Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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¿Podemos imponernos un juicio estético?

Uno puede imponerse el cariño por los demás… ¡¡Sin ser inconsistente, ni cambiar de opinión!!

En mi Taller de Ética, la discusión estalla amistosa. Una bella e inteligente mujer más un caballero serísimo reaccionan contra un planteamiento mío: “¿Cómo va usted a decirnos que por querer ser cortés con alguien que acaba de decirle que le fascina una pintura, usted, que la considera una estafa, le va a decir -sólo por cortesía, repito- que a usted también le fascinó? ¿Cree usted, profesor Gómez, que semejante mentira tenga algún sentido? ¿No le parece que es simplemente absurda esa manera suya de entender la cortesía y de paso la Moral? ¿No habíamos quedado, porque usted mismo lo dijo, que una de las características esenciales de la Ética es -obviamente- el ser consistentes, con lo que uno cree?”.

“Y tampoco nos venga usted, profesor, con que uno puede fácilmente cambiar de opinión, cuando se trata del arte No-Realista, abstracto, impresionista, expresionista, cubista, puntillista, etc. Me temo, con todo respeto Dr. Gómez, que está usted haciéndose trampas a usted mismo: Porque por un lado nos habla de “Cambiar de Opinión” y por el otro nos dice que, aun ratificando que la pintura no le gustó, aun considerando que es una estafa -es decir, aun sin cambiar de opinión- podría usted decirle a esa persona que también a usted le fascinó la obra. ¿Quién lo entiende, mi respetado profe? ¿Cómo nos va usted a decir que no está siendo moralmente inconsistente? Somos todo oídos en espera de sus aclaratorias”.

“Bueno, miren, este, yo ¿cómo explicarles? ¿No tenían nada más sencillo?”. Y, ciertamente, me llevó unos minutos antes de recuperarme de esa andanada. Los felicito mí querida señora y señor, por la agudeza, contundencia y, sobre todo, por el profundo respeto con el que logran decir cosas tan duras. No es fácil espetarle a alguien -con esa delicadeza con la que ustedes lo hicieron- que se está haciendo trampas a sí mismo. Pero, en fin, veamos cómo me parapeteo ante sus argumentos.

Empecemos precisamente por eso de la autotrampa: en las profundidades de nuestro Espíritu no hay ninguna Realidad, ningún Ser, sino que somos, como nos enseñó Heidegger, una “Pura posibilidad de Ser”. En esas profundidades no existe “en Realidad” ninguna diferencia entre “Cambiar de Opinión” y decir algo contrario a lo que se siente, ¡¡porque no se siente nada definido!! Porque mientras más profundo vamos en ese “inmenso infinito” -en esa Nada Abismal- menos opiniones definidas, menos criterios rígidos, tenemos. Porque en esas infinitos insondablestodos nuestros conceptos, prejuicios, valores y esquemas lógicos se disuelven y se refunden, precisamente, en una Nada.

¡¡Y ya no hay, en esos niveles del Espíritu, realidades objetivas que se nos impongan!! Sino que somos nosotros los que ponemos, creamos o nos imponemos lo que queremos sentir. Para decirlo con un ejemplo distinto de la Estética, pero más poderoso que ella: podemos sin la menor duda, decirle “te aprecio” y aun “te quiero” a alguien por el que hasta ese instante sentíamos un gran rechazo. Porque uno puede imponerse el cariño por los demás… ¡¡Sin ser inconsistente, ni cambiar de opinión!! Ya sé que no es fácil aceptarlo, pero “denle vueltas” y a lo mejor se topan con esa “Realidad” profundamente inescrutable en la que uno puede imponerse sus sentimientos. Y tal vez descubran también que si podemos ser perfectamente consistentes cambiando nuestros sentimientos, con mucha más razón podemos serlo cambiando nuestros juicios estéticos, imponiéndonos que nos guste cualquiera de esas estafas -un pedazo de hierro retorcido, por ejemplo- en las que algunos artistas incurren.

gomezmeterio@gmail.com

Fuente: El Universal
29 de abril de 2012