Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Poder, Responsabilidad y Consecuencias. Víctor Maldonado

Solo quien tiene responsabilidad puede actuar irresponsablemente.

La frase se la debemos a Hans Jonas, filósofo judío de origen alemán, quien nos legó un texto fundamental para vivir y entender la modernidad: “El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica”. Su argumentación parte de la necesidad de construir una nueva ética que considere y resuelva apropiadamente las ambivalencias derivadas del conocimiento técnico y el dominio tecnológico. El hombre, como nunca antes, es ahora capaz de generar soluciones a los problemas, pero también tiene la posibilidad de destruir “la vida humana auténtica” en la tierra. De allí que el autor se plantee la formulación de nuevos imperativos éticos del tipo “Obra de tal manera que no pongas en peligro las condiciones de la continuidad indefinida de la humanidad en la tierra”; o bien “Obra de tal manera que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de una vida humana auténtica en la tierra”. ¿A qué se refiere el filósofo cuando intenta replantear las bases de la ética kantiana? Por supuesto que a la muy vieja reflexión sobre la responsabilidad, que no deja de ser personal, pero que ahora tiene consideraciones organizacionales.

¿A qué número juego, abuelita?

El jugador – Dostoyevski

Hans Jonas establece las diferencias entre la ligereza, el acto criminal, y la irresponsabilidad. Ya dijimos que solo el que tiene responsabilidad puede actuar irresponsablemente. Leamos su ejemplo: “El jugador que se juega su fortuna en el casino actúa con ligereza; y si la fortuna no es suya, sino de otro, actúa de manera criminal; pero si es un padre de familia, entonces actúa irresponsablemente, aun en el caso de que la fortuna sea indiscutiblemente suya, y esto con independencia de que gane o pierda.” En estos ejemplos surge con claridad una nueva forma de entender y asumir las consecuencias del ejercicio del poder, asociada a la necesidad de una reflexión constante sobre los alcances de un nuevo tipo de “relación no recíproca” por la que se ponen bajo la custodia de los líderes el bienestar, el interés y el destino de los otros, esos que trabajan con nosotros en la consecución de las metas organizacionales. El poder manejar gente supone como nunca antes la obligación “para con ellos”. Pero la preocupación moral no concluye en la introspección. Tiene ahora que abarcar el cuidado de una naturaleza vulnerable y de un orden social frágil. Ninguno de esos ámbitos resiste el mal uso, el fraude o la perversidad, como lo hemos visto en las resientes crisis económicas globales o en las consecuencias terribles que se derivan del mal uso de la tecnología nuclear.

El poder que tiene la capacidad de causar efectos es la condición para el ejercicio de la responsabilidad. Todo agente debe responder de sus actos y es responsable de sus consecuencias, hasta el punto de que si se generan daños, estos tienen que ser reparados. Por eso no es el riesgo (la irreflexión) sino la prudencia el valor que se debe destacar en este momento de la civilización tecnológica. Los líderes son responsables no sólo por lo que hagan o dejen de hacer, sino también por permitir que en el futuro sigan abiertas las mismas opciones. Esa tal vez es la diferencia fundamental. En que ahora es sustancialmente necesario que el futuro siga siendo una opción para los que vienen después. Por eso los líderes de hoy no pueden negarse ni a las preguntas ni a las respuestas que desde el punto de vista ético se le planteen. No es cierto que todas las estrategias y enfoques tengan el mismo valor. Tampoco lo es que la generación de la riqueza de hoy sea la excusa para negarse a ver los efectos que ciertas formas de crearlas tienen en la confianza social o el futuro de la gente. No todo vale.

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