasar de las cosas- las ideas carecen de sentido. ¡¡Con Aristóteles estaba naciendo el “todo pasa y todo queda”!! Una solución de compromiso, una precaria síntesis que de algo sirve para la comprensión de un mundo en el que todo es y no-es al mismo tiempo, en el que, obviamente, “todo pasa y todo queda”. Tal como decíamos en el artículo anterior, esta mano con la que escribo ES, sin duda, la misma con la que nací; pero, también sin duda, NO ES la misma, ha cambiado ostensiblemente. Es el endemoniado juego entre el Ser y el No-Ser que Occidente -desde Aristóteles hasta Hegel, pasando por Shakespeare o Goethe- jamás pudo resolver.

Pero, como ya dije, cuando se trata del mundo, de algo nos sirve el Todo pasa y todo queda. Los perros, las manos y los riñones, al fin y al cabo, están allí. Cambian permanentemente, pero están, SON, tienen un Ser, como soñó Aristóteles; el espíritu humano, por el contrario -“lo nuestro”, como dice Machado-, no tiene ninguno, ¡¡es un puro pasar!! En él no hay nada estable o permanente, como ingenuamente creyeron Platón y Aristóteles. Ese “pero” con el que Machado inicia su verso, lo que quiere decir es “por el contrario”. Por el contrario, lo nuestro es el puro pasar. No hay nada, absolutamente nada, estable en el alma. No hay allí realidades, ni siquiera realidades fluyentes o fugaces, hay sólo posibilidades, el no-ser; la nada, que aterraba a los filósofos griegos. Y, lo más importante: cuando en un Espíritu hay “cosas”, entes o realidades que parecieran captables en conceptos -recuerdos, traumas, resentimientos, dogmas, pasiones, ternuras, odios, poesías o rencores- es porque ese ser humano no ha descubierto la posibilidad de disolverlos, la facultad que tiene el espíritu para imponerse libremente su propio “Ser”.

gomezemeterio@gmail.com