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¿Podemos de verdad amar al prójimo? Emeterio Gómez

Una crisis ante la cual los únicos que tienen algo que decir son los que apelan a la Religión

Solemos insistir sobre lo que sin duda es el mérito más grande del Cristianismo: poner el énfasis en el Amor al Prójimo, es decir, en los Sentimientos, en lugar del Pensamiento, el Conocimiento, la Ley, la Lógica o la Racionalidad. Frente al Judaísmo, que ponía en primer plano a la Ley y los Diez Mandamientos; y frente a la Filosofía Griega -el otro gran componente que constituyó a la Civilización Occidental- y que puso todo el énfasis en el Conocimiento, el Pensamiento, la Razón, la Ciencia y la Tecnología, frente a todo ello, Jesucristo enfatizó los Sentimientos, el Espíritu, la piedad y la compasión.

Pero, además -es decir, no conforme con poner los sentimientos por encima del pensamiento y el conocimiento- el Cristianismo, con audacia inaudita, saca el Amor al Prójimo de la esfera restringida de la familia, la etnia, la raza, el clan, la secta, la nación, la religión específica que se profese, el partido o la facción en los cuales se milite, la clase social a la que se pertenezca, etc., etc., para poner dicho Amor a nivel del Universo, ¡¡de la totalidad del género humano!! No se trata -por supuesto- de obviar las profundas y loables cercanías, ni los poderosos sentimientos de identidad, que cada una de esas esferas genera. Se trata de ir directamente al Universo de todos los seres humanos. Por más que sepamos que pasará mucho tiempo antes de que se asome siquiera en nosotros la idea de tratar de manera similar (para no pensar ni remotamente en el “querer por igual”, que llevará algunos milenios adicionales) a mis hijos y a los que no lo son.

Entre otras cosas, porque está metida muy profunda en nuestra naturaleza animal más recóndita, una borrosa simpatía por los que son de nuestra misma raza, religión, bando político o nacionalidad. Hablar el mismo idioma y hasta tener el mismo acento (¡¡tú sabe de que estoy hablando, mulato!!), sobre todo si estás en otro país, ya detona una cierta simpatía. Pasarán siglos, antes que se asome muy tímidamente en nosotros la idea de que tal vez en un mundo absolutamente utópico e imaginario, la noción de Amar al Prójimo pueda significar “amarlos a todos por igual”. Porque eso sería contranatural… ¡¡Y vivimos todavía demasiado aferrados a la idea absurda de que somos Seres Naturales!! Nada de lo cual impide que, aunque sólo sea como pasatiempo, probemos a acortar un poco, una pizquita aunque sea, el abismo insondable que media entre los que son nuestros amigos y los que no lo son… ¿¡¡Entre mis hijos y los que no lo son!!?

Y allí, precisamente allí, hace su aparición esa poderosa frase al parecer del propio Jesucristo: “Amar a quien te ama no tiene ningún mérito”. Nada más natural que amar al que te ama; o que una mujer ame a un ser que llevó 9 meses en sus entrañas, que milagrosamente se formó a partir de su propio ser, de sus vísceras y de la infinitud de su Espíritu. El reto del Ser Humano es cómo rebasar esa barrera animalona, para desarrollar, si no el Amor al Prójimo pleno, por lo menos algún tipo de sentimiento hermoso por los que no son sus hijos. Esa dimensión espiritual que empieza a perfilarse ahora que la Humanidad pareciera no tener salidas. Ahora que comenzamos a captar tenuemente que la Religiosidad pudiera ser la única solución para una Crisis Civilizacional frente a la cual ni las Ciencias Sociales ni la Biología del Amor ni Derridá, Edgar Morin, Habermas, Rorty, Maturana, Foucault o Deleuze, tienen mucho que aportar. Una crisis ante la cual los únicos que tienen algo que decir son los que apelan a la Religión: Levinas, Jonas, Buber o Küng.

gomezemeterio@gmail.com

EMETERIO GÓMEZ | EL UNIVERSAL
domingo 7 de octubre de 2012 12:00 AM